Transeúnte
Hoy es segundo domingo de pascua, desde el año 2000 san Juan Pablo II, tuvo a bien nombrar este domingo como: “de la misericordia”. Si bien es cierto que este domingo era conocido hace años como “domingo in albis”, haciendo referencia directa a quienes habían recibido el bautismo durante la vigilia pascual, lo cierto es que de unos años a la fecha este domingo se le conoce como el de la “Divina Misericordia”.
La historia de las apariciones de nuestro Señor a Sor Faustina, una religiosa polaca se remonta al año de 1931. Lo que nos lleva a darnos cuenta de que esta devoción se ha propagado de manera impresionante en muy pocos años. Actualmente se han erigido muchos templos en honor a esta devoción que el Señor ha querido regalar a su Iglesia.
Pero ¿por qué vale la pena hablar de misericordia en medio del tiempo pascual? ¿Acaso no es éste un tema que se ha meditado y expuesto de manera suficiente a lo largo de la pasada cuaresma? Me parece que la respuesta la podemos encontrar en el salmo que hemos proclamado este segundo domingo de pascua, ahí hemos afirmado: “la misericordia del Señor es eterna”. Pretender afirmar que hablar de misericordia es un tema exclusivo para la cuaresma sería reducirla a un mero tiempo litúrgico. Los cristianos vemos en la misericordia del Señor no un tiempo litúrgico, sino una actitud propia del corazón de Jesús.
El papa Francisco quien convocó un jubileo extraordinario de la misericordia, afirmaba que en Jesús podemos contemplar el rostro misericordioso del Padre. Para san Pablo, Cristo es la imagen visible del Dios invisible. La misericordia es un rasgo del corazón de Dios. Por su etimología, hablar de misericordia es hablar de “la pobreza o miseria del corazón”, pero esta “pobreza”, no hace alusión a Dios, sino al ser humano.
Jesús quien es misericordioso con todos, a lo largo de las bellas páginas del evangelio no regala diversos relatos en los que podemos constatar esta realidad tan maravillosa: Dios es misericordioso. Así lo constatamos en el acto de su encarnación. Cristo se hace un ser humano movido por la misericordia y ternura hacia la humanidad. Pero también lo vemos en el pasaje del buen samaritano, en el que se nos relata que el samaritano es capaz de detenerse en el camino, es Dios mismo el que decide detenerse frente a la vida cada uno de nosotros, para así curar y sanar nuestras heridas con el bálsamo de su amor y ternura. El Señor también manifiesta su misericordia siendo paciente y mostrando la herida del costado aún abierto por la lanzada del momento de la cruz, tal y como lo relata el texto del evangelio que hoy se medita en la Eucaristía.
Estimados lectores dejémonos encontrar por la misericordia del Señor, en sus manos toda herida puede ser sanada y ante sus ojos todos tenemos futuro, pues el futuro siempre será de Él.
Feliz domingo a todos.