Desde el inicio del mandato de Claudia Sheinbaum la oposición ha construido un discurso en que se minimiza la autoridad de la presidenta indicando que recibe instrucciones de Andrés Manuel López Obrador.
Cada una de las acciones de este gobierno es criticada porque, supuestamente, no surgen de un trabajo en equipo sino que siguen la línea que se decide desde la propiedad del expresidente en Palenque.
A medida que avanza esta administración, cada vez son más evidentes los problemas heredados del sexenio anterior. La lealtad de la presidenta al líder moral del proyecto de transformación justifica que, antes de intentar solucionar los errores cometidos por el gobierno de López Obrador, Sheinbaum Pardo se obstine en la continuidad, tapando hoyos mientras abre otros.
A más de un año de ejercicio del poder, continuamos esperando las acciones que revelen a Claudia Sheinbaum como la estadista, la científica, la política sagaz que sus cercanos presumen con las encuestas de aprobación en mano.
Es tan grande la sombra de López Obrador que propios y extraños le imponen a la presidenta que cuando cambia una política pública y funciona, como en el caso de la seguridad, se murmura que es gracias a que el compacto grupo de claudistas consiguió imponerse a los morenitas de la línea dura.
En el imaginario colectivo se impone la idea de una presidenta cercada por interesados y oportunistas que no le permiten maniobrar del todo. Peor aún, los yerros evidentes del gobierno se justifican como errores o trampas del grupo de asesores, para así deslindar de la responsabilidad a Claudia Sheinbaum.
Es fácil aferrarse a la esperanza de que el país puede esperar a que la presidenta se libere de la herencia maldita de López Obrador, justo a tiempo para que no detonen las bombas de tiempo. Es simple mantener la idea de que, tarde o temprano se apreciará un personalísimo y eficiente estilo de gobernar.
Claudia Sheinbaum no va a cambiar, así como la estamos viendo en su forma personal de administrar el gobierno, no son errores de los asesores o el antagonismo de los grupos de poder que esperan sucederla. Así lo ha comunicado, abiertamente en los últimos días, en especial con su postura frente al informe del Comité contra la Desaparición Forzada de Naciones Unidas, así como en la sugerencia de “cargar de la verde” ante el aumento del precio de la gasolina.
Recientemente, Jesús Silva-Herzog Márquez publicó un artículo )“No es su equipo”. Reforma, 06/04/2026) con una conclusión demoledora: la responsable del caos en el país es Claudia Sheinbaum: “Ella mantiene la política de polarización y de hostigamiento a todas las voces independientes. Es ella quien gobierna. A ella le corresponde reclutar, vigilar, decidir, disciplinar. En todas estas áreas, Sheinbaum ha fallado. Su disciplina personal no se ha transferido a su gobierno. No es equipo no es su estrategia: es ella.”
Es difícil no acompañar el fallo de Jesús Silva-Herzog Márquez. La furia con que la presidenta descalifica al Comité de Naciones Unidas, la vehemencia con que exige el aplauso para su gobierno, no han sido las tácticas usuales de sus vocingleros, es la línea que dicta Sheinbaum Pardo desde la mañanera, la presidenta insiste en el tema con la misma intención con que López Obrador polarizaba, mintiendo sin rubor alguno, desviando la atención de la crisis, exagerando las buenas intenciones de su administración, convirtiendo en cifras y porcentajes el dolor de miles de víctimas. La misma ausencia de empatía que el gobierno anterior.
“Ahí están las masacres, je, je, je” esbozó López Obrador su risa macabra para ironizar y desestimar las críticas de sus adversarios inventados. Lo mismo hace Claudia Sheinbaum ante la pregunta sobre el precio de la gasolina, trivializa un tema relacionado con la inflación, competitividad y el tema energético, por qué, al igual que su antecesor, ¿para qué explicar los subsidios si se puede evadir la pregunta?, ¿para qué responsabilizarse si todo se reduce a la decisión del consumidor, tonto, que elige pagar una gasolina más cara?, mejor el chiste antes que explicar las decisiones de gobierno.
No es entonces un estilo heredado o la copia de una estrategia de comunicación. Reducirlo a eso también es una forma de absolverla. No es la inercia de un proyecto ajeno, sino la consolidación de una forma propia de ejercer el poder: centralizada, reactiva, impermeable a la crítica y sostenida en la descalificación como mecanismo de defensa.
La presidenta no está atrapada entre lealtades ni secuestrada por su equipo. Tampoco gobierna a medias ni en espera de su momento. Ese momento ya llegó y lo está ejerciendo todos los días.
Porque cuando se minimiza la tragedia de las desapariciones, cuando se evade la responsabilidad en temas económicos con una ocurrencia, cuando se responde a la crítica con burla o con sospecha, no estamos ante errores de cálculo ni fallas de terceros: estamos frente a decisiones políticas.
Claudia Sheinbaum no necesita interpretes: se explica sola. El problema no es que no la dejen gobernar. El problema es cómo está gobernando.
Coda. No hay transición pendiente ni ruptura en proceso. No es su equipo. No es la herencia. Es ella.
@aldan