Opinión
¿Estamos psiquiatrizando la vida de los niños?
Por Dr. José Mauricio López López
En los últimos años ha comenzado a surgir una pregunta incómoda en el campo de la salud mental:
¿Estamos convirtiendo experiencias normales de la infancia en enfermedades?
Cada vez con mayor frecuencia escuchamos frases como:
— “Mi hijo tiene ansiedad.”
— “Creo que tiene TDAH.”
— “La maestra dice que necesita medicación.”
Lo que antes se comprendía como parte del crecimiento —tristeza, miedo, frustración, rabietas o dificultad para concentrarse— hoy aparece rápidamente traducido al lenguaje del diagnóstico.
Este fenómeno ha sido llamado por algunos investigadores la psiquiatrización de la infancia.
El dolor de crecer
Ser niño nunca ha sido sencillo.Crecer implica enfrentarse a pérdidas, frustraciones, límites y aprendizajes constantes. Los niños experimentan emociones intensas porque están construyendo su mundo interior.
La tristeza cuando algo duele.
La rabia cuando algo se frustra.
La inquietud cuando algo despierta curiosidad.
Todas estas experiencias forman parte del proceso natural de desarrollo psicológico.
Sin embargo, en una cultura cada vez más acelerada y exigente, parece existir cada vez menos tolerancia hacia la incomodidad emocional.
La pregunta ya no es:
“¿Qué está viviendo este niño?”
La pregunta se ha transformado en:
“¿Qué trastorno tiene?”
El crecimiento de los diagnósticos
En las últimas décadas los manuales diagnósticos de psiquiatría han aumentado considerablemente el número de trastornos reconocidos.
Al mismo tiempo, el número de niños diagnosticados con condiciones como TDAH, ansiedad o depresión infantil ha crecido de manera significativa en muchos países.
Esto no significa que estos trastornos no existan.
Existen.
Y cuando están presentes pueden generar un profundo sufrimiento.
El problema aparece cuando el diagnóstico se vuelve la primera explicación y no la última.
Cuando el comportamiento del niño se analiza únicamente desde una etiqueta clínica, corremos el riesgo de perder de vista algo fundamental:
la historia del niño, su entorno familiar, la escuela, la cultura y las presiones sociales que lo rodean.
La escuela bajo presión
El sistema educativo actual también participa en esta dinámica.
Grupos numerosos, programas rígidos, evaluaciones constantes y poca flexibilidad para distintos estilos de aprendizaje generan tensiones importantes.
En este contexto, muchos niños inquietos, curiosos o emocionalmente sensibles pueden ser vistos como “problemáticos”.
A veces el diagnóstico aparece entonces como una forma de explicar aquello que el sistema no sabe contener.
Pero un niño no es un manual diagnóstico.
Es una historia en construcción.
Entre negar y sobrediagnosticar
Aquí es importante evitar dos extremos.
El primero es negar la existencia de los trastornos y abandonar a quienes realmente necesitan apoyo clínico.
El segundo es diagnosticar demasiado rápido, convirtiendo las dificultades normales del desarrollo en patologías.
Entre ambos extremos existe un camino más humano y complejo:
comprender al niño antes de etiquetarlo.
Escuchar su historia.
Observar su contexto.
Preguntarnos qué le está pasando realmente.
La pregunta que debemos hacernos
Tal vez la cuestión central no sea si existen o no los diagnósticos.
La verdadera pregunta podría ser otra:
¿Estamos confundiendo el sufrimiento de vivir con enfermedad mental?
La infancia necesita algo que hoy parece escasear:
tiempo, escucha, contención emocional y adultos capaces de acompañar sin apresarse a clasificar.
Porque antes de ser un paciente,
un niño es una vida que apenas está comenzando a comprender el mundo.
Y quizás lo que más necesita no es un diagnóstico.
Sino un adulto que lo ayude a entender lo que siente.