Desde el Lunar Azul
Buen martes, estimados lectores. En esta tierra donde cada diputado local cuesta la nada modesta cifra de 11.5 millones de pesos anuales, uno pensaría que al menos el Estado funciona como reloj suizo. Pero no. Aquí el tiempo no se mide en horas… se mide en esperas. Pregúntele a cualquier usuario de la ruta 25 del flamante sistema “Yo Voy”: una hora y media para abordar un camión no es excepción, es rutina.
Y no, no es grilla. Es experiencia empírica de quienes sí dependen del transporte público, no de las camionetas oficiales con aire acondicionado y agenda flexible.
El problema es más profundo de lo que el discurso institucional quiere admitir. “Yo Voy” no es solo un sistema fallido.Es, en términos económicos, un lastre estructural para la productividad del estado. Y eso, en un Aguascalientes que presume competitividad industrial, debería ser escándalo… pero apenas es ruido de fondo.
Porque aquí viene el dato duro, según estimaciones del INEGI, en zonas urbanas mexicanas el traslado promedio al trabajo ronda los 45 a 60 minutos diarios por trayecto. En Aguascalientes, con rutas saturadas y frecuencias irregulares, ese tiempo puede duplicarse fácilmente en corredores como el de la ruta 25. Es decir, estamos hablando de hasta 3 horas diarias perdidas.
Ahora haga la cuenta, tres horas por día, cinco días a la semana, son 15 horas laborales evaporadas. Multiplique eso por miles de usuarios y tendrá un indicador brutal de ineficiencia económica.
Pero el discurso oficial prefiere hablar de apps, WiFi en los camiones y modernización digital. Como si el internet en la unidad compensara el hecho de que el camión simplemente… no pasa.
Aquí es donde entra el concepto incómodo, el transporte público deficiente funciona como un impuesto a la pobreza.
Primero, en la salud. El estrés crónico de no saber si llegará el camión eleva el cortisol, deteriora el sistema inmunológico y convierte el traslado en una rutina de desgaste. No es exageración, estudios de salud urbana han vinculado tiempos largos de traslado con mayor incidencia de enfermedades cardiovasculares.
Segundo, en la economía. Quien no puede confiar en el transporte público termina pagando más, taxi, aplicación o incluso endeudándose para comprar un vehículo. Es decir, el sistema empuja al ciudadano a gastar más por un servicio que ya paga vía impuestos.
Tercero, en el ánimo social. El transporte es el termómetro emocional de una ciudad. Y cuando el termómetro marca irritación, hacinamiento y frustración, lo que se erosiona no es solo la paciencia… es la confianza en las instituciones.
Y aquí es donde la narrativa de competitividad se desmorona. Porque ningún estado puede aspirar a atraer inversión de alto valor si su fuerza laboral llega tarde, cansada y desgastada. La logística humana también es infraestructura, aunque no se inaugure con listón y fotografía.
Entonces surge la pregunta incómoda, la que nadie en el gabinete quiere responder en voz alta:
¿Cómo se puede hablar de desarrollo económico cuando el sistema de movilidad es, en los hechos, un cuello de botella?
Porque el problema ya no es técnico. No es de diagnósticos (que sobran) ni de pilotos, que abundan. Es un problema político.
Y aquí entra la última pieza del rompecabezas.
La gobernadora ha sido consistente en su discurso de modernización, de orden, de eficiencia. Pero la realidad cotidiana desmiente al discurso. Y frente a eso, lo verdaderamente llamativo no es el fracaso del sistema… sino la ausencia de consecuencias dentro del gabinete.
Porque en política, sostener a funcionarios que no dan resultados no es neutral. Es una decisión.
Una decisión que puede explicarse por lealtades internas, por cálculos electorales rumbo a 2027 o, en el peor de los casos, por una desconexión entre la élite gubernamental y la experiencia real del ciudadano.
Mientras tanto, la ruta 25 sigue pasando… cuando pasa.
Y el elefante sigue ahí, en medio de la sala: enorme, incómodo y perfectamente visible para todos… excepto para quienes deberían moverlo.
Aquí dejo esta roca.
Empújela usted.
Yo vuelvo. Como siempre.