Opinión
Cuando hablamos de desigualdad en México, casi siempre pensamos en lo económico. En la falta de oportunidades, en la brecha entre quienes tienen acceso y quienes no. Y es cierto: esa desigualdad existe y duele.
Pero hay otra desigualdad, más silenciosa, más difícil de nombrar… y profundamente presente en la vida de muchos jóvenes.
La desigualdad frente a lo diferente.
No todos los jóvenes tienen las mismas oportunidades, no solo por su contexto económico, sino por la forma en la que son percibidos y recibidos por su entorno. Hay niños y adolescentes que, desde muy temprano, son señalados como “inquietos”, “distraídos”, “problemáticos” o “difíciles”. No porque lo sean en esencia, sino porque no encajan en un modelo que privilegia la uniformidad sobre la diversidad.
En este punto, condiciones como el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad nos obligan a reflexionar más allá del diagnóstico. No se trata únicamente de un conjunto de síntomas, sino de una forma distinta de procesar la realidad, de sentir, de responder al mundo.
Sin embargo, el sistema educativo —y muchas veces también el familiar— no siempre está preparado para sostener esa diferencia.
Aulas rígidas, evaluaciones estandarizadas, expectativas homogéneas. Todo ello construye un escenario donde lo distinto no se integra… se corrige. Y cuando no se logra corregir, se excluye, de manera abierta o sutil.
El resultado no siempre es visible de inmediato.
Es un joven que comienza a sentirse inadecuado. Que aprende, poco a poco, que ser quien es no es suficiente. Que su manera de estar en el mundo incomoda. Y esa herida, silenciosa pero persistente, empieza a formar parte de su identidad.
¿Qué hace un adolescente con esa sensación?
Busca un lugar.
Y si no lo encuentra en la escuela, en la familia o en espacios de reconocimiento, lo buscará en otros contextos. Grupos donde, aunque el riesgo esté presente, al menos exista pertenencia. Experiencias donde, aunque sean momentáneas, logre sentirse aceptado o comprendido.
Ahí, muchas veces, aparece el consumo.
No como causa, sino como consecuencia.
Por eso, cuando abordamos el tema de las adicciones en jóvenes, no basta con hablar de sustancias o de decisiones individuales. Es necesario mirar las condiciones que van moldeando esa vulnerabilidad.
La verdadera inclusión no se limita al acceso. Implica reconocimiento.
Hay que reconocer que no todos aprenden igual, que no todos sienten igual, que no todos responden igual… y que eso no es un problema para corregir, sino una diferencia a comprender.
Porque cuando un joven tiene derecho a ser quien es, sin ser constantemente cuestionado por ello, disminuye la necesidad de buscar afuera lo que no encontró dentro.
Y tal vez entonces, como sociedad, comencemos a cerrar una de las brechas más profundas… la que separa a los jóvenes de sí mismos.
Dr. José Mauricio López López
Psicólogo Clínico | Psicoanalista | Doctor en Educación
Autor de los libros: “Ukiyo Ryoho Sistema Terapéutico”, “El Tejido Invisible”, y Cuando la “Atención Busca Sentido” disponibles en Amazon.