Desde el Segundo Piso
La narrativa del “Estado iliberal” encontró en Viktor Orbán su caso más emblemático, un experimento político que, durante más de una década, desafió los consensos liberales europeos mientras mantenía, al menos en apariencia, estabilidad política y crecimiento suficiente para legitimar su proyecto. Sin embargo, toda arquitectura política, por más sofisticada que sea en su control institucional, termina sometida a una variable incómoda, la economía percibida por el ciudadano común.
Hungría no cayó por un colapso institucional inmediato ni por una rebelión ideológica masiva. El desgaste fue más sutil, más cotidiano, inflación persistente, deterioro del poder adquisitivo y una sensación creciente de que el modelo dejó de entregar bienestar tangible. El iliberalismo puede administrar narrativas, capturar contrapesos y redefinir reglas del juego; lo que no puede controlar indefinidamente es la experiencia económica directa de millones de personas.
Aquí aparece una lección clave, los regímenes iliberales no necesariamente se derrumban por déficit democrático en abstracto, sino cuando ese déficit se traduce en restricciones materiales y simbólicas. Es decir, cuando la erosión de libertades se percibe como parte de una ecuación más amplia de asfixia, menos ingresos, menos oportunidades, menos margen para disentir.
En el caso húngaro, el modelo de Orbán, con tintes neorrealistas, proteccionistas y de fuerte intervención estatal, logró durante años construir una coalición social basada en estabilidad, identidad y cierto orden económico. Pero esa ecuación comenzó a fracturarse cuando la promesa material dejó de compensar los costos institucionales. El ciudadano promedio puede tolerar un sistema menos plural si su calidad de vida mejora; lo que resulta insostenible es un sistema restrictivo que, además, empobrece.
¿Es extrapolable esto a México? En términos estructurales, sí, aunque con matices. México no es Hungría, pero comparte una tensión creciente entre centralización del poder, debilitamiento de contrapesos y una narrativa política que privilegia legitimidad popular sobre institucionalidad formal. En este contexto, la estabilidad política depende menos del diseño constitucional y más de la percepción económica.
La historia reciente mexicana confirma que los cambios de régimen no siempre son ideológicos, son profundamente pragmáticos. Cuando el votante percibe que su situación empeora o que el futuro es más incierto, castiga. Y ese castigo no distingue entre modelos liberales o iliberales; responde a una lógica casi primaria de supervivencia y expectativa.
Sin embargo, hay un matiz relevante que suele ignorarse, no es únicamente la economía “real” la que derrumba gobiernos, sino la economía percibida. Un crecimiento macroeconómico sólido puede coexistir con una percepción social de crisis si la distribución es desigual o si la narrativa dominante enfatiza agravios. En paralelo, un desempeño económico mediocre puede sostener gobiernos si se acompaña de una narrativa eficaz de estabilidad o amenaza externa.
Por ello, el verdadero punto de quiebre en los regímenes iliberales y en cualquier régimen, es la convergencia de dos percepciones, la de empobrecimiento y la de restricción. Cuando ambas se alinean, el sistema pierde legitimidad a una velocidad que ni el control institucional puede frenar.
Para México y otros países en tránsito político, la advertencia es clara, ningún proyecto de poder es invulnerable si descuida el bienestar tangible. La concentración de poder puede ofrecer gobernabilidad en el corto plazo, pero si no se traduce en prosperidad percibida, se convierte en un pasivo político.
Al final, sí, es la economía. Pero no en su versión técnica, sino en su dimensión vivida. Y cuando esa economía se siente como asfixia, material y de libertades, incluso los proyectos más disciplinados terminan encontrando su límite.
Como advertía Friedrich Hayek, “quien controla todos los medios también decide todos los fines”; y cuando ese control no se traduce en bienestar, es el propio sistema el que termina por erosionarse desde dentro.
Autor: Ricardo Heredia Duarte