Bajo presión
La desvinculación de los aspirantes a un cargo público con los partidos políticos es cada vez más evidente; antes que representar un movimiento, una causa, una ideología afín a las siglas del organismo por el que quieren llegar a la boleta, los suspirantes ocupan su tiempo en posicionarse como los indicados mediante su conversión en figuras mediáticas, se esfuerzan por igualarse a los influencers que en las redes sociales llaman la atención de millones de seguidores.
Los partidos políticos dejan que los suspirantes hagan el ridículo en redes por varias razones, la principal es que el sistema está rebasado por el fenómeno de las redes, las organizaciones llegan a esos canales a destiempo, sin entenderlas y queriendo copiar los esquemas empleados por vendedores de productos y servicios, antes que de ideas o generar comunidad. No es lo mismo promocionar una mercancía que establecer lazos entre los seguidores para unirse a una causa; no se iguala la capacidad de movilización a un evento relacionado con el ocio, a la convocatoria necesaria para conseguir que la población ejerza su ciudadanía.
En redes, los partidos políticos se han conformado con emplearlas para generar debates efímeros, recordar efemérides, multiplicar memes y llenar de mensajes basura que se pierden de inmediato en la posibilidad del scroll infinito. Y cuando logran llamar la atención, no es precisamente por reacciones de simpatía con sus ideas o afinidad a sus postulados.
Un ejemplo reciente es la reacción del actor Fernando Bonilla ante un meme de Movimiento Ciudadano, que sin permiso, empleó la imagen del protagonista de la serie La Oficina, para “destacar” los resultados de Samuel García en el gobierno de Nuevo León. Bonilla demandó al partido: “Ahí les encargo que en su perra vida vuelvan a usar mi jeta para sus chingaderas”; por que eso son, imágenes carentes de contenido y que sólo se montan en las tendencias.
Abandonados a su propio esfuerzo, los aspirantes a un cargo público, antes que entre los electores o su partido, buscan desesperadamente la manera de hacerse visibles, de convertirse en tendencia, y emplean las mismas técnicas que los entretenedores que tienen éxito en las redes. No va a faltar mucho para que los productores de La Oficina reclamen al senador Antonio Martín del Campo por el uso del nombre de un merendero, muestra exacta del uso de las redes sin un programa, sin un propósito, sólo llamar la atención.
Si un aspirante con suficiente fuerza para ser considerado como el más viable para la candidatura al gobierno de Aguascalientes es capaz de cometer ese error (e insistir en propuestas huecas como estrategia de redes), el asunto no pinta mejor para suspirantes a otros cargos de elección popular.
Los aspirantes creen que contratar a un becario para que grabe sus videos haciendo payasadas y distribuirlo en Instagram, Facebook y TikTok basta para conseguir seguidores, para visibilizar que son los mejores para un cargo y ser ungidos como candidatos; ninguno de ellos propone, no se exponen ideas, no se genera conversación, les basta con las exposición.
Alejados de la idea de generar comunidad, los suspirantes confunden presencia con número de vídeos en su historial, llenan las redes con bailes, gracejadas, anécdotas supuestamente divertidas y muchas fotos con la gente.
Una vez agotada la capacidad del becario, los suspirantes recurren a los viejos métodos de hacerse presentes: los amigos de los medios de comunicación; vía mensajes de textos colman con boletines y fotografías bonitas; concertan entrevistas pagadas para tener unos cuantos minutos y repetir logros exagerados o frases desgastadas; o bien, emplean a los columnistas para mandar mensajes a las cúpulas y buscar resonancia en los círculos rojos.
No por nada es que, en Aguascalientes, se han multiplicado las publicaciones, en medios tradicionales y redes sociales, que a partir del rumor buscan posicionar a alguno de los candidatos, cualquiera, el chiste es que su nombre aparezca. No importa la relevancia o experiencia del candidato, a veces ni siquiera si aparece en alguna encuesta, se apuntan proponen nombres para ver si es chicle y pega, como estampitas de álbum a intercambiar.
Un día es seguro que la alcaldía capitalina la disputan Mónica Becerra o Alma Hilda Medina, al otro aseguran que son Quique Galo o José Juan Sánchez, después incluyen a Salvador Alcalá o destapan a Kike de la Torre… No se considera ninguna decisión del partido, no se vinculan estas pretensiones a las preferencias del electorado, basta el rumor, el chisme de quien dice saber.
A la crisis permanente del periodismo en la entidad se suma la ambición de los suspirantes que caen en la trampa de los mercenarios vende notas, quienes aseguran que una mención en su paginita se traduce en influencia, que una reacción equivale al voto de quien decide, sobre todo a que su nombre estará en el centro de la discusión pública, peloteado por la comentocracia.
Ingenuos o ignorantes, sobre todo tacaños.
Los suspirante se niegan a invertir en su imagen pública, en su discurso político, no ingresaron al sistema o llegaron a un cargo por su capacidad sino por cuotas o cuates, así que no se ocupan en generar un proyecto sino en quedar bien con el de arriba, con quien decide; por eso limosnean a los mercenarios, compran menciones disfrazadas de cobertura y se conforman con el espejismo de la visibilidad.
Esa lógica no es inocente. Quien se construye a base de ocurrencias, de likes comprados y de rumores sembrados, no le habla al ciudadano: le habla a quien lo puede postular. No busca convencer, busca agradar. No rinde cuentas hacia abajo, sino hacia arriba.
Por eso el contenido es hueco y la exposición suficiente. Porque el objetivo no es representar a nadie, sino ser seleccionado. Cuando finalmente lo logran, cuando el partido los incluye en la boleta, el vínculo queda claro: no deben su candidatura a la gente, sino a quien abrió la puerta.
Entonces tampoco gobiernan para los electores. Gobiernan para quien los puso ahí.
De ahí la pobreza del debate, la frivolidad de las campañas y la distancia con la ciudadanía. No es incapacidad, es diseño: si el origen es la simulación, el ejercicio del poder también lo será.
Porque en política, como en casi todo, el dinero y los favores dejan rastro.
Coda. Mira a quien postula… y adivinarás a quién le cobra.
@aldan