La pandemia de las encuestas

Desde el Lunar Azul

Se acercan los tiempos de definición, coaliciones, candidaturas y, sobre todo, acuerdos que rara vez pasan por el escrutinio ciudadano. En ese escenario, las encuestas se han convertido en el instrumento favorito (casi único) de quienes deciden… o simulan decidir. Porque conviene decirlo sin rodeos, la encuesta hoy funciona más como coartada que como diagnóstico. Sí, existen ejercicios serios, con rigor metodológico, muestras representativas y casas encuestadoras con prestigio. Pero también proliferan las “encuestas de ocasión”, levantamientos opacos, sin ficha técnica clara, difundidos estratégicamente para legitimar decisiones ya tomadas en la mesa chica. El fenómeno no es menor. De acuerdo con el INE, en procesos recientes más del 70% de las candidaturas en partidos grandes se han definido mediante mecanismos “demoscópicos”. Traducido, la encuesta se volvió el nuevo dedazo… pero con PowerPoint. Y aquí es donde, diría el clásico, se tuerce la narrativa. Porque paralelamente, la popularidad (medida en encuestas o en redes) se ha convertido en el sustituto de la rendición de cuentas. Si el gobernante tiene aprobación arriba del 60%, entonces “todo va bien”. Poco importa si los indicadores duros cuentan otra historia. Ahí están los datos, México cerró 2025 con más de 30 mil homicidios dolosos según cifras del Secretariado Ejecutivo; el sistema de salud sigue con niveles de desabasto superiores al 20% en medicamentos clave en varias entidades; y en ciudades medias, como las de nuestro “lunar azul”, la percepción de inseguridad rebasa el 60% según la ENVIPE. Pero eso sí, el TikTok del funcionario va viento en popa.   Porque esa es otra pandemia, la del político-influencer. Hoy vemos a secretarios, alcaldes y aspirantes compitiendo por likes, asesorados por gurús egresados de realities y estrategas de humo digital. Bailes, ocurrencias y frases vacías que sustituyen lo esencial: resultados. Mientras tanto, la ciudadanía aturdida entre propaganda y entretenimiento, deja de exigir indicadores reales, calidad del pavimento, tiempos de respuesta en seguridad, cobertura efectiva en salud, eficiencia en servicios públicos. Lo tangible pierde frente a lo viral. Y en este contexto, la “gran electora” vuelve a escena. En Aguascalientes, como en buena parte del país, las decisiones no pasan necesariamente por procesos institucionales, sino por afinidades, cercanías y lealtades. Ya lo dijo el inquilino de Palenque, 90% lealtad, 10% capacidad. La frase no solo quedó para la anécdota; se convirtió en criterio operativo. Basta revisar gabinetes y resultados. Son pocos, contados, ahora sí, con los dedos de una mano, los funcionarios que pueden presentar indicadores verificables de desempeño. El resto habita en la burbuja de la autocelebración, selfies, boletines y una devoción casi religiosa al liderazgo en turno. De cara a las candidaturas, la lógica parece clara, no gana quien mejor gobierna o hace su trabajo, sino quien mejor cae. No importa tanto el resultado, sino la cercanía. No pesa la eficacia, sino la gracia. Y así, mientras algunos se disputan la firma, todos saben dónde está realmente el poder de decisión. Los aspirantes no compiten por propuestas, sino por no perder el favor. El mérito técnico cede ante la disciplina cortesana.   Del otro lado, la oposición local sigue extraviada, más reactiva que propositiva, más alineada que alternativa. Un ente etéreo que, pese a gobernar a nivel federal, no logra traducir ese poder en presencia territorial ni narrativa convincente en lo local. Así que sí, felices los cuatro… o los que alcancen candidatura. En fin, excelente fin de semana. Si se topa con una encuesta en su feed, no se emocione: revise metodología, muestra, financiamiento y, sobre todo, a quién beneficia.   Aquí dejo esta roca.   Empújela usted. Yo vuelvo. Como siempre.  
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