Bajo presión
¡Que le corten la cabeza!, esa es la solución de la Reina de Corazones para cualquier asunto, cualquiera, si los jardineros plantan rosas blancas en lugar de rojas, si Alicia no guardaba silencio durante el juego de croquet, o si aparecía el Gato de Cheshire. La demanda de la Reina es una muestra de la falta de sentido común en las estructuras de autoridad. Lewis Carroll ridiculiza la pomposidad y arbitrariedad de los tiranos, que en Alicia en el país de las maravillas (y también en la vida real) es una caricatura de nuestra debilidad de carácter cuando se ocupa una posición de poder.
El sistema político del País de las Maravillas funciona por puro terror, pero ese poder es ilusorio y únicamente existe mientras todos decidan creer en él. Un sistema endeble, precario, sostenido en la percepción, basta que Alicia diga “¡No son más que una baraja de cartas!” para que todo se derrumbe.
Un sistema ineficiente. No sólo la exhibición que hace Alicia, el reino de terror se queda en la amenaza porque ante cada exigencia de ¡Que le corten la cabeza!, de manera discreta sigue el actuar del Rey de Corazones, quien suele indultar a los condenados cuando la Reina no está mirando, así que casi nadie es ejecutado realmente.
En uno de los tantos escándalos de la semana, oposición y críticos de la Cuarta Transformación encarnaron en la Reina de Corazones pidiendo la cabeza del secretario de Economía, Marcelo Ebrard, acusándolo de conflicto de intereses, tráfico de influencias y peculado, al hospedar a su hijo Patrick en la Embajada de México en Londres cuando Ebrard era titular de Relaciones Exteriores.
Confrontado en la conferencia matutina, Ebrard dijo: “No veo en ello ningún abuso de mi parte, salvo la preocupación de un papá por un hijo. No usamos ningún recurso indebidamente”, y que sólo se le puede recriminar haberle aceptado a Josefa González Blanco, entonces embajadora en el Reino Unido, el ofrecimiento de hospedar a Patrick Ebrard, como si fuera de su familia y tratarlo como un hijo.
En México, la falta de argumentos y la desesperación de los opositores se han apropiado del grito que demanda cabezas para hacer como que hacen algo ante el ejercicio de los privilegios desde el poder. La oposición y parte de la comentocracia demandan que se procese al excanciller Marcelo Ebrard y destituirlo de su encargo actual como secretario de Economía y ser sujeto a juicio político para que termine en la cárcel.
Una exageración, porque visto fríamente lo que cometió Marcelo Ebrard fue en una falta prevista en la Ley General de Responsabilidades Administrativas, probar peculado merece una investigación más profunda que la simple declaración y, además, hay que contar que se debe establecer la responsabilidad de otros funcionarios, como el de Josefa González, para sancionar de acuerdo a la falta cometida.
Lo terrible del asunto, esta demanda “ciudadana” de la cabeza de Marcelo Ebrard es que confunde el castigo con la rendición de cuentas. El titular de Economía ya se lavó las manos, como suele hacer el oficialismo, se victimiza clamando “Con los niños, no” y a punto del desmayo calificar de mezquindad a la prensa que reveló el hecho cuando solamente procedió como cualquier padre mexicano hubiera hecho.
Si tiene razón en su defensa Marcelo Ebrard, lo que procede es que se haga público el trámite para que millones de padres mexicanos soliciten la estancia en las embajadas para nuestros hijos estudiantes; así deja de ser un privilegio, como también acusan algunos oficialistas; pero eso no va a ocurrir porque lo que quiere la oposición es sangre, ver rodar la cabeza de Ebrard, no le importa la rendición de cuentas ni el mejoramiento de la administración pública, que se supone se lograría haciendo cumplir la Ley de Responsabilidades Administrativas.
El modelo irracional y punitivista de la Reina de Corazones no sólo es ineficiente, además perjudica la construcción de un aparato de gobierno eficiente, comprometido con sus gobernados, además de distraer la atención de lo verdaderamente relevante, confunde justicia con venganza y abona a la polarización, ya que al pedir razones para el castigo de un funcionario, inmediatamente te conviertes en cómplice de su posible delito.
Quien cuestione si Marcelo Ebrard cometió peculado, de inmediato es transformado en defensor del sistema; quien pida que se deslinden responsabilidades, forma parte del oficialismo; una vez más se divide a la población en buenos y conservadores, así ad nauseam hasta que surja un nuevo escándalo y el asunto de Patrick Ebrard viviendo en la embajada quede enterrado en cientos de notas cuyo título pide que le corten la cabeza a alguien.
Podrían, si quisieran, hacer algo más útil que gritar consignas: exigir reglas claras, transparentar criterios, documentar responsabilidades, sancionar conforme a derecho y, sobre todo, evitar que el poder, cualquier poder, vuelva a confundirse con privilegio. Pero eso no da espectáculo ni tendencias. Es más sencillo encarnarse en la Reina de Corazones, repetir la consigna y fingir que con una cabeza rodando se corrige un sistema. No es así.
La justicia no se construye con furia ni con linchamientos simbólicos, sino con instituciones que funcionen incluso cuando nadie está mirando. Todo lo demás, como en el País de las Maravillas, es apenas una ilusión sostenida por quienes necesitan creer que castigar a uno basta para absolverlo todo.
Coda. En Alicia en el país de las maravillas, cuando sólo aparece la cabeza del Gato de Cheshire, el verdugo y el Rey discuten si es posible decapitar a alguien sin cuerpo. El absurdo es preciso: no se puede cortar una cabeza sin cuello. La indignación pública funciona igual cuando exige castigos sin antes definir con claridad la falta ni deslindar responsabilidades. Sin cuerpo, no hay cabeza que cortar. Sin rigor, no hay justicia.
@aldan