La crispación y el Teorema de Thomas en México

Desde el Segundo Piso

Hace unos días, el obispo de Aguascalientes pidió algo que, en otro momento, habría parecido obvio, elegir bien. Formar conciencia, rechazar la corrupción, evitar la manipulación, apostar por el bien común. Incluso fue más allá, pidió orar para que lleguen gobernantes con rectitud, no por apariencia, sino por integridad.

Uno escucha eso y no puede evitar preguntarse¿en qué momento dejamos de dar por sentado lo básico?

Ahí es donde entra (aunque suene a sobremesa de politólogos) el Teorema de Thomas, que dice que “si las personas definen las situaciones como reales, estas son reales en sus consecuencias”. Lo que creemos termina afectándonos, aunque no sea cierto del todo.

Y en México estamos creyendo muchas cosas… y pagando el precio.

Vivimos en un estado de crispación permanente. No polarización, que suena más ordenada, sino una irritación difusa, emocional, que se cuela en todo, en la política, en la familia, en la conversación cotidiana. Ya no discutimos para entender; discutimos para desahogarnos.

En política, por ejemplo, la realidad dejó de ser lo que ocurre y pasó a ser lo que se narra. El país se divide entre “pueblobueno” y “élite”, “transformación” y “conservadores”, como si no hubiera matices. Y cuando millones compran esa narrativa, ocurre lo inevitable, se rompe el espacio común. Cada quien se encierra en su burbuja, en su versión de país, y desde ahí vota, opina, acusa.

No importa tanto si los datos dicen otra cosa. Lo que importa es lo que se siente cierto.

En seguridad pasa algo todavía más delicado. Aunque haya momentos con menos homicidios, la gente vive con miedo. Y ese miedo reorganiza la vida, se evita salir de noche, se deja de usar transporte público, se reducen espacios de convivencia. La economía local se enfría, el tejido social se debilita. La inseguridad, aunque sea parcialmente percepción, se vuelve real en sus efectos.

En economía, el mecanismo es igual de implacable. Basta con que se instale la idea de incertidumbre, reformas, tensiones, mensajes contradictorios, para que la inversión se detenga. No es necesario que todo esté mal; basta con que se perciba así. El capital, como el miedo, es profundamente emocional.

Pero reducir todo a percepciones sería quedarnos cortos.

Hay algo más hondo ocurriendo.

Familias fragmentadas, jóvenes con problemas de adicción, una sensación creciente de soledad. Algunos dirán que es la resaca de décadas de individualismo y globalización; otros, que es el resultado de agendas que, partiendo de causas legítimas, terminaron radicalizándose. Lo cierto es que hoy convivimos menos, desconfiamos más y nos irritamos con mayor facilidad.

Y en medio de todo eso, perdimos algo esencial, el sentido del “nosotros”.

Una sociedad no es solo un territorio; esconversación. Y esa conversación se rompió. Las redes sociales no la ampliaron, la fragmentaron. Hoy no hay plaza pública, hay miles de cuartos cerrados donde cada grupo se escucha a sí mismo. Conectar esos mundos se ha vuelto cada vez más difícil.

Cuando el futuro se percibe incierto, la gente busca asideros. O se suelta.

Y aquí entra otro elemento que hemos descuidado, el humor. Parece menor, pero no lo es. El humor es inteligencia social; es capacidad de relativizar, de no tomarnos todo como afrenta personal. Cuando se pierde, todo se vuelve más denso, más oscuro. La vida pesa más.

Incluso en política, el humor bien usado desactiva tensiones, pero todo se toma literal, todo escala.

Por eso no creo que estemos polarizados en el sentido clásico. Estamos “encabronaos”. Y eso es más peligroso, porque no tiene estructura ni límites claros.

Las élites políticas, económicas y mediáticas, sí están polarizadas, y su confrontación termina filtrándose al resto. Pero la sociedad, en el fondo, sigue siendo más compleja, más mezclada, más contradictoria.

El problema es que hemos olvidado cómo convivir en esa contradicción.

Quizá por eso hace ruido(aunque no lo digamos en voz alta) el llamado inicial de formar conciencia, elegir bien, recuperar cierta idea de integridad. Suena básico, casi ingenuo. Pero en tiempos donde la percepción define la realidad, volver a lo básico puede ser, paradójicamente, lo más subversivo.

Porque si seguimos definiendo todo desde el enojo, el miedo o el “sospechosismo”, el resultado será exactamente ese país, uno donde nadie confía, nadie cede y nadie escucha.

Y ese, nos guste o no, también sería real.

 

Autor: Ricardo Heredia Duarte

 

 

 

 

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