Opinión
Contra el odio: la defensa de la duda en tiempos radicales
Hay algo que se ha vuelto cada vez más visible…
y al mismo tiempo, más normalizado:el odio.No siempre como violencia explícita,
sino como lenguaje cotidiano. En redes sociales, en conversaciones, en posturas políticas, en opiniones que ya no buscan entender…sino descalificar.
El otro ya no es alguien con quien dialogar.Es alguien a quien hay que corregir, exhibir o silenciar.Y en ese desplazamiento, algo se pierde.
No solo el respeto.También la posibilidad de pensar juntos.
Vivimos en tiempos donde las posturas se han endurecido.
Donde las diferencias ya no se habitan…
se combaten.Todo se vuelve binario:o estás conmigo…o estás en contra.
Y en medio de esa lógica, la duda se vuelve sospechosa.
Dudar parece debilidad.
Matizar parece traición.
Escuchar parece ceder.
Pero… ¿y si fuera al revés?¿Y si la duda no fuera fragilidad…sino una forma de resistencia?
Aquí es donde la voz de Amos Oz cobra una vigencia extraordinaria.Oz defendía algo que hoy resulta incómodo:la importancia de no simplificar al otro.
De no reducirlo a una etiqueta.De no convertirlo en enemigo absoluto.
Porque cuando eso ocurre, el odio encuentra terreno fértil.
Y el odio tiene una característica particular:simplifica.
Reduce la complejidad del otro a una sola dimensión.
Lo despoja de historia, de matices, de humanidad.
El otro deja de ser alguien…y se convierte en algo.
Y cuando eso pasa, todo se justifica.
El insulto.
La exclusión.
La violencia simbólica.
Porque ya no se trata de una persona.
Se trata de una idea a eliminar.
Desde una perspectiva clínica, esto no es ajeno.
El odio no surge solo de la diferencia.
Surge, muchas veces, de la incapacidad de tolerarla.
De la dificultad para sostener que el otro piense distinto…
sin que eso amenace la propia identidad.
Por eso, en contextos de alta incertidumbre,
el odio tiende a crecer.
Porque ofrece algo que tranquiliza:certeza.
Define quién es el enemigo.
Marca quién tiene la razón.
Organiza el caos.
Pero lo hace a un costo muy alto:elimina la posibilidad de encuentro.Y sin encuentro…no hay transformación posible.
Aquí es donde la duda aparece como un acto profundamente subversivo.
No la duda paralizante,
sino la duda que abre.
La duda que permite decir:“puedo no estar de acuerdo…
pero eso no te convierte en mi enemigo.”
La duda que introduce un espacio entre el impulso y la reacción.
La duda que frena la necesidad de responder de inmediato,
de atacar, de defenderse.
En una época donde todo exige posicionarse rápido,
dudar es desacelerar.Y desacelerar…permite pensar.
Pero esto no es fácil.Porque implica renunciar a algo que el odio ofrece con facilidad:
la sensación de superioridad.
El fanático no solo cree tener razón.También cree estar moralmente por encima del otro.
Y eso refuerza su posición.La duda, en cambio, no ofrece esa comodidad.
Exige humildad.
Exige reconocer que uno no lo ve todo.
Que puede estar equivocado.
Que el otro, incluso desde su diferencia, puede tener algo que decir.
Tal vez por eso resulta tan incómoda.Pero también por eso… es tan necesaria.
No para relativizar todo.
No para evitar el conflicto.
Sino para evitar que el conflicto se convierta en destrucción.
Porque una sociedad sin diferencias no es posible.
Pero una sociedad que convierte toda diferencia en odio…
sí es peligrosa.
Tal vez no necesitamos más discursos que nos digan quién tiene la razón.
Tal vez necesitamos más espacios donde sea posible pensar sin anular al otro.
Y eso empieza por algo sencillo…y profundamente difícil:escuchar.
No para responder de inmediato.
No para ganar.
Sino para comprender.
Porque en tiempos radicales, donde todo empuja al extremo,
la duda no es una debilidad.
Es una forma de cuidado.
Cuidado del pensamiento.
Cuidado del vínculo.
Cuidado de lo humano
Dr. José Mauricio López López
Psicoterapeuta | Doctor en Educación | Psicoanalista.
Autor de: Cuando la atención busca sentido y El tejido invisible; creador del sistema terapéutico UkiyoRy?h?