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HOMILÍA: No dejemos, que la emoción nos ciegue

Hay que aprender a ver, más allá de las emociones. Porque éstas, nos ciegan, y nos impiden ver, lo que vendrá más  adelante.   La emoción, es   efervescencia  que dura poco; y, al estar embriagados de emoción, podemos tomar decisiones equivocadas.   Aunque, en estos tiempos, nos movemos más, por los sentimientos, que por la razón.   Y, una emoción exagerada, oscurece el pensamiento, y  resta inteligencia.   Hay instantes  llenos de  luz, que son un regalo Divino; para que podamos ver, más allá del momento presente.   Algo semejante, pasó con  algunos los discípulos del Señor, ellos tuvieron una experiencia de trasfiguración, que los dejo afectados por la emoción.    Y, en esas condiciones, habló Pedro, y dijo: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.(Mt.17).   Terrible tentación, es pretender gozar el cielo en esta tierra.   Pero, la oscuridad de las emociones, nos dejan paralizados, y no nos dejan caer en cuenta, que aún hay mucho camino por recorrer; y mucho, por lo que hay que luchar.   Por eso,  ya desde este mundo, el Señor nos da a probar la gloria, para encontrar razones de seguir luchando.   Pero, la gloria definitiva, está más allá de lo que podemos ver, en esta tierra.    La gloria del cielo,  es aquello por lo que hay que luchar todos los días, mientras estemos en esta vida. Pbro. Lic. Salvador Glez. Vásquez.     Evangelio del Día Lectura del santo evangelio según san Mateo (Mateo 17, 1-9)   En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.   Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.   Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.   Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.
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