El antro de los ciegos

Desde el Lunar Azul

Buen viernes de puente, estimados lectores de este rincón azul.

Resulta que ayer trascendió un hecho gravísimo en nuestra muy presumida capital. Todo comenzó con lo que parecía una historia tristemente común, la denuncia de una madre por la desaparición de su hija de apenas 15 años. Pero lo que se destapó después fue cualquier cosa menos común.

La investigación derivó en un operativo en un bar, ubicado en el sitio donde antes operaba el famoso Reloj y lo que se encontró fue un escenario digno de una pesadilla, varias menores de edad presuntamente explotadas sexualmente en contra de su voluntad, en lo que ya se investiga como una red de trata.

Según las primeras informaciones, el caso se descubrió precisamente a partir del reporte de desaparición de la menor presentado ante la Fiscalía. Y de ahí se fue desenredando la madeja. Como suele ocurrir en estas historias, jalas un hilo… y aparece todo el suéter.

Ahora bien, para no caer en especulaciones (que luego se ofenden los funcionarios) habrá que esperar a que la Fiscalía informe con claridad qué ocurría exactamente en ese lugar y quiénes estaban detrás del negocio.

Pero incluso antes de conocer todos los detalles, hay una pregunta que ya es imposible esquivar.

¿Cómo demonios un lugar así operaba sin que nadie en el municipio se diera cuenta?

Aquí entra el elefante en el antro, la Dirección de Reglamentos del municipio capitalino.

Cualquier persona que haya tenido un bar, restaurante o cantina sabe que los inspectores de reglamentos tienen ojos hasta en la sopa. Si el volumen está alto, llegan. Si te pasas diez minutos del horario, llegan. Si el letrero está medio chueco, llegan.

Pero al parecer si hay menores explotadas sexualmente dentro del establecimiento… curiosamente nadie ve nada.

Más curioso aún si recordamos que desde hace tiempo esa dependencia arrastra denuncias de irregularidades y corrupción. Restauranteros y dueños de bares llegaron incluso a acusar tolerancia hacia establecimientos que operaban prácticamente las 24 horas, además de prácticas de extorsión atribuidas a inspectores de reglamentos.

Ese episodio terminó con la “renuncia” del entonces titular Roberto Amézquita Camarillo, en medio de una novela administrativa digna de telenovela de las tres de la tarde.

Pero ya sabe cómo funciona esto en la política local.Aquí nadie se va, solo se mueve de escritorio.

Y según comentan varios dentro del propio ayuntamiento, el ex titular no desapareció del mapa, simplemente cambió de oficina, desde donde sigue mandando en el area de reglamentos.

Y este caso no es un incidente aislado; es más bien otro síntoma de la enfermedad que padece el municipio capital.

El alcalde Leo Montañez, de quien nadie duda su bonhomía personal, parece haber renunciado hace rato a gobernar el municipio con firmeza. Hoy lo vemos más concentrado en otra aspiración, convertirse en el elegido del palacio de al ladopara la candidatura a la gubernatura panista rumbo a 2027.

Mientras tanto, la ciudad se administra en piloto automático.

Y en ese escenario los regidores cumplen con su función histórica,
cobrar, levantar la mano, viajar cuando se pueda y aparecer en los eventos sociales con la charola oficial para estacionarse donde sea.Porque para eso sí hay disciplina institucional.

Ahora bien, dejando de lado la ironía por un momento, el asunto es serio.

Muy serio.

Porque lo verdaderamente preocupante es que los ciudadanos comenzamos a acostumbrarnos al desorden. A la suciedad administrativa. A los escándalos que se acumulan sin consecuencias.

Y la lista crece, empleados municipales accidentados en plena pachanga en horario laboral, el fiasco de Next Energy, la tormentosa operación de MIAA, decisiones administrativas que parecen improvisadas… y ahora esto.

Un caso de presunta explotación de menores que operaba en pleno centro de la ciudad.

Algo que, hace no tanto tiempo, habría provocado un terremoto político.

Hoy apenas provoca indignación… y silencio.

Y eso es lo más peligroso.

Porque cuando la sociedad empieza a voltear hacia otro lado, ya sea por miedo, por cansancio o por simple indiferencia, el deterioro institucional deja de ser excepción y se vuelve la norma.

Hace poco ocurrió algo parecido con el tema de las extorsiones en los Ceresos, se volvió imposible de ocultar y terminó requiriendo la intervención directa de la gobernadora.

Ojalá no tengamos que llegar otra vez a ese punto para que alguien ponga orden en el ayuntamiento capital.

 

Aquí dejo esta roca.

Empújela usted.

Yo vuelvo. Como siempre.

 

 

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