Menos hate, más amor por México… y por el balón.
Estamos a semanas de que arranque otro Mundial de la FIFA, ese espectáculo global que cada cuatro años se vende como fiesta del pueblo, pero que en los hechos se ha vuelto un producto cada vez más exclusivo. Bajo la gestión de Gianni Infantino, asistir a un partido ya no es sólo cuestión de pasión, sino de presupuesto; boletos, paquetes y logística convierten la experiencia en una verdadera odisea, particularmente para el aficionado mexicano promedio.
México, históricamente, ha sido protagonista en tribunas más que en canchas. De acuerdo con datos de la propia FIFA, la afición mexicana ha figurado consistentemente entre las más numerosas en mundiales recientes, incluso en sedes tan lejanas como Rusia 2018 o Catar 2022. Sin embargo, ese fervor contrasta con una realidad incómoda, en ningun Mundial, la selección nacional, no ha podido llegar al famoso “quinto partido”. Han pasado casi 40 años de ilusión reciclada, desde “Pique” 86.
Y, aun así, el jueves pasado en Monterrey y Guadalajara, los estadios se llenaron. No importó que los rivales fueran de un nivel cuestionable ni que el espectáculo fuera irregular. La gente fue. Porque el futbol en México no es sólo competencia, es ritual, identidad, catarsis colectiva.
En ese contexto vuelve a ser pertinente releer a Juan Villoro y su lúcido ensayo Balón dividido. Ahí plantea algo incómodo pero profundamente cierto, el aficionado mexicano ha desarrollado una relación íntima con la derrota. No desde el conformismo, sino desde la costumbre. Perder no es deseable, pero tampoco es excepcional. Se ha vuelto parte del guion cultural.
Esa normalización explica por qué el resultado pasa a segundo plano. Lo importante es la experiencia, el estadio lleno, la cerveza compartida, el grito colectivo. Es, en términos sociológicos, una práctica de cohesión. Como diría Émile Durkheim, un momento de “efervescencia colectiva” donde el individuo se diluye en la masa.
Por eso también persiste la resistencia a modificar códigos culturales como el famoso grito “ehhhh”, en los estadios. Más allá del debate legítimo sobre discriminación, lo que está en juego es una disputa por el significado del espacio público, entre la corrección normativa y la espontaneidad popular.
Villoro también apunta otro elemento clave, el futbol como tejido familiar. Pocos rituales son tan transversales en México como ver un partido juntos. En un país marcado por desigualdades, violencia y polarización política, el gol sigue siendo uno de los pocos lenguajes comunes. Un instante breve, sí, pero profundamente significativo.
Y quien haya jugado alguna vez ya fuera en la calle, en la escuela o en una liga amateur, lo entiende perfectamente. Hay algo casi místico en ese momento en que el balón entra y el tiempo se detiene. Una victoria mínima que, aunque efímera, se siente absoluta.
Quizá por eso, en medio de la saturación política y la confrontación constante, el futbol sigue funcionando como válvula de escape. Mientras el debate público se crispa, el balón ofrece una narrativa distinta, más simple, más emocional, menos ideológica.
De cara al Mundial, ojalá las autoridades (en sus tres niveles) entendieran algo que va más allá del espectáculo, el deporte como política pública formativa. Según datos de la UNESCO, la práctica deportiva está vinculada con mejoras en cohesión social, reducción de conductas de riesgo y fortalecimiento del capital social. No es menor.
Estas líneas las escribo sin saber si el Estadio Azteca, hoy en proceso de transformación comercial, estará listo para volver a ser ese templo de identidad nacional. Lo que sí sé es que, pese a todo, el futbol seguirá convocando.
Porque, al final, en un país que a veces parece dividido en todo, el balón sigue siendo uno de los pocos puntos de encuentro.
Como dijo Jorge Valdano “El fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes.”