¿Quién nos está robando la fraternidad y la alegría?

Desde el Segundo Piso

El viernes pasado, viendo las notas y videos de una inauguración más de un bachillerato en el municipio de El Salto, Jalisco, observaba algo que en estos tiempos casi parece extraño, la alegría genuina de los jóvenes. Al escuchar a la presidenta Claudia Sheinbaum, los estudiantes no estaban atrapados en la lógica del pleito político ni en el discurso del agravio permanente. Querían fotos, videos, querían estar ahí. Había entusiasmo, espontaneidad, vida.   Más allá del acierto o no de las políticas del gobierno, aunque considero pertinente que se esté atacando el punto de inflexión donde históricamente se trunca nuestro sistema educativo, el nivel medio superior. Aquella escena me dejó pensando en algo más profundo.   ¿En qué momento los mexicanos comenzamos a llenarnos de quejas, frustraciones e iras? ¿Cuándo empezamos a sudar calenturas ajenas que ni entendemos ni están en nuestras manos resolver?   Desde que amanece escuchamos un rosario de tragedias. No sólo del país, sino del mundo entero. El ecosistema mediático, noticiarios, programas de opinión, redes sociales, parece dominado por una especie de ring permanente entre jilgueros del oficialismo y jilgueros de lo que queda de la oposición.   Y no digo que no haya que mirar la realidad. Ser ciudadano exige información. Pero vivir atrapados en esa comentocracia negativa, muchas veces más cercana al pasquín que al análisis, tiene efectos concretos en nuestra vida cotidiana. Salimos de casa de malas, manejamos con furia, dejamos de saludar al vecino. Llegamos tarde al trabajo, sea por el tráfico o por el nuevo vicio contemporáneo, el scroll infinito que alimenta nuestra adicción al algoritmo y a las malas noticias.   La psicología ha descrito bien este fenómeno. Se llama sesgo de negatividad, el cerebro humano tiende a recordar y amplificar más lo negativo que lo positivo, porque evolutivamente nos ayudaba a sobrevivir frente a amenazas. Pero en sociedades saturadas de información ese mecanismo se vuelve un obstáculo para el bienestar y la convivencia social. ¿Cómo recuperar la alegría elemental por la vida? No se trata de ingenuidad. Nadie festeja pagar más de mil pesos por llenar el tanque de gasolina o cubrir la factura de internet y de la luz. La vida adulta nunca ha sido una pachanga permanente. Pero una cosa es enfrentar responsabilidades y otra muy distinta vivir atrapados en una carrera interminable de crítica, ruido y antagonismo que las propias fuerzas políticas han aprendido a explotar.   Hace unos días, conversando con el secretario de Salud de Aguascalientes, el doctor Rubén Galaviz, comentaba un programa interesante que se está aplicando en el estado, intervenciones de salud mental, combinando tecnología y psicología. Los resultados preliminares, me decía, son sorprendentes en la reducción del estrés y la ansiedad en jóvenes. El problema (como casi siempre) es el presupuesto. No alcanza para masificarlo en el sistema escolar.   Y aquí se cierra el círculo con el punto inicial, la apuesta por fortalecer las preparatorias. Si algo necesita este país es una política pública que combine educación, salud mental y cultura de paz. Porque mientras discutimos ideologías en televisión, los síntomas del deterioro social aparecen en otro lado.    ¿En qué momento nos perdimos como sociedad?   Tal vez parte de la respuesta esté en el debilitamiento de los vínculos comunitarios. La filósofa española Victoria Camps ha advertido que la desconfianza generalizada es uno de los mayores problemas de las democracias contemporáneas, sin confianza social, la convivencia se fragmenta y cada individuo termina encerrado en su propio miedo.   Durante décadas se ha discutido si el problema era el neoliberalismo, la secularización o cualquier otra etiqueta ideológica. Pero el ser humano, por más teorías que lo intenten negar, sigue siendo un animal gregario. Necesita comunidad, pertenencia, sentido.   Sin eso, la sociedad se fragmenta. Y los jóvenes quedan a la deriva.   Por eso quizá la solución no sea sólo política. También es cultural. Las religiones (la que usted profese), las familias, las escuelas, las comunidades barriales tienen un papel que recuperar, ser portadores de sesgos positivos de vida. Volver a una religiosidad civil mínima hacia lo cercano, la familia, el barrio, el país.   Porque vienen tiempos complejos para México. Pero también viene una fiesta mundialista que, aunque la FIFA ya convirtió en un gran negocio, todavía nos recuerda algo simple, que jugar una “cascarita” en el barrio, cuidar a la familia o saludar al vecino siguen siendo actos profundamente humanos.   Y esos, todavía, no nos los han robado.   Quizá por eso conviene recordar una frase atribuida a Camus: “En medio del invierno descubrí que había en mí un verano invencible.”   Autor: Ricardo Heredia Duarte    
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