Laberinto

Bajo presión

El método más efectivo para salir de un laberinto consiste en entrar a él apoyando la mano derecha en una pared y no separarla nunca durante el recorrido. Esta técnica obliga a seguir el contorno y garantiza un camino continuo que conecta la entrada con la salida.

Es tan sencillo que parece una receta aplicable a cualquier situación enredada. De hecho, esa ha sido, en esencia, la estrategia de la oposición para enfrentar a los gobiernos morenistas.

Sin embargo, el método de la mano derecha tiene una limitación: es un algoritmo básico. Si el laberinto contiene islas o circuitos aislados de la estructura principal, el resultado no es la salida, sino el extravío; se puede caminar en círculos sin siquiera advertirlo.

Algo similar ocurre con la lectura que se hace del oficialismo. No hay un solo gobierno morenista igual, pero simplificarlos resulta conveniente. El propio movimiento alentó esa simplificación: copiar lo que Andrés Manuel López Obrador hacía o prometía para avanzar bajo su cobijo. Si él era aprobado, ¿para qué arriesgarse a proponer algo distinto? Bastaba con repetir la fórmula, incluso a costa del ridículo de la imitación hueca.

A partir de ahí, la oposición compró el mismo guión. Decidió combatir al oficialismo en el terreno que la llamada Cuarta Transformación impuso, sin reparar en que la polarización era precisamente el mecanismo que le daba sentido: reducir la realidad a dos bandos, buenos contra malos, progresistas contra conservadores.

Ese escenario comenzó a resquebrajarse. Al terminar el sexenio de López Obrador, las diferencias entre los gobiernos morenistas se volvieron inocultables. Salieron a flote los intereses de grupo, las contradicciones internas, la distancia entre el discurso del líder y las prácticas de una clase política que ya no puede sostenerse únicamente en su sombra.

Las rupturas dentro del oficialismo no responden a diferencias ideológicas, sino a estilos de poder. Se trata de una cultura política donde la democracia queda subordinada a los cargos, y donde se gobierna con la premisa de no soltar nunca el puesto. De ahí la consigna: que no regresen los de antes. Una frase eficaz para el mitin, pero insuficiente como proyecto de gobierno y que oculta la verdad: los que están no quieren que regresen los de antes para no devolver los privilegios de los que gozan ahora.

La encrucijada de Morena no es un laberinto simple donde funcione el método de la mano derecha. Cada liderazgo opera como un circuito aislado, y quien intenta recorrerlo con esa lógica termina, inevitablemente, dando vueltas sobre el mismo punto.

Frente a ese tipo de laberintos, Charles Pierre Trémaux propuso otro método. No es más rápido, pero sí más eficaz: garantiza la salida incluso en estructuras complejas. Su lógica es distinta: marcar el camino, evitar repetir trayectos, reconocer los cruces ya recorridos y, cuando no hay salida, retroceder con método. Aprender del error en lugar de insistir en él.

El Algoritmo de Trémaux no sólo sirve para resolver laberintos físicos. También ofrece una pista para entender el momento político: obliga a distinguir, a registrar, a no simplificar lo que es complejo. A no repetir rutas fallidas sólo por inercia o conveniencia.

Sobre todo, exige algo que hoy escasea: reconocer los errores propios.

Porque si ese método se aplicara al gobierno de Claudia Sheinbaum, implicaría marcar con claridad dónde están los desvíos dentro del propio movimiento, identificar qué gobiernos locales están actuando en sentido contrario a las políticas federales y, llegado el caso, corregir o deslindarse.

Pero ocurre lo contrario. En lugar de marcar el camino, se borran las huellas. En vez de evitar repetir rutas fallidas, se justifican. Cuando se llega a un callejón sin salida, producto de la ignorancia, la ineptitud o la corrupción de administraciones que se dicen morenistas, no se retrocede: se protege.

Todo con tal de no mellar la imagen de Andrés Manuel López Obrador, como si reconocer fallas en el presente implicara traicionar el pasado.

El resultado es un laberinto cada vez más enredado, donde los gobiernos locales pueden contradecir abiertamente el proyecto federal sin consecuencias reales, mientras el centro del poder se desgasta en explicaciones, matices y excusas.

Eso ya no es sólo una contradicción política: es un problema de gobernabilidad. Porque cuando nadie corrige, los errores se acumulan; cuando nadie asume costos, la impunidad se vuelve método; y cuando el poder se dedica a justificarse en lugar de resolver, lo que se deteriora no es la narrativa, sino la realidad. La seguridad se fragmenta, los servicios se precarizan, las decisiones se vuelven erráticas y la confianza pública, la que no se decreta ni se refleja en las encuestas, empieza a resquebrajarse.

El algoritmo de Trémaux exige memoria, evidencia y corrección, pero en la práctica ha sido sustituido por uno mucho más rudimentario: negar, justificar y seguir avanzando, aunque el camino ya haya demostrado no llevar a ninguna parte.

Porque aquí no hay extraviados: hay quienes saben que están en un callejón sin salida y, aun así, prefieren fingir que avanzan. Y en ese simulacro, más que en la oposición, está hoy el verdadero problema de gobernabilidad.

El simulacro no es exclusivo del oficialismo. También la oposición recorre su propio laberinto repitiendo rutas agotadas, apostando a la simplificación y confiando en que el desgaste ajeno le abrirá la salida. Unos gobiernan sin corregir; otros critican sin entender. Y entre ambos han convertido la política en una representación donde lo importante no es encontrar la salida, sino sostener la ilusión de que se está buscando.

Al final, no es el laberinto lo que atrapa al país, sino una clase política que ha decidido quedarse a vivir dentro de él.

Coda. En los laberintos reales, quedarse quieto también es una decisión: tarde o temprano alguien encuentra la salida… o el derrumbe. En el político, no. Aquí el tiempo no corrige nada, sólo encarece los errores. Mientras la clase política siga jugando a perderse sin pagar el costo, los que terminan atrapados no son ellos.

@aldan

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