Vivir en la burbuja

Bajo presión

Distorsionar la realidad es especialmente peligroso cuando, por engañar al otro, se termina creyendo la propia versión.

En la discusión sobre la conversación digital de los gobiernos suele asumirse que el problema es la manipulación hacia afuera: bots, granjas de cuentas, narrativas inducidas. Hay un ángulo más grave: la distorsión regresa, como boomerang, a quien la produce.

El riesgo de un gobierno que construye una burbuja de aprobación no es presumirla: es terminar creyéndola.

Si el equipo de comunicación limpia la crítica, amplifica el aplauso y ordena la conversación para que todo parezca bajo control, no gestiona la gobernabilidad: monta un escenario. El conflicto desaparece de la pantalla, no de la realidad. Ahí sigue, acumulándose, esperando irrumpir. A veces lo hace sin aviso, como en los abucheos a funcionarios estatales, incluida la gobernadora Teresa Jiménez,  durante la coronación de la reina de la Feria Nacional de San Marcos.

El Índice de Salud Digital (ISD) de CRIPESO lo plantea sin rodeos: si la conversación pública está manipulada, las decisiones de gobierno pueden basarse en una percepción falsa del respaldo ciudadano. No es un problema de redes: es un problema de democracia. Gobernar con datos alterados, aunque los altere uno mismo, es gobernar a ciegas.

Los datos del ISD plantean la necesidad de cambiar las preguntas, ya no importa quién acumula más seguidores, sino qué tan real es lo que ocurre en esos espacios. Sobre todo, quién está dispuesto a mostrarlo sin intervenir.

Cuando la legitimidad se construye sobre una conversación editada, deja de ser legitimidad: es utilería. Es cierto que en redes sociales todos asumimos una máscara, asumimos un personaje; pruebas de lo riesgoso que es actuar conforme a las tendencias que impone el algoritmo, antes que ser reales, hay muchísimas, de hecho, son un problema de salud mental. 

Recientemente la gobernadora Teresa Jimenez recomendó a empresarios locales que no se dejaran llevar por lo que dicen algunos medios, que no crean en escenarios “catastróficos”, que no se espanten.

“Que no nos espantemos porque hay muchas situaciones. Para mí la mejor oportunidad es cuando hay incertidumbre, así he construido mis proyectos y he construido mis sueños. Es importante que no veamos algunas noticias que nos dicen que todo es catastrófico, porque no es la realidad”, se recuperó en una nota de Gilberto Valadez en El Clarinete.

Sí, el mensaje pretende transmitir confianza. Pero tiene el tono de la autoayuda: voluntad por encima de realidad. Y ese es el problema. Leído desde la lógica de la salud digital, lo que sugiere no es optimismo, sino algo más delicado: la descalificación preventiva de cualquier relato que incomode al poder.

Cuando un gobierno pide no creer en los medios, no sólo tensiona su relación con la prensa: reduce el campo de lo real. Decide qué existe y qué no. El espejo con el gobierno federal no es casual: es el mismo reflejo.

Si a una conversación pública ya filtrada en redes se le suma la descalificación preventiva de la información crítica, el margen para contrastar versiones prácticamente desaparece. El riesgo ya no es sólo que la ciudadanía sea engañada; es que el propio gobierno se quede sin mecanismos para detectar el error.

El problema nunca ha sido la existencia de malas noticias, sino la capacidad de procesarlas. Negarlas puede ser rentable en el corto plazo. Gobernar exige lo contrario: admitirlas y corregirlas. Esa es la diferencia entre comunicar y escuchar.

Un gobierno que sólo comunica buenas noticias puede sostener durante meses una narrativa impecable. Un gobierno que escucha se expone a la incomodidad permanente de la realidad y, justo por eso, tiene margen de maniobra.

El mayor riesgo de intervenir la conversación pública no es perder credibilidad frente a los demás. Es quedarse a solas con una versión del mundo que ya no existe.

El problema es que la realidad no negocia con la narrativa. Puede ignorarse, maquillarse, administrarse desde la propaganda. Pero siempre regresa. Y cuando lo hace, los gobiernos que se acostumbraron a escucharse a sí mismos llegan tarde: sin diagnóstico, sin reflejos y sin margen de error.

 

Coda. No hay algoritmo que sustituya al conflicto. Gobernar no es ordenar la conversación: es enfrentarla. Lo demás es burbuja. Y las burbujas, tarde o temprano, revientan.

 

@aldan

 

 

 

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