Desde el Segundo Piso

Desde el segundo piso

La ventana de la infodemia… ¿Quién se asoleó en Palacio Nacional?

La imagen auténtica o no, terminó siendo lo de menos. Lo verdaderamente revelador fue la reacción, inmediata, emocional y, en demasiados casos, huérfana de verificación. Ese reflejo automático no sólo exhibe la fragilidad del ecosistema informativo; confirma algo más incómodo, la infodemia ya no sólo se padece, también se produce desde dentro.

Lo que observamos es una degradación activa y en ocasiones conveniente, de los estándares informativos por parte de quienes, en teoría, tendrían que sostenerlos. Cuando periodistas, comunicadores y opinadores operan como militantes con micrófono, el problema deja de ser externo y se vuelve estructural.

El episodio es ilustrativo. Ante una imagen incómoda, no hubo verificación, hubo negación. No hubo contraste, hubo descalificación. Y lo más revelador, sin evidencia técnica, sin peritaje digital, sin rigor mínimo. Sólo intuición, sesgo o alineamiento político. Es decir, no fue un error, fue un comportamiento predecible.

Aquí se perdió una distinción básica. El periodista no es neutral (nunca lo ha sido), pero sí está obligado a un método. Sin método, no hay periodismo, hay narrativa. Y cuando la narrativa sustituye a la verificación, el periodista deja de ser intermediario y se convierte en actor. Uno más en la disputa, no un filtro confiable.

El fenómeno no es menor. De acuerdo con el Digital News Report 2024 del Reuters Institute for the Study of Journalism, sólo 36% de las personas en el mundo confían en las noticias, y en México la cifra es incluso más volátil. No es un dato abstracto, es el síntoma de un sistema que ha normalizado la opinión sin sustento como si fuera información.

La figura del “periodista militante” siempre ha existido en México. La diferencia ahora es la velocidad. Las plataformas digitales premian la reacción, no la precisión. La inmediatez desplazó al contraste; la viralidad sustituyó al criterio. Y bajo esa lógica, verificar es perder tiempo… o perder narrativa.

El resultado es una paradoja inquietante, la infodemia ya no viene sólo de bots, gobiernos o granjas de desinformación. También se fabrica en redacciones, columnas y espacios de análisis. Es autoinfligida porque quienes deberían depurar el ruido terminan amplificándolo, ya sea difundiendo información sin sustento o descartando aquello que incomoda su marco ideológico.

Las consecuencias son evidentes. Primero, la erosión de la credibilidad. No porque la audiencia sea más exigente, sino porque detecta inconsistencias elementales. Segundo, la polarización informativa, cada quien consume lo que confirma lo que ya cree. Tercero y más grave, la pérdida de referentes confiables en un entorno donde la claridad debería ser prioridad, no accesorio.

Los medios enfrentan una disyuntiva que ya no admite simulación, competir en la lógica del algoritmo o recuperar su función como mecanismos de verificación. Lo primero da clics. Lo segundo construye confianza. Y hoy, claramente, se está optando por lo primero.

El caso deja una lección incómoda, negar sin pruebas es tan irresponsable como afirmar sin evidencia. Ambas conductas forman parte del mismo ecosistema degradado. Y quizá la más dura de todas, el periodismo no está siendo víctima de la infodemia; en demasiados casos, está siendo cómplice.

Recuperar el método no es un asunto técnico, es ético. Implica aceptar que el trabajo no es proteger narrativas ni defender posiciones, sino someter los hechos a escrutinio, incluso y sobre todo, cuando contradicen las propias convicciones.

Porque el problema no es que existan imágenes polémicas o versiones encontradas. El problema es que cada vez hay menos disposición y menos capacidad, para resolver esas tensiones con evidencia.

Y cuando el ruido sustituye al análisis, y el sesgo al método, ya no estamos frente a una crisis informativa. Estamos frente a un sistema que decidió renunciar a la verdad… porque le resulta más rentable la versión.

 

“El periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques; todo lo demás son relaciones públicas.” 

George Orwell

 

Autor: Ricardo Heredia Duarte

 

 

 

 

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