La Limosna: El Arte de Dar la Vida, no las Sobras

Durante estos primeros domingos de la Cuaresma, he querido dedicar este pequeño espacio para hablar de cada una de las actitudes que el evangelio del miércoles de ceniza nos daba como un auténtico itinerario cuaresmal. En esta ocasión me gustaría hablar de la limosna.

Jesús en el evangelio no sólo habla de la limosna o de la caridad, sino que Él mismo es el que nos da ejemplo de la manera en la que cada uno de nosotros estamos invitados a vivir este aspecto esencial en la vida de todo cristiano.

Los cristianos no damos caridad de lo que nos sobra, es triste observar cómo algunas personas cuando se trata de ayudar a alguien siempre lo hacen desde lo que les sobra. Esta actitud no es correcta, ni mucho menos cristiana.

Cuando leemos los evangelios nos damos cuenta de las actitudes y gestos concretos de Jesús. Él no dio lo que le sobraba, sino que fue capaz de dar su propia vida por amor a cada uno de nosotros. Toda la vida de Jesús está marcada por la generosidad hacia el ser humano. La parábola del Buen Samaritano nos relata cómo el creyente en Jesús debe tener la capacidad de detenerse frente a la realidad del otro, muchas veces esta realidad está marcada por el dolor, la soledad y la tristeza. Jesús se detiene nos enseña la importancia de detenernos para contemplar lo que sucede. En un mundo como el nuestro en el que a menudo vamos tan de prisa que complicado aprender a detenernos, sólo deteniéndonos seremos capaces de salir de nosotros mismos y descubrir así una realidad que muchas veces no hemos sido capaces de asumir.

Hablar de la caridad no es un tema exclusivo de la cuaresma, sino un aspecto que hemos de tener en cuenta toda nuestra vida. Sin embargo, la cuaresma se nos ofrece como un tiempo precioso en el que nos podemos concientizar y ejercitar en esto que es el arte de hacer el bien.

Los cristianos no ayudamos a otros por altruismo, al modo de las instituciones, nosotros más que “dar ayudas”, pretendemos ser personas caritativas, siendo sensibles a las necesidades de los demás, teniendo claro que las personas no siempre necesitamos de algo material, sino que en muchas ocasiones estamos necesitadas de escucha, credibilidad y compañía.

Vivir como personas caritativas, supone encontrarnos con Jesucristo, quien ha hecho la obra de amor mayor de todas: la salvación. Únicamente del encuentro con Jesús surge la capacidad de poder encontrarnos con las personas y así con Él y desde Él animarnos a detenernos.

La vivencia como personas caritativas nos pide a todos los cristianos ser personas auténticas contemplativos en medio del mundo, para así desde los ojos de la fe animarnos a detenernos ante los demás. 

Nunca olvidemos que también nosotros tenemos mucha necesidad de que otros se detengan frente a nosotros mismos.

 

 

 

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