El silencio en tiempos de estridencia

Razones

La sociedad del espectáculo se convirtió en una insaciable consumidora de declaraciones. Todo parece girar alrededor de la palabra inmediata, del pronunciamiento obligatorio, de la frase no solo ruidosa lanzada al espacio público como munición simbólica. Hoy resulta impresionante observar cómo el silencio dejó de ser un arma de comunicación,la estridencia la extinguio.

Vivimos bajo la lógica de no importa lo que digas, lo relevante es decir algo, aparecer, estar presente en la conversación, aunque sea con frases improvisadas o huecas. El vacío no se tolera: se interpreta, se sospecha, se especula, se llena de significados posiblemente ajenos a quien no opina.

No obstante, hay silencios que pesan más que un discurso completo. Son silencios significativos, densos, deliberados, más expresivos que los insultos o las explicaciones tardías.

En esa dinamica de ocupar espacios mediáticos, se ha olvidado una premisa elemental del comportamiento humano y político el que mucho habla puede cometer imprudencias. Y cuando se comete la imprudencia o desliz , entra en funcionamiento la maquinaria conocida de aclaraciones urgentes, “yo no dije lo que dije”, “se manipuló mi declaración”, “se sacó de contexto”.

Son las correcciones que buscan, paradójicamente, lograr la corrección de lo que nunca debió haberse dicho o que, al menos, requería reflexión antes de ser pronunciado.

En este ecosistema de las redes sociales y de la comunicación actual saturados por la tecnología se añade una capa adicional de exposición, y es la memoria de los dispositivos y de las aplicaciones que resguardan las grabaciones de audio, los videos y pueden usarse los fragmentos para viralizar situaciones las cuales se  exhiben sin piedad. Son evidencia cruda, inmediata, difícil de desmentir.

La IAha salido en auxilio de los imprudentes. La frase “eso lo creó un enemigo para perjudicarme” comienza a circular cada vez con mayor frecuencia. Todo puede ser deepfake, todo puede ser manipulado, todo puede ser atribuible a la tecnología. El argumento perfecto para quienes buscan eludir responsabilidad de sus imprudencias.

La espontaneidad tiene su riesgo de impertinencia y en las redes sociales quedan registradas con precisión astronomica, y como respuesta a esa evidencia nace una nueva narrativa defensiva y esta se convierte en un ataque y se termina en una espiral declarativa que en ultima instancia posisiona a una persona.

Es así que de esas espirales se construyen imágenes públicas.Se busca la presencia continua. En ese proceso, el posicionamiento personal o institucional se reduce a una máxima deformada: no importa que hablen mal, pero que hablen.

La visibilidad se ha confundido con reconocimiento y la notoriedad con prestigio. En consecuencia, surge un torrente incesante de frases sin sentido, declaraciones insulsas, improvisaciones que aspiran a convertirse en noticia aun careciendo de sustancia. La lógica es simple: causar revuelo, generar reacción, imponer al menos un instante de atención sobre otros competidores discursivos.

Es en ese ruido donde se desdibuja el valor intrínseco de la palabra. Se la inviste de una supuesta connotación decisiva, aunque en realidad opere como un cascarón vacío. Y así se alimenta una espiral en la que se trata de sobresalir a toda costa, incluso a pesar del ridículo. Las declaraciones precipitadas reemplazan a la reflexión; la inmediatez sustituye a la ponderación; el comentario veloz se impone sobre el análisis.

Frente a este panorama, resulta pertinente reevaluar el papel del silencio. Aunque desprestigiado en la era de la hipercomunicación, el silencio no es ausencia: es decisión. Un acto de soberanía personal y política que, paradójicamente, hoy se vuelve subversivo. Callar puede significar respeto, prudencia, estrategia, escucha o introspección. Puede ser una manifestación de fortaleza más poderosa que cualquier frase pronunciada para llenar el vacío. La palabra se sostieney se dignifica  no solo cuando se dice, sino cuando se decide no decirla.

Volver a mirar el silencio como herramienta comunicativa implica también reconocer que la reflexión es incompatible con la prisa mediática. Pensar lleva tiempo. Filtrar ideas exige madurez. Considerar las consecuencias de un enunciado presupone responsabilidad. Y estos valores —madurez, responsabilidad, mesura— se encuentran en desventaja en un entorno que premia la velocidad, la reacción inmediata y el espectáculo constante.

Quizá por ello el silencio incomoda tanto al ser un recordatorio de que aún existe un espacio para la pausa en un mundo que teme detenerse. El silencio devuelve profundidad a la palabra, la rescata de su uso banalizado y la recoloca en su dimensión original de construir sentido.

En una época en la que cualquiera puede hablar y casi todos sienten que deben hacerlo, el acto más radical, el más lúcido y el más valiente puede ser exactamente el contrario y ponderar guardar silencio hasta tener algo que realmente valga la pena de ser dicho.

 

 

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