Desde el Segundo Piso
A veces un gráfico explica mejor que cien discursos políticos.El más reciente informe Education at a Glance 2024 de la OCDE trae uno de esos datos que deberían provocar un debate nacional inmediato, cuánto invierten los países por estudiante en educación básica.
Luxemburgo gasta 25 mil dólares por alumno al año. Noruega más de 18 mil. El promedio de los países de la OCDE ronda los 11,900 dólares.México aparece al final de la tabla con 2,933 dólares por estudiante.
No es una diferencia pequeña. Es abismal. Significa que el país invierte casi cuatro veces menos que el promedio de las economías desarrolladas.
Pero lo verdaderamente preocupante no es la cifra,
es el silencio, el país dejó de hablar de educación.
Quienes llevamos años en el ámbito educativo recordamos que hubo un tiempo en que la educación era tema central del debate público. Había discusiones intensas sobre reforma educativa, evaluación docente, calidad de aprendizaje o autonomía escolar.
Hoy eso prácticamente desapareció.La conversación pública está capturada por la grilla política permanente, con elecciones, candidaturas, pleitos partidistas, escándalos de redes sociales. Todo gira alrededor del poder inmediato.
Mientras tanto, el tema que realmente define el futuro de un país, la educación, quedó relegado a un rincón del debate nacional.
Los datos lo reflejan, según la OCDE, el gasto público en educación en México representa aproximadamente 4.3% del PIB, ligeramente por debajo del promedio del organismo. Pero el dato más revelador es otro, la proporción del gasto público destinada a educación ha venido disminuyendo en la última década.
En términos simples, el país no solo invierte poco por estudiante, sino que cada vez le dedica menos prioridad dentro del presupuesto público.
El sistema opera con lo mínimo; quien haya pasado tiempo en escuelas públicas sabe que esto no es una estadística abstracta.
Se traduce en aulas con más alumnos de los recomendables, infraestructura deteriorada, limitaciones tecnológicas y docentes que hacen mucho con recursos muy escasos.
En primaria, por ejemplo, México tiene en promedio 23 alumnos por grupo, por encima del promedio de la OCDE. Los maestros también atienden más estudiantes que sus colegas en países con sistemas educativos más robustos.
A pesar de ello, el sistema educativo mexicano sigue funcionando gracias a algo que rara vez aparece en los informes, el compromiso cotidiano de miles de docentes,directivos y trabajadores de la educación, que sostienen las escuelas con creatividad y vocación.
Pero la vocación no sustituye a la política pública.
Aquí aparece un fenómeno político que vale la pena señalar con claridad.
En los últimos años, no solo a nivel federal, también en muchos estados, la narrativa social se ha desplazado hacia un modelo centrado en transferencias directas, a traves de becas universales, tarjetas de apoyo, subsidios monetarios, despensas.
No hay duda de que muchas de estas políticas tienen efectos redistributivos importantes. El problema es otro, han sustituido y ocultado al debate educativo.
Hoy pareciera que todos los gobiernos quieren convertirse en una especie de sucursal de la Secretaría del Bienestar.Tarjetas, apoyos, programas sociales.
Pero muy pocas veces se habla de cómo mejorar el aprendizaje, cómo fortalecer a los docentes, cómo modernizar las escuelas o cómo convertirlas en verdaderos centros de desarrollo comunitario.
En los países con sistemas educativos sólidos, como Finlandia, Corea del Sur, Estonia, las escuelas son el corazón de la comunidad, son espacios donde se articulan cultura, conocimiento, innovación y ciudadanía.
En México, muchas veces las escuelas sobreviven mientras la política ocurre en otro lado.El problema de fondo es por una razón incómoda, pero evidente.
La educación genera resultados a largo plazo.La politica electoral busca resultados electorales inmediatos.
Invertir seriamente en educación produce ciudadanos más preparados… dentro de quinceo veinte años.
Entregar apoyos sociales genera respaldo político… en la siguiente elección.
Cuando uno observa los datos de la OCDE surge una pregunta inevitable. ¿Cómo pretende México competir en una economía basada en conocimiento, innovación y tecnología si invierte en sus estudiantes una cuarta parte de lo que invierten los países con los que quiere competir?
Y no se trata solo de dinero, se trata de prioridades. Porque un país revela lo que realmente le importa en aquello donde decide invertir su futuro.
Y hoy, viendo esos números, la conclusión es incómoda pero evidente, México habla mucho de política social; pero hace tiempo dejó de hablar seriamente de educación. Como advertía José Vasconcelos, uno de los grandes arquitectos del sistema educativo mexicano, “solo por la educación puede el espíritu humano elevarse de la barbarie a la civilización”. Quizá por eso, cuando un país descuida sus escuelas, en realidad está descuidando su propio porvenir.
Autor: Ricardo Heredia Duarte