El casting del desastre: cuando todos creen que pueden

Desde el Lunar Azul

Hay días en los que la política local no requiere análisis fino, sino simplemente sentido del humor… y un poco de paciencia. Hoy es uno de esos. Porque, mis queridos lectores, en este teatro llamado Aguascalientes, queda claro que no es lo mismo despachar desde la barra que haber probado el trago completo. Gobernar —o intentar hacerlo— no es un ejercicio de simulación, y sin embargo, pareciera que en ciertos círculos ya se perdió la noción de esa diferencia elemental. La autodenominada líder indiscutible —que en teoría debería tener control de su propio tablero— hoy luce más bien como jugadora novata en partida de ajedrez rápido: piezas moviéndose sin coordinación, aliados que se desmarcan en público y una estrategia que, si existía, ya se diluyó entre selfies incómodas y silencios tensos. Eso sí, nadie se lo diga… porque la reacción no es precisamente institucional. El problema de fondo no es menor: abrir la baraja sin método ni criterio ha generado un fenómeno clásico de sobreoferta política. Demasiados aspirantes, muy poca sustancia. Un embotellamiento digno de las horas pico… cortesía de esa movilidad que ya ni vale la pena mencionar sin ironía. Y así, entre nombres que brotan como si fueran opciones reales, se empieza a configurar una comedia involuntaria. Porque una cosa es aspirar —legítimo— y otra muy distinta es suponer que alcanza. Tomemos algunos ejemplos. El caso de Paloma es particularmente ilustrativo. En un sistema donde los apellidos siguen cotizando más que los méritos, su aparición no sorprende… pero tampoco convence. La pregunta no es si quiere, sino si puede. Y ahí es donde el argumento se desmorona. Sin estructura propia, sin trayectoria consolidada y sostenida por una red familiar que parece más nómina que respaldo político, su candidatura suena más a gesto de cortesía que a proyecto serio. En otras palabras: sin ese linaje, difícilmente estaría siquiera en la conversación. Luego está José Juan, quien parece convencido de que el tiempo borra todo… incluso la memoria política. Pero no. Aquella campaña de escritorio —más cómoda que efectiva— dejó una marca que no se elimina con intentos de rebranding institucional. Ni los colores, ni los reflectores, ni los esfuerzos desde arriba han logrado quitarle ese tono gris que lo persigue. Y no es por falta de oportunidades, sino por ausencia de resultados. En paralelo, emerge otra figura —el Sr. del moño, para efectos prácticos— que ha construido una narrativa de liderazgo que, curiosamente, parece tener más sustento en flujos financieros que en capacidades políticas. Y aquí conviene hacer una pausa incómoda: el ecosistema mediático local no ha sido precisamente un contrapeso. Más bien, en algunos casos, ha funcionado como amplificador condicionado. Porque sí, hay talento para repartir recursos… pero no necesariamente para gobernar. Y aun así, no faltan quienes ya lo ven como candidato viable. No por convicción ideológica, sino por expectativa presupuestal. Eso explica muchas cosas. Y luego está Mónica. Siempre amable, siempre presente, siempre útil… pero en un contexto donde los requisitos para aspirar al poder parecen haberse reducido al mínimo indispensable —cuando no eliminados por completo. La discusión de fondo, que debería girar en torno a capacidades, formación y visión, simplemente no aparece. Y eso no es anecdótico, es estructural. El problema no es que haya muchos aspirantes. El problema es que pocos parecen entender la dimensión del cargo al que aspiran. Mientras tanto, del otro lado de la cancha, el panismo observa. Y seamos francos: más que preocupación, lo que provoca esta escena es una mezcla de sorpresa y entretenimiento. Porque cuando el adversario se desordena solo, la estrategia más inteligente suele ser no intervenir. Así las cosas, Aguascalientes se encamina a una contienda donde, por ahora, lo más sólido no son las propuestas, sino las contradicciones. Y eso, estimados lectores, siempre termina pasando factura.     Aquí dejo esta roca.   Empújela usted. Yo vuelvo. Como siempre.  
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