Persiste, casi como una verdad incuestionable, la idea de que la lectura (y, en particular, la comprensión de lo que se lee) es terreno exclusivo del maestro de Español; lo escuchamos en pasillos, en reuniones, en comentarios al vuelo que parecen inofensivos, pero que en realidad revelan una concepción profundamente limitada de nuestra labor, porque asumir que leer es una tarea asignada a una sola disciplina no solo fragmenta el aprendizaje, sino que diluye una responsabilidad que, querámoslo o no, nos compete a todos los docentes, y con mayor fuerza en secundaria, donde los estudiantes ya no solo leen para aprender a leer, sino que leen para comprender el mundo que habitan.
Conviene decirlo con claridad, sin rodeos ni eufemismos: cuando un alumno no entiende un problema matemático, un texto histórico o una consigna científica, el obstáculo no siempre radica en el contenido en sí, sino en su capacidad para interpretar lo que está leyendo, de modo que la comprensión lectora no es un añadido opcional, es el cimiento sobre el cual se construye cualquier aprendizaje significativo; en ese sentido, deslindarnos de esa tarea equivale, en términos prácticos, a renunciar a una parte esencial de nuestra función docente, porque enseñar implica, ipso facto, enseñar a comprender, a decodificar, a inferir, a cuestionar.
Ahora bien, esta reflexión también nos coloca frente a un espejo incómodo, porque no basta con reconocer el problema si no estamos dispuestos a revisar nuestras propias prácticas, y aquí surge una pregunta que, aunque simple, la considero profundamente reveladora: ¿somos, en verdad, docentes que leen?, no en el discurso, no en la planeación, sino en la vida cotidiana, en la forma en que nos relacionamos con los textos, en la manera en que compartimos —o no— esa experiencia con nuestros estudiantes; porque difícilmente podemos formar lectores si la lectura no se hace visible en nosotros, si permanece como una actividad privada o, en el peor de los casos, ausente.
Hay una idea que puede ayudarnos a reencuadrar esta problemática desde otro ángulo, y es entender que leer no es una obligación mecánica, sino una experiencia profundamente personal, diversa y, en muchos casos, contradictoria; en palabras de Daniel Pennac: “el verbo leer no soporta el imperativo”, una afirmación que, lejos de ser una simple frase ingeniosa, encierra una crítica directa a nuestras prácticas cuando pretendemos imponer la lectura sin construir previamente el sentido de esta. El propio Pennac, también nos recuerda que “el tiempo para leer, como el tiempo para amar, dilata el tiempo de vivir”, lo que nos invita a pensar la lectura no como una tarea escolar más, sino como una posibilidad de expansión personal; y quizá una de sus ideas más potentes para nosotros como docentes sea aquella que sostiene que el lector tiene derechos —entre ellos, el derecho a no leer, a saltarse páginas o a releer—, lo cual, aunque pueda parecer provocador en el contexto escolar, nos obliga a cuestionar cuánto espacio damos a la autonomía del lector en formación y cuánto seguimos operando desde la imposición.
En este punto quiero ser especialmente enfático, porque suele ser donde se interpreta de otra forma la intención de este tipo de reflexiones que hago para ustedes colegas: no pretendo ofrecer un catálogo de estrategias ni una lista de recomendaciones sobre cómo trabajar la lectura con los estudiantes, no porque no existan, sino porque hay muchas, y justamente ahí radica el problema, en la tentación de creer que hay una fórmula universal, un método infalible que, aplicado correctamente, resolverá por sí solo la comprensión lectora; la realidad es más compleja, más dinámica y, en cierto sentido, más exigente, ya que cada grupo, cada contexto y cada estudiante demandan ajustes distintos, por lo que el verdadero reto no es conocer muchas estrategias, sino saber cuál utilizar, en qué momento y de qué manera, algo que no se aprende en abstracto, sino en la práctica, en el ensayo, en la observación y en el análisis de lo que ocurre en el aula.
Por eso, más que indicar caminos, la invitación es a descubrirlos, a construirlos junto con los educandos, a experimentar con intención pedagógica y a reconocer que el proceso no es lineal ni inmediato; habrá intentos que funcionen y otros que no, habrá avances sutiles y retrocesos inesperados, pero es precisamente en ese proceso donde se genera el aprendizaje auténtico, tanto para ellos como para nosotros, porque enseñar a leer no es aplicar una receta, es acompañar un proceso complejo que involucra pensamiento, lenguaje, contexto y, sobre todo, sentido.
En el fondo, lo que está en juego va más allá de la lectura como habilidad escolar; estamos hablando de la formación de sujetos capaces de comprender su entorno, de analizar información, de tomar postura frente a lo que leen, de no aceptar de manera acrítica lo que se les presenta, y eso, en un mundo saturado de datos e interpretaciones, resulta no solo deseable, sino indispensable; de ahí que asumir la lectura como una responsabilidad compartida no sea una carga adicional, sino una oportunidad para fortalecer el núcleo mismo de nuestra práctica docente.
Como punto de partida y también como invitación honesta, vale la pena acercarse a dos textos que dialogan entre sí desde su diferencia: por un lado, el cuento titulado: ¡¿Esto es leer?! de María de Jesús Prado Vite, incluido en el libro de Múltiples Lenguajes de primer grado de secundaria de la SEP, breve, directo y profundamente revelador; por otro, Como una novela del ya mencionado autor Daniel Pennac, una obra mucho más extensa que invita a reconciliarnos con la lectura.
No es casual que estas dos sugerencias estén colocadas así, una corta y otra más larga, porque más allá de recomendarlas, la verdadera intención es detenernos un instante a observar qué ocurre en nosotros ante esa diferencia: si elegimos la lectura breve, si postergamos la extensa, si evitamos ambas o si realmente nos disponemos a leer todo; en esa decisión, aparentemente mínima, se esconde una pregunta mucho más profunda que quizá valga la pena no responder de inmediato, sino dejarla resonar.