Desde el Segundo Piso
Hace unos días leía a Yuval Noah Harari, quien retomaba un concepto freudiano incómodo pero vigente, el narcisismo de las pequeñas diferencias. Sigmund Freud lo explicaba así, entre más parecidos somos, más nos esforzamos en odiarnos por lo mínimo. Es decir, no peleamos por lo esencial, sino por lo trivial… para sentirnos distintos.
Y en esta aldea digital del scroll infinito, donde el algoritmo ya no es herramienta sino amo, ese fenómeno se ha convertido en industria. Hoy, en la lógica de las redes, no basta con tener seguidores, hay que acumular haters. Entre más odio generes, más “relevante” eres. No es una exageración, estudios del MIT Media Lab han demostrado que el contenido emocionalmente negativo (indignación, enojo) tiene hasta un 70% más probabilidad de ser compartido que el contenido neutral.
El fan te regala un “like”. El odiador, en cambio, invierte tiempo, redacta, analiza… te posiciona. Así de torcida está la ecuación.
Ahí es donde Freud vuelve a cobrar sentido. Esa necesidad casi patológica de diferenciarnos del otro (aunque ese otro sea idéntico a nosotros) nos empuja a exagerar conflictos, a inventar enemigos, a sobredimensionar diferencias irrelevantes. Y eso, trasladado a la política mexa, es dinamita pura.
Porque si algo caracteriza a nuestra fauna política contemporánea es ese narcisismo de nuevo rico.La urgencia de sentirse superior, de reducir al adversario a enemigo moral. No hay matices, no hay grises, no hay diálogo. Solo bandos.
Y entonces aparecen los políticos tiktokeros, los comentócratas (CSP dix it) y toda esa generación que ha entendido que el conflicto vende más que la propuesta. De un lado y del otro. Porque aquí no hay inocentes, la polarización se ha vuelto estrategia transversal.
Los datos no mienten. Según el informe 2024 del Latinobarómetro, el 68% de los mexicanos percibe que su país está “muy dividido políticamente”, el nivel más alto en dos décadas. Y en redes sociales, análisis de Reuters Institute for the Study of Journalism muestran que México está entre los países donde el debate digital es más agresivo y menos deliberativo.
Pero lo verdaderamente preocupante no es lo que pasa en Twitter o TikTok. Es lo que ya está ocurriendo en la vida real.
Escribo esto desde Aguascalientes, el “lunar azul”, donde Claudia Sheinbaum no logró imponerse en las urnas frente a Xóchitl Gálvez. Un estado de dominio panista, sí, pero que históricamente había conservado algo muy valioso, la convivencia.
Hace un tiempo supe de una funcionaria morenista que tuvo que cambiar a sus hijos de colegio (de esos caros) porque en primaria ya eran objeto de burla y rechazo por la filiación política de su madre. Niños. Repito, niños.
Ahí es donde uno entiende que el narcisismo de las pequeñas diferencias ya dejó de ser teoría. Se volvió práctica cotidiana.
Y entonces la pregunta es inevitable ¿En qué momento dejamos de ver al vecino como vecino y empezamos a verlo como adversario? ¿Cuándo normalizamos que la política se meta hasta el recreo?
Aguascalientes presume en su escudo, “Aqua Clara, Clarum Celum. Terra Bona, Bona Gens”. Agua clara, cielo claro, tierra buena, gente buena. Pero esa “gente buena” empieza a fracturarse cuando compra discursos que la dividen.
Sigo creyendo, quizá con una dosis de ingenuidad que me niego a perder, que la educación es el verdadero antídoto. No la instrucción técnica, sino la formación cívica, la capacidad de reconocer al otro como igual, incluso cuando piensa distinto. Porque sin eso, no hay democracia que aguante.
Tal vez valga la pena bajar un poco el volumen del odio y subirle a la conversación. Volver a la cascarita del fin de semana, al café sin etiqueta ideológica, al desacuerdo sin ruptura.
Porque al final, como advertía Octavio Paz, “toda cultura nace de la mezcla, del encuentro, del diálogo”. Y cuando ese diálogo se rompe, lo que queda no es identidad, es soledad y miseria disfrazadas de superioridad.