Bajo presión
¿En qué se parecen la alcaldía Cuauhtémoc y Aguascalientes?
En la impunidad. Y en la simulación.
También, si se quiere suavizar el término, en la “magia”: esa capacidad tan conveniente de que aparezcan bardas pintadas de la noche a la mañana, con propaganda política de la que nadie sabe nada. Nadie la ordenó, nadie la pagó, nadie la pidió. Pero ahí está, multiplicándose.
En Aguascalientes el mensaje es burdo en su simpleza: “Arturo es el futuro” y “Arturo es el cambio seguro” ¿Cuál Arturo? Arturo Ávila, por supuesto, el diputado federal que ha conseguido notoriedad como vocero de los legisladores morenitas. El mismo que ha hecho de las bardas su forma más eficaz y más cínica de posicionamiento.
No es propaganda clandestina: es propaganda cobarde. Porque se coloca donde todos la ven, pero se niega cuando alguien pregunta.
El libreto ya está probado. En la Cuauhtémoc, de pronto, aparecieron más de 500 bardas intervenidas. La alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega lo señaló tras un enfrentamiento con el legislador. Arturo Ávila respondió con ese tono entre indignado y evasivo que tan bien dominan quienes saben exactamente lo que están negando:“No la ordené, no la financié, no la solicité”.
Señaló que estaba siendo objeto de una trampa, que algún adversario intentaba manchar su impoluto comportamiento, incluso fue al Instituto Electoral de la Ciudad de México a pedir que investigaran la “travesura”. Travesura. Así le llamó a una operación de propaganda masiva. Con la solemnidad que ameritaba el caso, aseguró que “México merece un debate serio. No vamos a permitir que la guerra sucia sustituya a la verdad”.
Al parecer le funcionó, las bardas siguen ahí pero ya nadie lo acusa de violar los tiempos electorales, mucho menos de obedecer los lineamientos impuestos por su propio partido.
Hay que recordar que en un congreso reciente, el Movimiento de Regeneración Nacional lanzó un catálogo de prohibiciones para los aspirantes a algún cargo de elección y en el primero de esos puntos se dictaba que no podían posicionar su imagen a través de anuncios espectaculares y bardas. Letra muerta, porque la ambición de quienes quieren ocupar un cargo se pasan por el arco del triunfo las instrucciones.
Eso hizo Arturo Ávila allá en la Ciudad de México, se deslindó enérgico. Aquí en Aguascalientes no, en una de las opciones donde quiere ser candidato, el vocero de Morena se hace el sordo.
En Aguascalientes no hay denuncias, no hay solicitudes de investigación, no hay incomodidad. Las bardas con su nombre pueden aparecer sin consecuencias porque, en el fondo, le funcionan mejor así: sin preguntas, sin responsables, sin costo.
En Aguascalientes, las bardas de Arturo aparecieron mágicamente en los espacios que suelen estar reservados para difundir la propaganda de la Cuarta Transformación. Se montan sobre estructuras ya aceitadísimas de promoción territorial. No son anomalías: son parte del paisaje.
Por eso nadie investiga. Por eso nadie sanciona. Por eso nadie se sorprende. O quizá, sólo quizá, porque las encuestas establecen que la aspiración de Arturo Ávila de ser candidato a la gubernatura de Aguascalientes se ubica en segundo lugar e invariablemente se recuerdan las campañas anteriores que ha perdido, aunque el otrora Iron Man región 4 y el hoy llamado Cero Votos, quiera establecer que ganó, que subió los números de su partido, negando lo evidente y modificando los resultados electorales.
Lo verdaderamente revelador no es que aparezcan bardas ilegales. Eso ya es rutina. Lo revelador es la facilidad con la que se instala la mentira: la de que no hay autor, la de que no hay intención, la de que todo es casualidad.
No lo es. Es campaña adelantada. Es posicionamiento con trampa. Es una forma de hacer política que apuesta a dos cosas: a la falta de memoria y a la falta de consecuencias.
Y también, hay que decirlo, a la inteligencia del electorado… pero en sentido inverso: a suponer que somos lo suficientemente ingenuos como para creer que una pinta con nombre y consigna política surge por generación espontánea.
Las bardas no se pintan solas.
Se pintan con dinero, con estrategia y con la certeza de que no habrá consecuencias. Se pintan porque alguien decide adelantarse a la ley y porque alguien más decide no aplicarla. Se pintan porque, en esta lógica torcida, violar las reglas no descalifica: posiciona. Mientras eso siga funcionando, la “magia” va a seguir apareciendo cada mañana, sobre el concreto, recordándonos que aquí la política no compite: se impone.
Lo preocupante no es la barda, es la normalización. Cuando la propaganda ilegal deja de escandalizar, cuando el deslinde automático sustituye a la rendición de cuentas y cuando el silencio institucional se vuelve paisaje, el problema ya no es un aspirante en campaña adelantada. Es un sistema que aprendió a tolerarlo… y una conversación pública que decidió mirar a otro lado.
Coda. No es magia. Es complicidad. En política, lo ilegal no se oculta: se administra.
@aldan