Clave 360°
En el debate público contemporáneo, pocas ideas explican con tanta precisión el comportamiento electoral como aquella que sostiene que la política no nace en las urnas, sino en la cultura. Antes de que cambien los gobiernos, cambia —casi imperceptiblemente— el sentido común.
No se trata de una ocurrencia reciente. Décadas atrás, Antonio Gramsci formuló el concepto de hegemonía cultural para explicar por qué el poder más estable no es el que se impone, sino el que se acepta. En sus Prison Notebooks, dejó planteada una de las claves de la política moderna: quien logra que su visión del mundo parezca natural, inevitable o moralmente superior, ya ha ganado buena parte de la batalla política.
Hoy, en México y en el mundo, esa tesis no solo sigue vigente: se ha convertido en el campo de batalla central.
La guerra ya no es solo electoral
Vivimos una era donde la disputa política se ha desplazado hacia una auténtica guerra de narrativas. No es casualidad que los conflictos más intensos de nuestro tiempo no giren únicamente en torno a programas de gobierno, sino a categorías más profundas: identidad, justicia, nación, desigualdad, libertad o seguridad.
En este nuevo terreno, la política institucional llega después. Primero se redefine el lenguaje; después, las leyes.
El caso de Estados Unidos es ilustrativo. Antes de la decisión de la Corte Suprema en Obergefell v. Hodges (2015), que legalizó el matrimonio igualitario, el cambio cultural ya se había consolidado. Durante años, el cine, la televisión y los medios habían transformado la percepción social. Cuando llegó la decisión judicial, la cultura ya había preparado el terreno.
Un patrón similar puede observarse en el Reino Unido con el referéndum del Brexit. Más allá de los argumentos económicos, lo que se impuso fue una narrativa cultural: soberanía, identidad nacional, control de fronteras. La discusión técnica quedó subordinada a una construcción simbólica mucho más potente. Cuando la votación ocurrió, el resultado fue, en buena medida, la expresión política de una transformación cultural previa.
En América Latina, el caso de Chile resulta igualmente revelador. El estallido social de 2019 no fue únicamente una protesta contra políticas específicas, sino la irrupción de una nueva sensibilidad cultural respecto a la desigualdad, la dignidad y el rol del Estado. Esa transformación abrió paso a un proceso constituyente y a una reconfiguración del mapa político. Aunque los resultados posteriores han sido complejos y contradictorios, el punto central permanece: primero cambió la cultura, luego la política intentó reorganizarse en torno a ella.
México: hegemonía cultural en disputa
En México, este fenómeno es particularmente evidente. El cambio político de 2018 no puede entenderse únicamente como un resultado electoral. Fue la culminación de un proceso cultural más profundo: la instalación de una narrativa de hartazgo, desigualdad y ruptura con las élites tradicionales.
Durante años, se construyó un nuevo “sentido común”: que el sistema estaba agotado, que la corrupción era estructural y que el cambio no solo era deseable, sino inevitable. Ese imaginario no surgió de la nada; fue alimentado por discursos políticos, medios, redes sociales y experiencias cotidianas de la población.
Cuando esa percepción se volvió dominante, el resultado electoral fue una consecuencia lógica.
Esto confirma la tesis gramsciana: la hegemonía no se conquista en el día de la elección, sino mucho antes, en la mente de la sociedad.
Hoy, México vive una nueva fase de esa disputa. No se trata únicamente de quién gobierna, sino de qué valores definen al país: el papel del Estado, la relación con el mercado, la identidad nacional, la seguridad, la justicia social. Cada uno de estos temas es, en realidad, una batalla cultural.
El mundo: algoritmos, identidad y poder simbólico
A nivel global, la hegemonía cultural se ha vuelto más compleja por el impacto de la tecnología. Las redes sociales no solo amplifican mensajes: reconfiguran la percepción de la realidad. Los algoritmos priorizan contenidos emocionales, polarizantes y simplificados, acelerando la formación de nuevos consensos —o de nuevas fracturas.
En países como Hungría, la narrativa sobre identidad nacional, historia y soberanía fue durante años cuidadosamente construida, generando una hegemonía cultural que se tradujo en estabilidad electoral; sin embargo, las elecciones de 2026 marcaron un cambio electoral fuerte: tras más de una década de dominio político, ese consenso comenzó a erosionarse por factores como el desgaste económico, denuncias de corrupción y una nueva narrativa centrada en transparencia y renovación institucional, lo que permitió a una fuerza emergente obtener una mayoría contundente y reflejar un cambio cultural —especialmente generacional y urbano— que terminó por reconfigurar el escenario político del país.
En Asia, fenómenos similares pueden observarse en la forma en que ciertos gobiernos han logrado articular crecimiento económico con orgullo nacional, creando marcos culturales que legitiman estructuras políticas específicas.
Incluso en democracias consolidadas, la batalla cultural es permanente. En Francia, los debates sobre laicidad, inmigración e identidad han reconfigurado el eje político. En España, la discusión sobre memoria histórica, nación y territorio ha generado nuevas divisiones que trascienden los partidos tradicionales.
En todos estos casos, el patrón se repite: la política no lidera el cambio; lo sigue.
El modelo: cómo transformar el status quo
Si aceptamos que la política es consecuencia de la cultura, entonces cualquier proyecto que aspire a transformar el status quo debe operar bajo una lógica distinta. No basta con diseñar campañas electorales tradicionales. Es necesario construir una estrategia de largo plazo basada en tres ejes fundamentales:
1. Construcción de narrativa: No se trata de slogans ni de mensajes coyunturales. Se trata de definir marcos interpretativos: ¿cómo entiende la sociedad su realidad? ¿Quién es responsable de sus problemas? ¿Qué futuro es posible? Cambiar estas respuestas es más importante que cualquier propuesta técnica. Las campañas ganadoras no explican; reinterpretan.
2. Ocupación de la sociedad civil: Siguiendo a Gramsci, la batalla se libra fuera de las instituciones formales. Escuelas, universidades, medios de comunicación, cultura popular y redes sociales son los espacios donde se construye el sentido común. Quien domina estos espacios no necesita imponer su visión; la sociedad la adopta como propia.
3. Formación de nuevos “intelectuales orgánicos”: Hoy, los productores de “sentido común” no son únicamente académicos. Son comunicadores, creadores de contenido, líderes sociales y figuras públicas capaces de traducir ideas complejas en narrativas accesibles y emocionalmente resonantes. Son ellos quienes conectan la teoría con la experiencia cotidiana.
La lección estratégica que define elecciones
La gran enseñanza es incómoda, pero contundente: las elecciones no se ganan solo con votos; se ganan con significado.
Un partido puede tener la mejor propuesta técnica y fracasar si su narrativa no conecta con la cultura dominante. En cambio, un movimiento con una narrativa poderosa puede redefinir por completo el campo político.
Por eso, como fórmula, sigue siendo influyente: quien cambia el sentido común, tarde o temprano cambia el poder.
En conclusión, la teoría de Gramsci planteó algo fundamental: el poder más estable no es el que se impone, sino el que se acepta. O más directo: quien controla el significado de la realidad, termina influyendo en el poder político.
En el mundo actual, marcado por la saturación informativa, la fragmentación del espacio público y la competencia permanente de relatos, esta idea adquiere una dimensión estratégica sin precedentes. No estamos solo ante campañas, sino ante disputas por la definición misma de la realidad.
El patrón es claro: la batalla decisiva no siempre es electoral… es cultural.
Quien define la realidad, gobierna sin pedir permiso.