Desde el Lunar Azul
El costo de vaciar a los partidos
Darle continuidad a esta reflexión obliga a incomodar: ¿en qué momento los partidos dejaron de formar cuadros para convertirse en vitrinas de likes?
Las recientes declaraciones de Jorge Romero Herrera, insinuando que perfiles mediáticos, de esos que llenan timelines más que plazas, podrían ser considerados para cargos de elección popular, no son anecdóticas. Son síntoma. Y el diagnóstico es claro, la popularidad está desplazando a la trayectoria.
No es un fenómeno aislado ni nuevo. Según el Latinobarómetro 2023, apenas el 13 % de los ciudadanos en América Latina confía en los partidos políticos. En México, la desconfianza es estructural, el INEGI (ENCIG 2023) reporta niveles consistentemente bajos de credibilidad en estas instituciones. ¿La respuesta de los partidos? En lugar de reconstruir legitimidad desde adentro, parecen optar por importar reflectores desde afuera.
El problema no es abrir la puerta a nuevas voces. Eso, en principio, es saludable. El problema es cuando el criterio de selección se invierte, cuando el reconocimiento público pesa más que la capacidad de gobernar. Si la fórmula se vuelve (como ironía y advertencia) 90 % popularidad y 10 % capacidad, el mensaje para la militancia es brutal.
Entonces la pregunta cae por su propio peso ¿para qué chiflaos sirve la militancia?
¿Para qué recorrer colonias bajo el sol electoral, construir estructura, formarse en doctrina, aguantar derrotas, defender siglas en la tormenta… si al final basta con millones de seguidores y un algoritmo favorable?
El precedente ya lo conocemos. Cuauhtémoc Blanco ganó con una popularidad incuestionable. Sin embargo, su gestión en Morelos dejó indicadores preocupantes, el estado se mantuvo entre los primeros lugares en percepción de inseguridad (INEGI, ENSU), con episodios recurrentes de conflicto institucional y cuestionamientos sobre capacidad administrativa. La lección es incómoda, la fama gana elecciones, pero no necesariamente gobierna bien.
Cuando desde la dirigencia se legitima, aunque sea en modo “globo sonda” esta lógica, el efecto no es retórico, es estructural. Se erosiona la meritocracia interna. Se envía una señal inequívoca, el capital político ya no se construye, se compra en el mercado de la atención.
Y eso, para quienes han hecho carrera partidista, no es solo frustrante. Es desmovilizador.
Porque entonces el partido deja de ser escuela y se convierte en casting.
Conviene decirlo sin rodeos, este no es un vicio exclusivo del PAN. Morena ha operado bajo lógicas similares, privilegiando arrastre electoral, posicionamiento mediático o cercanía con el poder por encima de trayectorias técnicas. La diferencia y aquí está la ironía, es que quienes antes criticaban esa práctica hoy parecen ensayarla.
Cuando todos hacen lo mismo, el problema deja de ser partidista y se vuelve sistémico.
Los partidos, en teoría, existen para articular intereses, formar liderazgos y construir proyectos de país. Pero cuando renuncian a esa función y se limitan a administrar candidaturas competitivas, se transforman en plataformas electorales vacías. En franquicias de popularidad.
Y ahí la política deja de ser representación para convertirse en espectáculo.
La pregunta final no es retórica, es estructural.
¿Están los partidos dispuestos a aceptar que la popularidad vale más que la capacidad?
Porque si la respuesta es sí, entonces no solo se precariza la calidad del gobierno. Se rompe el incentivo básico de la vida partidista. Se desactiva la formación. Se cancela la carrera política.
Y cuando eso ocurre, lo que queda no es un partido. Es un escenario, listo para los engaños de los likes y las encuestas a modo. A lo mejor en el Foro Nissan podría el PAN definir a sus candidatos con aplausómetro o tómbola. Es sugerencia.
Aquí dejo esta roca.
Empújela usted.
Yo vuelvo. Como siempre.