Alas de cucaracha

Bajo presión

Finalmente, la propuesta de reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum llegará este miércoles a la Cámara de Diputados. Ahora sí, valdrá la pena poner atención a lo que los partidos políticos tengan que decir sobre la iniciativa. Una vez más, por la idiocia de la clase política se perdió la oportunidad de hacer pedagogía política e incentivar la participación ciudadana.

Durante semanas, mientras la presidenta dilataba el envío del proyecto, el debate se sostuvo en supuestos. Ni siquiera después de la presentación de los diez puntos en la conferencia matutina la discusión se concentró en analizar lo que realmente se proponía. Oficialismo y oposición se atrincheraron en la descalificación.

La oposición mantuvo su libreto: acusar de autoritario al gobierno, exhibir presuntos nexos con el crimen organizado y, pese a adelantar que votará en contra, condicionar su participación a modificaciones que de antemano sabe que el oficialismo no aceptará. Como siempre, creen que la inferioridad numérica se compensa con estridencia. Nada nuevo.

La diferencia vino de los aliados de Morena: el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México. A diferencia de la oposición, que juega a perder denunciando la aplanadora, y de Morena, que juega a ganar sin explicar demasiado, sus aliados optaron por deslizar matices. No porque estén en desacuerdo con la presidenta, sino porque defienden sus privilegios. Lo que menos importó fueron los temas de fondo: la representación proporcional y el financiamiento público. A los enanitos les salieron alas y comenzaron a clamar que se está matando a la democracia.

Ahí es donde la discusión pudo adquirir densidad técnica y abandonar el intercambio de consignas. Porque una reforma electoral no es un pronunciamiento moral; es ingeniería constitucional. Se trata de reglas de acceso al poder, de distribución de escaños, de incentivos para la competencia, de controles y contrapesos. No basta con repetir que se busca “abaratar la democracia” o “fortalecer la voluntad popular”. Hay que explicar cómo. Pero como quienes pierden son los partidos, resulta más sencillo refugiarse en la consigna.

Supuesto fracaso también para la presidenta Claudia Sheinbaum, quien ante el levantamiento de los más pequeños del circo se limita a decir que ella ya cumplió con presentar la iniciativa y que el asunto de las alianzas corresponde a Morena. Argumento cómodo cuando se tiene en la mano la baraja que importa: la selección de candidaturas.

Mientras el oficialismo administra disciplina interna y sus satélites negocian centímetros de supervivencia, el debate público se evapora. Nadie explica con claridad qué sistema electoral queremos. Nadie detalla qué significa modificar la representación proporcional, cómo impacta en la pluralidad del Congreso o qué implicaciones tendría reducir el financiamiento público en un país donde la alternativa suele ser el dinero privado, siempre más escurridizo frente a la fiscalización.

Perdidos en las inconformidades del Verde y el PT, y en la irrelevancia performática de la oposición, se dejó pasar la oportunidad de hacer pedagogía política. De explicar que las reglas electorales no son un fetiche ni un tabú, sino el mecanismo que define quién compite, cómo compite y bajo qué condiciones acepta perder. De tratar a la ciudadanía como adulta.

Se prefirió el tono apocalíptico. Unos anuncian el fin de la democracia; otros celebran su inminente purificación. Detrás de la retórica inflamada hay una disputa mucho más pedestre: la defensa de privilegios, la preservación del statu quo que permitió a muchos de los hoy indignados llegar al poder bajo las reglas que ahora defienden como dogma constitucional.

Es más cómodo dramatizar que transparentar intereses. Decir “nos quieren desaparecer” genera más titulares que admitir: “sin estas fórmulas mi partido no sobrevive”. Invocar la “muerte de la pluralidad” suena más noble que reconocer que lo que está en riesgo son prerrogativas, espacios de negociación y posiciones en las listas.

Sin embargo, sí hay temas de fondo. ¿Queremos un Congreso más proporcional o más mayoritario? ¿Debe el financiamiento público mantenerse como blindaje frente al dinero ilícito o reducirse en nombre de la austeridad? ¿Cómo equilibrar eficiencia institucional y representación? Son preguntas legítimas. Exigen rigor, datos, comparaciones, simulaciones. Exigen debate adulto.

Nada de eso ocurrió. La clase política volvió a hablarse a sí misma, en la clave paupérrima de coyuntura, como si el sistema electoral fuera una ficha más en el tablero de la próxima elección. Otra vez, la ciudadanía queda como espectadora de una pelea que se presenta como épica, pero que en realidad es contable.

La reforma llegará al pleno. Se votará. Se ajustará o no. No será la reforma que deseaba la presidenta ni la que quieren los partidos. En cualquier escenario, el saldo es el mismo: más ruido que argumentos, más cálculo que convicción. Otra oportunidad desperdiciada para recordar que la democracia no empieza el día de la elección; empieza en la discusión de las reglas que todos deberán aceptar.

Lo que quedará en la memoria no será la arquitectura institucional ni las fórmulas de asignación, sino el espectáculo: el amago de ruptura, el berrinche táctico, la amenaza de votar distinto para luego volver disciplinadamente al redil. Las cucarachas desplegando alas sólo para recordarnos que las tienen, no para usarlas.

El problema no es que el Partido del Trabajo y el Partido Verde discrepen. El problema es que su discrepancia no es programática ni democrática, es contable. No discuten el modelo de representación; discuten su supervivencia dentro de él. No les preocupa la calidad del sistema, sino el tamaño de la rendija por la que seguirán entrando.

En ese cálculo mínimo se perdió lo máximo: explicar por qué votamos como votamos, cómo se traduce un sufragio en poder, qué incentivos produce cada regla.

Coda. Las cucarachas tienen alas. Pueden volar. Si no lo hacen es porque han aprendido que, en la oscuridad, arrastrarse resulta más rentable. Así los partidos pequeños: no buscan altura, buscan grietas.

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