”Cartografías del malestar contemporáneo”
En los últimos años, la salud mental ha dejado de ser un tema marginal para instalarse en el centro del discurso público. Gobiernos, instituciones y redes sociales repiten su importancia. Sin embargo, entre lo que se dice y lo que realmente ocurre, hay una distancia que comienza a volverse estructural.
Mientras el lenguaje de la salud mental se populariza, los espacios reales de atención se reducen.
El cierre de instituciones, la precarización de los servicios públicos y la insuficiencia de personal especializado no son hechos aislados: configuran un escenario donde el sujeto queda, nuevamente, solo frente a su sufrimiento.
Esta paradoja no es nueva.
Ya desde Psicología de las masas y análisis del yo, Sigmund Freud advertía que los movimientos colectivos pueden generar una ilusión de cuidado y pertenencia, mientras el individuo pierde consistencia como sujeto singular. Hoy, podríamos decir que el discurso social sobre salud mental funciona, en ocasiones, como un “consuelo colectivo” que no necesariamente se traduce en dispositivos reales de atención.
Se habla, pero no se escucha.
Se visibiliza, pero no se sostiene.
Desde la clínica, esto tiene consecuencias profundas. El sufrimiento psíquico no se resuelve con campañas o eslóganes. Requiere tiempo, vínculo, presencia. Requiere un espacio donde la palabra pueda desplegarse sin prisa ni corrección.
Sin embargo, el modelo actual parece orientarse hacia intervenciones rápidas, estandarizadas, cuantificables. El sujeto se convierte en indicador, en estadística, en diagnóstico.
Y algo esencial se pierde en ese tránsito.
Jacques Lacan insistía en que el sujeto está estructurado por el lenguaje, pero también por la falta. No todo puede ser dicho, ni resuelto de inmediato. Cuando las instituciones eliminan los tiempos de elaboración subjetiva, lo que se produce no es alivio… sino retorno del síntoma en formas más intensas.
El cierre de espacios de atención no es solo una política pública: es una operación simbólica.
Es retirar los lugares donde el sufrimiento puede ser tramitado.
Y cuando no hay lugar para la palabra, el cuerpo habla.
La violencia, la adicción, la angustia desbordada… no aparecen de la nada. Son, muchas veces, el resultado de una estructura social que no logra alojar el malestar.
Aquí resulta pertinente traer a Otto Kernberg, quien ha señalado cómo las sociedades contemporáneas, al debilitar sus estructuras simbólicas y sus instituciones contenedoras, favorecen la aparición de funcionamientos límite: identidades frágiles, vínculos inestables, impulsividad y dificultad para tolerar la frustración.
Cerrar instituciones sin construir alternativas sólidas no es solo una omisión: es producir condiciones para que el sufrimiento se intensifique.
Vivimos, además, en una época que promueve la inmediatez, el rendimiento y la auto explotación. En ese contexto, el dolor psíquico se vuelve intolerable, algo que debe eliminarse rápidamente.
Pero el sufrimiento no es un error del sistema.
Es, muchas veces, su consecuencia más honesta.
Tal vez el verdadero desafío de nuestra época no sea solo ampliar los servicios de salud mental —que sin duda es urgente—, sino recuperar el sentido del cuidado.
Cuidar no es optimizar.
Cuidar es sostener.
Escuchar.
Acompañar.
Porque cuando una sociedad deja de escuchar a quienes sufren, no solo abandona a sus individuos…empieza a fracturar su propio tejido simbólico.
Dr. José Mauricio López López
Psicólogo Clínico | Psicoanalista | Doctor en Educación