Infancia, escuela y diagnóstico: cuando el síntoma incomoda al sistema

Opinión

“Cartografías del malestar contemporáneo”   En los últimos años, la infancia ha sido cada vez más observada, evaluada y clasificada. Niños inquietos, distraídos, sensibles o desbordados emocionalmente son rápidamente señalados como portadores de algún trastorno. El diagnóstico aparece entonces como respuesta… pero también como forma de contención frente a lo que no se logra comprender.   La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿estamos escuchando a los niños… o estamos tratando de hacerlos encajar?   La escuela contemporánea, atravesada por exigencias de rendimiento, estandarización y evaluación constante, parece tener cada vez menos margen para alojar la diferencia. El niño que no se adapta al ritmo, que no logra sostener la atención en los formatos tradicionales o que expresa su malestar a través del cuerpo, se convierte en un problema a resolver.   Y el diagnóstico, en muchos casos, funciona como una respuesta tranquilizadora. Nombrar da la ilusión de comprender. Clasificar da la sensación de control. Pero no siempre implica escuchar.   Desde el psicoanálisis, esta situación puede leerse de otra manera. Sigmund Freud nos enseñó que el síntoma no es un error, sino una formación del inconsciente: una respuesta del sujeto frente a un conflicto que no ha podido ser elaborado de otra forma. El niño no “falla”. El niño responde.   Responde a su historia, a su entorno, a los vínculos que lo constituyen y también —no menos importante— a las exigencias del sistema en el que está inmerso.   En este sentido, Jacques Lacan planteaba que el síntoma puede ser leído como un mensaje dirigido al Otro. Es decir, como algo que busca ser escuchado. Cuando la respuesta institucional es únicamente diagnóstica o farmacológica, ese mensaje corre el riesgo de ser silenciado.   No desaparece. Se desplaza. Se transforma. Pero no se resuelve.   La infancia contemporánea se encuentra en un punto particularmente delicado. Por un lado, se le exige cada vez más: mayor rendimiento, mayor control, mayor adaptación. Por otro, se le ofrecen menos espacios de juego libre, de espera, de elaboración simbólica.   El resultado es un aumento visible de cuadros de ansiedad, dificultades atencionales, impulsividad y desregulación emocional.   Pero reducir esto únicamente a un problema individual sería simplificar en exceso. Aquí resulta pertinente la mirada de Otto Kernberg, quien ha señalado cómo los contextos sociales pueden impactar directamente en la estructuración psíquica, favoreciendo identidades más frágiles y dificultades en la regulación emocional.   No se trata solo del niño. Se trata del entramado. De la familia, de la escuela, de la cultura. De los tiempos que ya no existen. De los espacios que se han perdido. De la palabra que no siempre encuentra lugar.   Esto no significa negar la importancia del diagnóstico cuando es necesario. Existen condiciones que requieren evaluación y tratamiento. Pero el riesgo aparece cuando el diagnóstico sustituye la pregunta.   Cuando deja de ser una herramienta… y se convierte en etiqueta. Quizá el desafío no sea eliminar el síntoma, sino aprender a leerlo. Preguntarnos qué está diciendo ese niño que no puede quedarse quieto. Qué intenta expresar quien no logra concentrarse. Qué se juega en ese cuerpo que irrumpe en el aula. Porque, tal vez, el síntoma infantil no sea solo un problema del niño…sino un espejo del malestar de la época.   Y si dejamos de escuchar ese mensaje, no solo perdemos la oportunidad de comprender a la infancia…perdemos, también, la posibilidad de transformar el mundo que les estamos dejando.     Dr. José Mauricio López López Psicólogo Clínico | Psicoanalista | Doctor en Educación  
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