Opinión
En los últimos meses, en México se han intensificado las campañas dirigidas a la salud mental de los jóvenes. Se habla de prevención, de autocuidado, de evitar el consumo de sustancias. Se promueven mensajes claros, incluso bien intencionados. Y, sin embargo, algo esencial parece seguir quedando fuera del discurso.
Se habla de la droga… pero no del dolor.
Porque cuando un joven se acerca al consumo, rara vez lo hace por curiosidad aislada o por simple rebeldía. Lo hace, muchas veces, buscando algo que no ha encontrado en su entorno: alivio, pertenencia, reconocimiento, silencio interior. No se trata únicamente de una decisión individual, sino de un intento —a veces desesperado— por regular una experiencia emocional que no ha sido contenida, ni comprendida, ni siquiera nombrada.
En la práctica clínica, esto se vuelve evidente. Jóvenes que han transitado por la escuela con una historia marcada por la incomprensión, por etiquetas que pesan más que su propia identidad, por una sensación constante de estar “fuera de lugar”.
Adolescentes que crecieron sin un lenguaje emocional suficiente para explicar lo que sentían… o que, al intentar hacerlo, encontraron respuestas rápidas, juicios apresurados o silencios incómodos.
En este contexto, condiciones como el TDAH no pueden ser ignoradas. No como una etiqueta diagnóstica más, sino como una forma distinta de habitar el mundo, de procesar la realidad, de sentir y responder. Muchos de estos jóvenes cargan con años de frustración acumulada: dificultades para concentrarse, impulsividad, conflictos constantes en casa o en la escuela, una sensación persistente de no cumplir con lo esperado. A esto se suma, con frecuencia, una narrativa interna de insuficiencia: “no soy suficiente”, “algo está mal en mí”, “nunca logro encajar”.
¿Qué ocurre cuando ese malestar no encuentra cauce?
Cuando no hay palabra, aparece el síntoma. Cuando no hay escucha, aparece la evasión.
Y entonces emergen soluciones externas. Sustancias que, por momentos, ofrecen lo que el entorno no ha sabido dar: calma para una mente inquieta, enfoque para quien siempre fue disperso, desconexión para quien vive saturado, incluso identidad para quien no ha logrado construir una propia. No es la droga en sí misma lo que atrapa… es la experiencia de dejar de sentirse como se sienten, aunque sea por un instante.
Ahí es donde muchas campañas fallan.
Porque hablar de prevención sin hablar de soledad, de exclusión, de fracaso escolar, de vínculos frágiles o de desigualdad emocional, es construir discursos incompletos. Es pedirles a los jóvenes que no consuman, sin preguntarnos primero qué están intentando apagar. Es colocar el foco en la conducta visible, ignorando el mundo interno que la sostiene.
No se trata de minimizar los riesgos del consumo. Se trata de comprenderlos en su contexto. De reconocer que detrás de muchas conductas que nos preocupan, hay historias que no han sido suficientemente escuchadas.
Tal vez el desafío no sea solo advertir sobre los peligros de la droga. Tal vez el verdadero reto sea construir espacios donde los jóvenes puedan hablar sin miedo, ser escuchados sin juicio, comprendidos sin prisa y acompañados sin condiciones. Espacios donde el malestar no sea corregido de inmediato, sino primero reconocido.
Porque nombrar el dolor ya es una forma de transformarlo.
Y porque un joven que encuentra sentido, que se siente visto, que logra construir un lugar en el mundo —aunque sea pequeño—, difícilmente necesita anestesiarse para soportar la vida.
Quizá ahí, en ese punto silencioso pero profundo, comienza una prevención real: no en el control de la conducta, sino en el encuentro humano.
Dr. José Mauricio López López
Psicólogo Clínico | Psicoanalista | Doctor en Educación
Autor de los libros: “Ukiyo Ryoho Sistema Terapéutico”, “El Tejido Invisible”, y Cuando la “Atención Busca Sentido” disponibles en Amazon.