El país que inaugura obras… y fabrica enfermos

Desde el Lunar Azul

Buen jueves, estimados lectores. Hoy dejamos por un momento a nuestros devotos del presupuesto, siempre bien alimentados, nunca bien auditados,  para hablar de algo menos vistoso, la salud. O mejor dicho, de cómo la estamos perdiendo sin hacer demasiado ruido.

La democracia mexicana tiene un problema menos visible que sus pleitos eternos, se está enfermando. Y no es metáfora. Datos recientes de la INEGI y de la ENASEM 2024 son contundentes, más del 70% de los adultos mayores presenta al menos una enfermedad crónica; la diabetes y la hipertensión dominan el panorama, y lo más preocupante es que estos padecimientos aparecen cada vez a edades más tempranas. Traducido, estamos envejeciendo antes de tiempo… y peor.

Pero claro, eso no se inaugura.

En el plano federal, el sexenio de Andrés Manuel López Obrador optó por la épica del concreto. El Tren Maya superando los 500 mil millones de pesos estimados, Dos Bocas rebasando los 16 mil millones de dólares. Obras que, en narrativa política, son “históricas”; en términos de costo-oportunidad, son una apuesta carísima frente a un sistema de salud que sigue parchándose. Mientras tanto, México destina alrededor del 6% del PIB a salud, muy por debajo del promedio de la OCDE, que ronda el 9%. La prevención, esa que realmente reduce gasto futuro, sigue siendo el invitado incómodo.

En Aguascalientes no cantamos mal las rancheras. La Feria Nacional de San Marcos, orgullo local,también es una aspiradora presupuestal. Millones para espectáculo, luces y artistas de nómina inflada, mientras las campañas de prevención caben en trípticos y buenas intenciones. Porque enseñar a no enfermarse no genera aplausos… ni trending topic.

El problema de fondo es más incómodo, México está fabricando enfermos funcionales. Según la ENSANUT, más del 70% de los adultos tiene sobrepeso u obesidad. Uno de cada diez mexicanos vive con diabetes. Y la juventud, ese famoso bono demográfico, no viene blindada, viene cargando malos hábitos, dietas ultraprocesadas y cero cultura preventiva.

Ahí es donde la política pública se queda corta, por no decir ciega. La educación sigue obsesionada con contenidos, no con hábitos de vida. La salud sigue reaccionando, no anticipando. Es el combo perfecto, más enfermos, más gasto, menos productividad. Y luego nos preguntamos por qué no alcanza el dinero.

Porque no va a alcanzar. Nunca. Ningún sistema de salud sobrevive a una población masivamente enferma. Cada peso que no se invierte hoy en prevención se multiplica mañana en tratamientos, incapacidades y muertes prematuras. No es ideología, es matemática básica.

La ironía es casi elegante, celebramos ferias, inauguramos megaproyectos, contratamos entrevistas de lujo y aplaudimos la narrativa del progreso… mientras incubamos una crisis que no hará ruido hasta que colapse todo. Porque una sociedad enferma no solo es más cara, es menos libre, menos productiva y más dependiente.

Y entonces sí, la democracia empieza a perder músculo.

Quizá el verdadero proyecto de nación no estaba en el espectáculo ni en el concreto, sino en algo mucho más simple y mucho menos rentable electoralmente,  educar para no enfermarse.

Pero eso no da fotos, no vende boletos y, definitivamente, no llena palenques. Sigamos pagando millones por aparecer con Adela o la Chapoy, total la salud la fisica y mental puede esperar, la otra, la de la borrachera de abril, esa no.

Aquí dejo esta roca.

Empújela usted.

Yo vuelvo. Como siempre.

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