Desde hace tiempo quería escribir sobre el caso del joven que en el puerto de Lázaro Cárdenas asesinó a dos maestras y que, quizá por lo grave del hecho, nos obligó a voltear a ver la violencia en entornos escolares. Meses antes, en un CCH de la Ciudad de México, otro joven apuñaló a un profesor dentro del plantel.
No son hechos aislados. Son señales.
Durante años hemos pensado la escuela como una extensión del hogar, un espacio seguro donde niñas, niños y jóvenes deberían sentirse protegidos. Pero esa idea, cada vez más, se enfrenta con la realidad.
Lo que estamos viendo, estos hechos que estremecen, no son la enfermedad, sino los síntomas. La enfermedad es más profunda, una violencia social que hemos ido normalizando, que se expresa en lo cotidiano, en lo verbal, en lo digital y, cada vez con más frecuencia, en lo físico.
Los datos ayudan a dimensionar el problema. En 2024 según datos de la Secretaria de Salud, se registraron más de mil atenciones hospitalarias por violencia en escuelas, el nivel más alto en más de una década. Además, casi 3 de cada 10 adolescentes reportan (REDIM) haber sufrido acoso escolar. Es decir, millones de jóvenes conviven diariamente con distintas formas de agresión.
Lo ocurrido en Michoacán no surge de la nada. Es la punta del iceberg.
En medio de este contexto, hace algunos años emergió la llamada Nueva Escuela Mexicana. La intención, al menos en el discurso, es loable, formar ciudadanos críticos, con sentido comunitario y con una visión más humana de la educación. Sin embargo, mover al sistema educativo nacional es como mover un elefante, es lento, complejo y lleno de inercias.
Y aquí aparece una tensión que no es menor. Educar no es adoctrinar. No es imponer visiones desde el centro. Muchas veces los modelos diseñados desde oficinas o desde lo que algunos llaman los “olimpos educativos”, no logran aterrizar en la realidad concreta de las aulas, donde los maestros enfrentan contextos mucho más complejos que cualquier documento normativo.
No es un debate nuevo. Desde 1974, la UNESCO ya advertía que la educación debía ser un instrumento para promover los derechos humanos y la paz. Sin embargo, durante décadas, distintos modelos educativos, particularmente los más orientados a la lógica de eficiencia y mercado (neoliberales) fueron dejando de lado esa dimensión humana.
Hoy estamos pagando parte de ese vacío.
Hablar de educación para la paz no es caer en ingenuidades ni en discursos idealistas. No se trata de pensar que el conflicto desaparecerá. El conflicto es inherente a la convivencia humana. El punto es otro, cómo lo gestionamos.
Ahí está la clave.
Una educación orientada a la paz no evita el conflicto, lo encauza. Lo convierte en oportunidad para el diálogo, para el pensamiento crítico, para aprender a convivir con la diferencia sin recurrir a la violencia.
Pero eso no se logra solo con cambios curriculares o buenas intenciones. Requiere estructura, formación y capacidad institucional.
Hoy, por ejemplo, la mayoría de los docentes no cuenta con formación especializada en manejo de crisis, mediación o acompañamiento socioemocional. Y, sin embargo, se les pide que actúen como primera línea de contención frente a problemas cada vez más complejos de violencia familiar, salud mental, radicalización digital o consumo de contenidos extremos.
Es una carga desproporcionada.
Al mismo tiempo, el sistema enfrenta otro fenómeno, cambios demográficos, menor matrícula en algunas regiones y transformación de los modelos educativos. Esto abre una ventana que no se está aprovechando del todo.
¿Y si parte de la solución estuviera ahí?
En lugar de reducir plantillas o simplemente redistribuir recursos, podría pensarse en una reconfiguración más profunda, formar docentes en habilidades socioemocionales, reducir cargas por grupo y construir verdaderos entornos de acompañamiento dentro de las escuelas.
No se trata de abandonar las habilidades duras. Se trata de equilibrarlas.
Porque hoy queda claro que saber matemáticas o ciencias no basta si no sabemos convivir, dialogar o contener la violencia.
Lo que estamos viviendo es, sin duda, una crisis. Pero también puede ser una oportunidad.
La pregunta es si tendremos la capacidad y la voluntad, de entender que educar para la paz no es un complemento del sistema educativo, sino su condición de posibilidad.
Porque sin paz en la escuela, difícilmente habrá paz fuera de ella.