Bajo presión
Arturo Ávila Anaya es víctima de una de sus estrategias favoritas como vocero del oficialismo: la hipérbole selectiva, ese concepto con que él acusa de mentirosos a sus adversarios y con el que los descalifica por invisibilizar el contexto.
La hipérbole selectiva no es un término técnico tradicional, se emplea en el análisis del discurso político y la comunicación estratégica para construir una narrativa específica, en el caso de los voceros de la Cuarta Transformación, con el fin de polarizar. Al señalar al interlocutor de eliminar el contexto y sólo resaltar ciertos aspectos de la realidad se establece que el adversario está mintiendo, mientras que cuando alguien del oficialismo infla un solo punto se presenta como la única verdad existente, como la información que verdaderamente le interesa al pueblo.
De un lado, los adversarios pueden hablar de la crisis de desaparecidos, los tiroteos en escuelas o Teotihuacán, el crecimiento del crímen organizado, la ineptitud de algunos funcionarios, elija usted el tema que quiera, pueden presentar datos y testimonios, nada de eso funciona ante la presunción oficialista de que la Cuarta Transformación logró sacar de la pobreza a más de 13 millones de mexicanos, con esa hipérbole se anula cualquier argumento.
Desde que los políticos descubrieron que el voto es más emocional que nada, la maquinaria propagandística se ha empeñado en construir discursos que provoquen una reacción inmediata e intensa, sin importar si los hechos sustentan el mensaje, lo que importa es la respuesta de la gente. Eso ha dejado a un lado la obligación de los políticos y sus partidos por una pedagogía cívica que resulte en incrementar la participación de la ciudadanía. ¿Para qué esforzarse en la pedagogía si los puedo conmover?, parece justificarse la clase política.
Es obligatorio hacer una distinción entre emoción y sentimiento, el primero es algo biológico, como el miedo o la alegría, mientras que el sentimiento es la toma de conciencia de esa emoción, un estado afectivo más duradero, complejo y, sobre todo, racionalizado.
La hipérbole selectiva de la que tanto acusa Arturo Ávila a sus adversarios no distingue entre emoción y sentimiento, es empleada como un mecanismo de defensa e intenta suspender el juicio crítico, establece lados correctos de la historia, diferencias entre un bando y otro, es un salvoconducto de las faltas y errores que puedan cometer los miembros del oficialismo.
El intento por manipular a la opinión pública con estas herramientas, degrada la conversación, ya no importan los hechos ni los datos, sino quién genera mayor empatía; se olvida la verificación de la información y se exaltan el rumor, el chisme, la habladuría, lo que permite que el infundio gane toda la atención.
¿Importa si Arturo Ávila es pareja sentimental de Luisa María Alcalde? No. ¿Está comprobado que la presidenta Claudia Sheinbaum está enojada por el comportamiento del vocero oficialista? Nadie sabe. ¿Renunciaron a la dirigente nacional de Morena por las actitudes de su novio? No es comprobable. La especulación se basa en lo escrito en una columna de Carlos Loret de Mola, dos párrafos demoledores:
“La Presidenta Sheinbaum se cansó de Arturo Ávila. El vocero de los diputados de Morena se hizo novio hace unos meses de Luisa María Alcalde, dirigente nacional de Morena. Y desde entonces, sus desplantes públicos y privados habían opacado la figura de una de las mujeres más queridas y destacadas del obradorato. Así me lo revelan dos fuentes de primerísimo nivel consultadas para esta columna.
“Arturo Ávila se venía moviendo como si él fuera el dirigente nacional de Morena, y no su pareja. Encabezando reuniones con políticos morenistas para decirles que ya los están midiendo en encuestas, que van bien, como instalado en el reparto de candidaturas. Solicitando citas con gobernadores y secretarios del gabinete para hablar de contratos. Soltando comentarios de que él tiene la mejor relación con el Ejército, que conoce a todos en la Defensa Nacional.”
Reitero, nada de esto es comprobable, es un rumor pero opositores y adversarios se olvidan de la ética profesional y basan su análisis de los movimientos en Morena en el chisme escrito por Carlos Loret de Mola. La respuesta de Arturo Ávila ha sido tardía, errática y lastimera, como suelen ser sus reacciones cuando prefiere la confrontación a la fundamentación.
El que se enoja pierde aplica en el caso de Arturo Ávila, el prestigio del vocero ha sido tocado por el chisme, como hizo cuando lo apodaron el Cero Votos, se permitió reaccionar con el hígado antes que con la cabeza; mostrar que realmente lo dolió evidencia sus puntos débiles y ahora es tratado con la misma saña con que acostumbra a descalificar a sus interlocutores.
No se puede negar que Arturo Ávila Anaya tiene talento para la comunicación política. Lo ha demostrado: sabe colocarse en la conversación pública, entiende los tiempos mediáticos y maneja con soltura los códigos del discurso polarizante que hoy domina la arena digital. Justamente por eso, su reacción resulta más llamativa: porque contradice la eficacia que suele exhibir.
Su respuesta, lejos de contener el daño, lo amplificó. Fue una reacción fúrica, desproporcionada, más cercana al desahogo personal que a la estrategia política. Quien pierde el control del tono pierde también el control del encuadre. Ávila Anaya no logró desactivar el rumor; lo validó como tema de conversación y, con ello, quedó debilitado. No por lo que se dijo de él sino por cómo decidió responder. En el ecosistema político actual, donde la percepción pesa tanto como los hechos, la ausencia de respaldos públicos dice más que cualquier columna. Nadie salió a defenderlo con convicción, nadie asumió el costo de arroparlo, nadie apostó capital político por él. El silencio, en estos casos, no es prudencia: es distancia.
Arturo Ávila perdió algo más difícil de recuperar que la credibilidad inmediata: la empatía. Ese vínculo emocional con el público que él mismo ha sabido explotar en sus intervenciones como vocero. La indignación que antes canalizaba contra sus adversarios ahora se volvió en su contra. La audiencia que conecta desde la emoción también castiga desde la emoción, y castiga rápido.
La hipérbole selectiva, esa herramienta que él ha utilizado para descalificar a otros, terminó operando en su contra. Exageró su propia respuesta, sobredimensionó el agravio y redujo el margen de maniobra que tenía para salir del episodio con control de daños. Es la paradoja del propagandista: cuando cree dominar el instrumento, olvida que también puede ser víctima de su lógica.
Coda. El desgaste mediático de Arturo Ávila ha comprometido su posicionamiento como opción competitiva, ya sea para la alcaldía Cuauhtémoc o para el gobierno de Aguascalientes, no porque esté fuera de la jugada, sino porque dejó de ser una apuesta segura.
@aldan