Desde el Segundo Piso
Hoy en Aguascalientes inicia formalmente la Feria de San Marcos, una celebración que, pese a casi dos siglos de historia, sigue resistiendo los impulsos de mercantilizarlo todo. El ritual previo, el conteo, el desorden, el agua volandoes, en el fondo, una afirmación primaria de libertad, la plaza pública como territorio donde aún se decide sin instructivo.¡¡Ehhhhh…!!
Y ahí es donde el contraste se vuelve incómodo.
Mientras la calle conserva su espontaneidad, la escuela parece haber sido domesticada… ahora con discurso renovado, pero con viejas inercias. Antes por el mercado, hoy por la confusión.
Hace años participé en la defensa de la educación pública. Había causa, había riesgo, había maestros que entendían que enseñar también implicaba incomodar. Hoy, en cambio, lo que domina es una especie de extravío institucional, la política educativa cambió de narrativa, pero no necesariamente de fondo.
La llamada Nueva Escuela Mexicana promete una transformación profunda, poner al centro a la comunidad, revalorar al docente, formar ciudadanos críticos y no solo empleados funcionales. En el papel, incluso dialoga con corrientes pedagógicas críticas cercanas a Paulo Freire.
El problema no es la intención. Es la ejecución.
Hoy, en campo, no en el discurso, muchos docentes enfrentan un modelo sin claridad metodológica, con marcos curriculares ambiguos y una carga administrativa que no desapareció, solo cambió de nombre. Se les pide formar pensamiento crítico… sin herramientas operativas claras. Se les exige contextualizar… sin tiempo real para hacerlo.
Peor aún, la voluntad política parece diluirse en la simulación.
Datos recientes de INEE (antes de su desaparición) y diagnósticos retomados por organismos como UNESCO ya advertían problemas estructurales. Bajos niveles de comprensión lectora, rezago en matemáticas y profundas brechas territoriales. La pandemia agravó todo. La Nueva Escuela Mexicana llegó después… pero sin un sistema sólido de evaluación que permita saber si está corrigiendo o profundizando esas fallas.
Se desmontó lo anterior, pero no se construyó del todo lo nuevo.
Y ahí está el punto crítico, una política educativa sin método termina siendo retórica; sin voluntad, se vuelve inercia.
En paralelo, el mundo avanza en otra dirección. La OCDE insiste en habilidades complejas; pensamiento crítico, resolución de problemas, alfabetización digital, mientras la inteligencia artificial redefine qué significa aprender. En México, sin embargo, el debate público educativo es marginal, casi inexistente frente al ruido político cotidiano.
Los maestros lo saben. Muchos lo dicen en corto, se sienten solos. No porque no haya reforma, sino porque no hay conducción clara. Se les convoca a un proyecto, pero no se les integra como actores reales del mismo.
Y entonces la pregunta vuelve, más dura. ¿Quién secuestró el aula?
Antes fue el mercado. Hoy parece ser la improvisación.
La escuela mexicana está atrapada entre dos fuegos, dejó atrás un modelo tecnocrático, pero no logra consolidar uno verdaderamente emancipador. En el camino, el riesgo es evidente, ni forma para el sistema… ni forma para la libertad.
Y en ese vacío, la tecnología (la inteligencia artificial incluida) no espera. Va a irrumpir, con o sin permiso, en aulas que aún discuten cómo organizar sus contenidos.
Quizá por eso la feria dice más de lo que parece, la libertad no se decreta, ni se limita en los estadios o en las plazas, se ejerce. Y la educación que no enseña a ejercerla, termina enseñando a obedecer.
Porque al final, el problema no es que la escuela esté cambiando…
es que no termina de decidir hacia dónde. Citando aIvan Illich, quiza "la escuela se ha convertido en la religión universal de un proletariado modernizado, y hace inútiles promesas de salvación a los pobres de la era tecnológica."
Autor: Ricardo Heredia Duarte