Respirar no basta

Bajo presión

Cada vez es más frecuente escuchar: quien respira, aspira. Como si el hecho de ocupar un puesto fuera suficiente para validar la intención de cualquiera a un cargo público, más allá del trabajo realizado, del partido político al que pertenezca, pero especialmente, como si la respiración fuera igual a los méritos realizados.

En contra de lo que se piensa, en México, el derecho a votar y ser votado no es absoluto; está reservado exclusivamente para quienes poseen la calidad de ciudadanos, cumplen con los requisitos estipulados en la Constitución y, para ser elegible, cumplir con los requisitos que establezca la ley de acuerdo al cargo que se pretende. La ciudadanía se hace a un lado porque pensamos en los derechos como privilegios antes que como una responsabilidad.

No sólo eso. Un sistema de partidos en crisis, en eterna agonía, ante la incapacidad de las organizaciones para ofrecerse como alternativa de gobierno, antes que explicar las soluciones propuestas, ha preferido presentar como candidatos a quienes sean más populares, ya que les representa rentabilidad electoral inmediata y una forma de maximizar la atención mediática con bajos costos de posicionamiento.

Los partidos políticos sacrifican experiencia por popularidad para sobrevivir en un entorno electoral donde el reconocimiento de nombre es más valioso que un currículum político, convirtiendo las elecciones en concursos de popularidad más que en debates de gestión. El pragmatismo electoral manda en un entorno donde los electores priorizan el carisma del individuo sobre la plataforma ideológica del partido.

Por eso cualquiera se siente con derecho a aspirar a un cargo, sin necesidad de presentar una propuesta. A lo que hay que sumar que se confunde popularidad o reconocimiento con atención mediática; por eso cualquier funcionario al que la prensa le acerca un micrófono se expresa como si contara respaldo de ciertos sectores. Los casos se multiplican por todo el país.

Una encuesta de CRIPESO revela que para la gubernatura de Zacatecas el candidato de Morena se definirá entre Ulises Mejía Haro, quien domina las preferencias, y José Narro Céspedes o Verónica Díaz Robles, pero en los medios se destaca el nombre de Saúl Monreal Ávila por el ruido mediático que genera el senador.

En Aguascalientes, otro estudio de la misma casa encuestadora, coloca a Mónica Becerra al frente de las opciones del PAN para candidata a la alcaldía de Aguascalientes, no considera a los diputados Max Ramírez o Salvador Alcalá, pero ambos han desplegado publicidad por toda la ciudad para promocionarse como fuertes aspirantes a través de dar declaraciones a la prensa local.

De nuevo la confusión entre popularidad, reconocimiento y presencia mediática, como si la multiplicación de espectaculares o notas de prensa fueran respaldo popular, peor todavía, como si los medios tuvieran el poder de decidir sobre las candidaturas.

Peor aún porque la mediocre clase política local cae en el juego de quienes desde los medios están interesados en vender una influencia que no tienen, vendiendo rumores o inventando candidaturas para poder cobrar el apoyo que se da a las aspiraciones. Condiciones que vician el entorno en el que se debería desarrollar nuestro periodismo.

En este ecosistema, el aspirante gana visibilidad, el partido gana “posicionamiento” sin construir cuadros, y algunos medios ganan ingresos o relevancia inflando nombres. Lo que se pierde es lo sustantivo: la discusión pública sobre problemas reales y la evaluación seria de quienes pretenden gobernar. Hemos normalizado que la política se juegue en la percepción, no en los resultados

Como en el presunto “destape” de Enrique de la Torre, vocero de la gobernadora, que no surgió de una decisión política sino de una pregunta sembrada y una lectura interesada. Así opera la simulación: se provoca la respuesta, se exagera su alcance y se publica como si fuera definición. No es información, es construcción.

Creer que es en los medios donde se juega la definición de las candidaturas es, sobre todo, un vicio que golpea a la participación ciudadana y la responsabilidad pedagógica de los partidos políticos.  Nadie pregunta qué hizo el aspirante cuando tuvo responsabilidades, cómo las ejerció, con qué resultados, con qué costos. Importa más cuántas entrevistas concede, cuántas veces aparece en una foto, o cuántos espectaculares logran instalar la idea artificial de que “ya está en la contienda”.

El resultado es predecible: campañas huecas, gobiernos improvisados y una ciudadanía cada vez más desconfiada, que ve inútil participar en los partidos. Porque cuando el criterio de selección es la fama y no la capacidad, lo que sigue es la frustración que se va acumulando proceso tras proceso y erosiona la legitimidad de todo el sistema político.

Aspirar no es un derecho automático derivado de existir, sino una posibilidad condicionada por la responsabilidad pública. No basta con querer; hay que poder, y para poder, hay que demostrar.

Eso implica algo elemental: rendir cuentas antes de pedir el voto. Explicar qué se ha hecho, qué se propone y con qué herramientas se piensa lograr. Implica que los partidos dejen de actuar como agencias de colocación de celebridades y vuelvan a formar perfiles, construir trayectorias y sostener proyectos.

En el terreno del periodismo también hay mucho que hacer, no basta con reproducir declaraciones ni amplificar aspiraciones. Toca filtrar, contrastar, incomodar. La tarea es dejar de vender como noticia lo que es propaganda disfrazada; cada vez que se publica sin contexto la ocurrencia de un aspirante, se contribuye a esa distorsión que después se critica.

Si “quien respira, aspira” se convierte en regla, entonces la política deja de ser un espacio de representación para convertirse en un escaparate de vanidades. Escenario en el que los ciudadanos dejan de ser electores para convertirse en audiencia.

La pregunta no es quién quiere ser candidato, sino quién ha hecho lo suficiente para merecer serlo. Sobre todo, quién está dispuesto a someterse al escrutinio real, no al aplauso fácil.

 

Coda. Si vamos a votar, también toca exigir: propuestas, resultados y cuentas claras.

 

@aldan

 

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