Opinión
“Cartografías del malestar contemporáneo”
Si tuviéramos que describir el paisaje emocional de nuestra época, aparecerían palabras como ansiedad, depresión, vacío, agotamiento. Estos términos circulan con naturalidad, pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué nos están diciendo realmente.
Desde la mirada psicoanalítica, estos padecimientos no son únicamente trastornos para erradicar, sino formas en las que el sujeto responde al malestar en la cultura.
Sigmund Freud ya lo planteaba con claridad: el conflicto entre las exigencias sociales y los deseos individuales es constitutivo de la vida psíquica. No hay cultura sin malestar.
Lo que cambia es la forma en que ese malestar se expresa.
Hoy, la ansiedad se ha vuelto casi un idioma común. No es casual. Vivimos en una lógica de urgencia permanente, donde el tiempo para elaborar ha sido sustituido por la exigencia de responder.
Jacques Lacan decía que la angustia aparece cuando el sujeto se confronta con lo que no puede simbolizar. En una época saturada de estímulos, pero pobre en espacios de elaboración, la angustia encuentra terreno fértil.
No hay pausa.
No hay silencio.
No hay lugar para tramitar la experiencia.
La depresión, por su parte, no siempre se presenta como tristeza. Muchas veces aparece como vacío, como desconexión, como pérdida de sentido. Es una forma de retirada psíquica frente a un mundo que exige demasiado y ofrece poco sostén.
En la clínica contemporánea, vemos con frecuencia sujetos que funcionan… pero no viven.
Cumplen.
Producen.
Responden.
Pero algo en su interior se ha detenido.
Otto Kernberg ha descrito cómo este tipo de funcionamiento puede estar vinculado a organizaciones de personalidad donde predomina la fragilidad del yo, la dificultad para integrar afectos y la tendencia a relaciones inestables.
No se trata solo de síntomas individuales.
Se trata de configuraciones subjetivas que responden a un entorno.
Y ese entorno tiene características muy específicas: hiperexigencia, inmediatez, comparación constante, debilitamiento del lazo social.
La soledad, en este contexto, se vuelve un factor central.
Nunca habíamos estado tan conectados… y nunca había sido tan frecuente la sensación de no ser verdaderamente vistos.
Desde la clínica, sabemos que el sujeto se constituye en relación con el otro. Sin un otro que escuche, que sostenga, que reconozca, el malestar se intensifica.
El síntoma aparece entonces como un lenguaje.
Como un intento de decir lo que no ha encontrado otro cauce.
Aquí radica la diferencia fundamental entre eliminar el síntoma y escucharlo.
Eliminarlo puede aliviar momentáneamente.
Escucharlo puede transformar.
Quizá el gran riesgo de nuestra época no sea el aumento del sufrimiento… sino la pérdida de herramientas simbólicas para comprenderlo.
Convertir el malestar en un fallo técnico que debe corregirse rápidamente es una forma de negarlo.
Pero el sujeto no desaparece.
Insiste.
Habla.
Se manifiesta.
A veces a través del cuerpo, otras a través de la angustia, otras en el silencio.
Porque, al final, el sufrimiento psíquico no es simplemente un problema…es, muchas veces, la última forma que tiene el sujeto de sostener su existencia en un mundo que constantemente lo empuja a desaparecer.
Dr. José Mauricio López López
Psicólogo Clínico | Psicoanalista | Doctor en Educación