El silencio diseñado

Bajo presión

En México, el silencio no siempre es consecuencia del miedo. A veces es política pública.

La violencia contra periodistas suele contarse en cifras: más de 170 asesinados desde el año 2000, agresiones cada 14 horas, un país que compite con zonas de guerra como uno de los más peligrosos para ejercer la prensa. Los números son brutales, pero insuficientes. No explican el mecanismo.

En conversación para Radio UAA con Lucía Moguel, investigadora de Artículo 19,  aparece una clave incómoda: la agresión no termina en el periodista. Se expande. Golpea a la familia, desmantela el entorno y envía un mensaje más eficaz que cualquier censura directa: no publiques.

Bullet Machine, la reciente campaña de Artículo 19 insiste en ese punto ciego. No es sólo el reportero asesinado, es lo que queda después: familias desplazadas, ingresos desaparecidos, miedo administrado en lo cotidiano. La violencia no busca solo callar una voz, busca multiplicar el silencio; sin embargo, lo más revelador no está en el crimen, sino en la respuesta institucional.

Porque cuando llega la investigación, ocurre una maniobra conocida: desvincular el asesinato de la labor periodística. Convertir al periodista en otra cosa. Taxista, comerciante, cualquier identidad que permita diluir el motivo. El caso de Moisés Sánchez Cerezo, en Veracruz, es paradigmático: se investigó su oficio secundario, no su trabajo informativo, a pesar de amenazas previas. No es torpeza. Es coartada.

Si no se reconoce que se mata por informar, no hay ataque a la libertad de expresión. Y si no hay ataque, no hay responsabilidad política que asumir. La impunidad no es solo omisión: es narrativa. El efecto de esa combinación, violencia directa e impunidad administrada, ya no es individual. Es territorial.

En amplias zonas del país, el periodismo dejó de ser viable. Surgen los llamados desiertos informativos: espacios donde la cobertura crítica desaparece y es sustituida por versiones dictadas por el crimen organizado o el poder local. Ahí la ciudadanía no está desinformada por accidente, sino por diseño.

A lo que hay que sumar un mecanismo todavía más eficiente, porque no escandaliza: el control económico.

La dependencia de la publicidad oficial convierte la libertad editorial en una variable negociable. No hace falta prohibir: basta con condicionar. Premiar la docilidad, castigar la crítica. A eso se suma la precariedad laboral, que empuja a los periodistas a operar en condiciones donde la autocensura no es una decisión ética, sino una estrategia de supervivencia. La censura no siempre se impone. Se anticipa.

En Aguascalientes, ese mecanismo no es abstracto. Se traduce en condiciones concretas: quienes no acceden al subsidio gubernamental quedan empujados a la precariedad de los grandes medios, donde la supervivencia depende de alinearse. El resultado es un ecosistema de periodistas convertidos en repetidores de comunicados oficiales y reporteros para quienes basta colocar el micrófono frente al funcionario en turno, esperar la declaración, siempre autoelogiosa, y darla por nota. No es falta de oficio, es un modelo que reduce el periodismo a trámite.

Reducir este problema a una crisis del gremio es cómodo, pero incorrecto. Cada periodista silenciado deja a una comunidad sin herramientas para entender su realidad. Lo que está en juego no es una profesión, es el derecho colectivo a la información.

La exigencia de una ciudadanía crítica convive con una práctica política contradictoria: mientras se invoca la libertad de expresión, se financian relatos únicos con recursos públicos; mientras se condena la violencia, se normaliza la impunidad que la hace posible; el silencio deja de ser un efecto colateral y se convierte en objetivo.

Cuando el poder logra que no se publique, que no se investigue o que no se crea, ya no necesita censurar. Basta con administrar lo que se dice para que la democracia deje de ser un espacio de información compartida para convertirse en una narrativa controlada. En ese punto el periodismo incómodo, el que insiste, el que pregunta, deja de ser un oficio y vuelve a ser lo que siempre ha sido en contextos adversos: resistencia.

Coda. El verdadero daño no está solo en lo que se calla, sino en lo que se deja de imaginar como posible. Un país que no se informa termina por no cuestionarse. Un poder que no es cuestionado deja de explicarse.

 

 

@aldan

 

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