Pasillos, miradas, sonrisas y silencios: el clima laboral como espejo del aula

Realidades sin timbre ni recreo

Hay una verdad para muchos incómoda y que rara vez entre maestros externamos: antes de que un alumno aprenda de los contenidos que le transmitimos, aprende de nuestras relaciones. La escuela no solo instruye desde un pizarrón, también educa entre sus pasillos, con la forma en la que los docentes nos miramos, nos escuchamos o nos ignoramos. Existe una pedagogía tácita, silenciosa y poderosa que se fragua en el clima laboral y que, querámoslo o no, termina por modelar el espíritu de la comunidad escolar.

El auténtico trabajo colaborativo no es una consigna administrativa ni una retórica que está en boga; es una praxis que se forja en la cotidianidad y surge cuando un profesor comparte sin reservas una estrategia que le ha dado resultado, cuando otro reconoce con humildad que necesita apoyo y en el instante en que las reuniones dejan de ser un mero trámite y se convierten en deliberaciones fecundas. En esos momentos, la escuela se transforma en una comunidad de aprendizaje real, donde el conocimiento circula y se enriquece.

Creo que varios hemos sido testigos de cómo el trabajo colegiado fortalece la labor diaria: las ideas se enriquecen al compartirse, los proyectos tienen más claridad y las decisiones se toman pensando en el bien común. Esta alianza profesional no solo robustece la práctica docente, sino que transmite a los estudiantes un mensaje silencioso pero elocuente: aprender es un acto compartido. Cuando los maestros dialogan, los alumnos aprenden a dialogar;cuando los docentes cooperan, los estudiantes internalizan la cooperación como un valor.

No podemos soslayar que en toda institución educativa conviven similitudes naturales y distancias inevitables. Hay grupos que se forman por intereses comunes, por trayectorias compartidas o simplemente por afinidad humana. Esto no es, per se, negativo. El problema emerge cuando la afinidad se convierte en exclusión o cuando el trabajo entre colegas se condiciona a lealtades parciales. Entonces la escuela corre el riesgo de fragmentarse en pequeñas islas donde cada uno defiende sus intereses.

En ese sentido, la labor docente se vuelve más difícil, cuando no hay buena comunicación se repiten esfuerzos, cada uno aplica criterios distintos y, a veces, aparece una sensación de soledad profesional. En estos casos, no es extraño que un profesor termine refugiándose en un salón de clases como si fuera su único espacio seguro. Sin embargo, ese aislamiento limita el crecimiento de la institución educativa, ya que deja de verse como un proyecto compartido por todos.

Y es precisamente allí donde surge la reflexión que hoy deseo compartir con ustedes, colegas que me leen: ¿qué tipo de comunidad estamos edificando? ¿una que favorece la deliberación prudente, la crítica constructiva, y el acompañamiento mutuo, o una donde la coexistencia sustituye a la convivencia? El ambiente laboral no es un asunto periférico; es un componente sustantivo del ethos institucional y, por ende, del aprendizaje de nuestros educandos.

El impacto de todo esto en los alumnos, aunque no siempre implícito, es innegable, ellos perciben con una perspicacia que muchas veces subestimamos, las tensiones, las alianzas y las distancias entre docentes. Un cuerpo académico cohesionado transmite seguridad, coherencia y sentido de propósito. En cambio, la desarticulación puede traducirse en mensajes contradictorios, en criterios dispares que desconciertan o en una falta de seguimiento integral a sus procesos formativos.

He observado que cuando existe un genuino espíritu de apoyo entre maestros, las problemáticas estudiantiles se abordan de manera integral: no se trata de “mi grupo” o “tu grupo”, sino de nuestros alumnos. La responsabilidad se asume como una tarea compartida. En contraste, cuando prevalece la división, cada docente gestiona sus desafíos en soledad, lo que a menudo redunda en soluciones parciales y en el desgaste individual.

Y tú, estimado colega que sigues estas líneas, no vayas a creer que las escribo para señalar culpables o para inclinar la balanza hacia una postura inequívoca. Más bien, deseo abrir una interrogante que considero de cierta forma impostergable: ¿qué tipo de cultura estamos sembrando en nuestras instituciones educativas? ¿Una que fomente la deliberación franca y la ayuda mutua, o una que, sin proponérselo abiertamente, favorezca la fragmentación?

La escuela, en esencia, es un espacio de formación humana. Si aspiramos a que los alumnos aprendan el valor del diálogo, la empatía y la cooperación, quizá debamos empezar por encarnar esas virtudes en nuestros propios vínculos laborales. No se trata de una utopía ingenua, sino de un compromiso ético con la coherencia.

Tal vez la escuela que anhelamos no se construya primero en los planes ni en los discursos, sino en la calidad de nuestras relaciones cotidianas. Porque al final, lo que somos entre colegas, puede que termine siendo también lo que nuestros alumnos aprendan a ser. Y si deseas profundizar en esta dimensión ética y racional de la docencia, vale la pena que te acerques al libro Cartas a quien pretende enseñar de Paulo Freire.

 

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