Hacer el bien… ¿es tan difícil?

Columna semanal

Sí, lo es. ¿Le ha causado un mal alguien que parecía ser bueno? ¿Le ha decepcionado su actuar al poner a prueba su propio discurso en la organización? Es fácil encontrar un “líder” con recto en lo simple y fácil, pero que se “esfuma” cuando debe sumar coraje.   Hace el bien, la persona noble, congruente con su propósito de vida, consciente del impacto de sus decisiones en otros, valiente para rectificar sus errores o los de sus reportes directos, si es jefe. Decide basado en hechos comprobados, no en presunciones.   Hace el bien, quien nutre su discernimiento, mira la realidad sin juicios ni sesgos. Procura apartar lo que le reste claridad y objetividad. Se informa, escucha con equidad, no se precipita ni contamina con la voz de quienes actúan desde la oscuridad de su conciencia.   Al actuar así, desde sus principios y conceptos esenciales, crece en serenidad, inspira ecuanimidad y gestiona sus emociones. Pese a ser parte de un ambiente vertiginoso y tenso, no claudica en focalizarse en lo justo, relevante y controlable, sin precipitaciones.   Hace el bien el miembro de un equipo con hambre de aprender, de profundizar más allá de lo aparente. Solidario y justo para cooperar por encima de su deber. Sin miedo para hacer y expresar lo correcto, de frente y con respeto; su disciplina de cuestionar sus propias interpretaciones le induce a responder con sabiduría, no a reaccionar con sensiblería.   Esa disciplina se extiende al autogobierno, a asumir lo que se puede controlar, sin la fantasía del poder sin límites. En la empresa, quien se esmera en hacer el bien gestiona con excelencia (aprendizaje) los procesos que le corresponden y están bajo su influencia.   Hacer lo correcto, correctamente, permite disfrutar el camino. La ruta hacia los resultados puede ser grata o tormentosa, se puede transitar como protagonistas o ser arrastrados entre piedras por quien solo mira el destino como medición de su “éxito” egocéntrico.   La empresa moderna compite con su cultura, prioriza que cada miembro sea “embajador” de su propósito y valores. Hacen el bien quienes sean y se sientan libres en ella, sin la sensación de esclavitud denigrante de sus propios miedos, como Séneca afirmaba. Sentirse cocreador de la empresa da un aire de libertad, de protagonismo edificante.   El líder moderno también prioriza lo que en verdad puede “gestionar”. Por eso, distribuye responsabilidades empoderando al equipo para asumirlas, se enfoca en lo absolutamente importante. Sabe que entre menos poder acumule puede mirar más lejos, el futuro.   En resumen, no es mirando hacia afuera sino hacia adentro donde se concreta la conocida secuencia: bien ser, bien hacer, bien tener, bien estar.  Todos tenemos esa intención, obvio. Entonces, por qué es tan difícil. Quizás por la indisciplina de desenfocarnos de lo esencial.
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