Poder sindical
Hace unas semanas visité instalaciones de la industria automotriz en Japón, particularmente de Mazda y Nissan. Más allá de los procesos productivos, lo que realmente impacta es el tejido social, el orden, el respeto y la autorregulación. No se percibe una vigilancia constante, pero sí una cultura interiorizada donde el cumplimiento de normas es casi automático. Esa disciplina colectiva no es casualidad; es resultado de décadas de construcción cultural.
Viene a la mente una idea recurrente de Peter Drucker, la cultura se “come” a la estrategia. Y Japón es prueba viva. En Hiroshima, donde Mazda tiene su sede, el museo del bombardeo atómico no solo documenta el horror, también muestra la capacidad de reconstrucción. En menos de una generación, una ciudad devastada se convirtió en símbolo de resiliencia industrial. La lección es muy clara, cuando existe cohesión social, disciplina y sentido de propósito, la recuperación no solo es posible, es acelerada.
Ahora bien, ¿qué nos dice esto a México? Nuestro país es hoy una potencia automotriz. Según datos de la International Organization of Motor Vehicle Manufacturers (OICA), México se ubica consistentemente entre los 10 principales productores de vehículos en el mundo, con casi4 millones de unidades anuales. Exportamos cerca del 80% de esa producción, principalmente a Estados Unidos. Este posicionamiento no es casual, descansa en la calidad, disciplina y adaptabilidad de la mano de obra mexicana.
No es menor que hoy un mexicano, Iván Espinosa, ocupe la dirección global de Nissan. Es una señal de que el talento nacional no solo ejecuta, sino que también puede y debe liderar.
Sin embargo, el contexto está cambiando a una velocidad inédita. La irrupción de la inteligencia artificial, la electrificación y la digitalización de la movilidad están redefiniendo la cadena de valor.
De acuerdo con McKinsey & Company, hasta el 30% de las actividades laborales actuales podrían automatizarse hacia 2030, pero sin implicar una sustitución masiva del empleo. El mismo análisis señala que la transición exigirá recapacitación, cerca del 60% de los trabajadores requerirán adquirir nuevas habilidades. Es decir, el reto no es la desaparición del trabajo, sino su transformación.
Aquí es donde la colaboración se vuelve estratégica. Frente a este escenario, hay dos caminos, el miedo o la coordinación. Desde la óptica sindical, el desafío es claro, debemos transitar hacia un modelo tripartito más dinámico entre empresa, gobierno y trabajadores. La formación continua ya no es opcional; es una condición de supervivencia laboral.
La industria automotriz mexicana tiene ventajas estructurales, proximidad geográfica con el mayor mercado del mundo, integración bajo el T-MEC y una base laboral altamente especializada. Pero esas ventajas pueden diluirse si no se acompaña el cambio tecnológico con políticas de capacitación masiva. Países como Alemania destinan más del 1.5% de su PIB a formación técnica dual; en México, la inversión en capacitación laboral sigue siendo marginal en comparación.
La inteligencia artificial no debe verse como amenaza, sino como palanca. Automatizar tareas repetitivas puede liberar tiempo para actividades de mayor valor. Pero esto exige una reconversión laboral planificada. Los sindicatos no podemos limitarnos a la defensa reactiva del empleo; debemos ser actores propositivos en la redefinición de perfiles laborales.
La historia enseña que las sociedades que logran articular intereses diversos bajo un objetivo común son las que avanzan. Japón lo hizo tras la devastación. México tiene la oportunidad de hacerlo en medio de la disrupción tecnológica.
El futuro no se construye en solitario. Se construye en colectivo, con visión compartida y con la convicción de que la competitividad no es solo cuestión de costos, sino de cultura, talento y colaboración efectiva. Ahí está la verdadera ventaja estratégica.
Autor: Fernando Lozano