En una sociedad democrática, los libros de texto son un instrumento pedagógico igualador de oportunidades no son una declaración de principios. No son simples herramientas de militancia política y menos un manual de adoctrinamiento.
El riesgo de un sesgo ideologico, cualquiera que sea, empobrece el debate educativo y limita el horizonte intelectual de las generaciones futuras.
La educación no puede reducirse a un sistema de adoctrinamiento. Cuando la escuela se convierte en un espacio de repetición ideológica, se clausura la posibilidad de disentir, de contrastar fuentes, de cuestionar supuestos.
La militancia —cualquiera que sea su signo— estrecha perspectivas y debilita la capacidad de análisis. La función esencial del sistema educativo es otra: formar criterio, ampliar horizontes, desafiar los límites del conocimiento disponible.
La escuela es el centro donde se expanden los marcos de comprensión del mundo. Es el laboratorio donde se desarrollan conexiones neuronales a partir del contraste de ideas, la experimentación y la exposición a nuevas experiencias. El aprendizaje significativo no surge de la aceptación acrítica, sino del ejercicio constante de la duda informada. La crítica —en su sentido epistemológico— implica someter lo conocido a prueba, intentar refutarlo, falsarlo, como propone la tradición científica moderna. Solo así el conocimiento se desarrolla.
La historia ofrece ejemplos contundentes de lo que ocurre cuando la ciencia se subordina a la ideología. En la China de Mao Zedong, durante episodios como el Gran Salto Adelante, la imposición de dogmas políticos sobre criterios técnicos y científicos derivó en distorsiones productivas y hambrunas devastadoras. En la Unión Soviética de Joseph Stalin, la promoción de teorías agronómicas alineadas con la ortodoxia ideológica —como el lisenkismo— marginó a la genética científica y retrasó el desarrollo biológico durante décadas. Cuando la verdad se decreta se paga un gran el costo social.
En el contexto de una transformación tecnológica acelerada que reconfigura los mercados laborales, la economía y la geopolítica.
El World Economic Forum ha estimado que para 2030 el 40 % de las habilidades consideradas importantes en la actualidad habrán cambiado, y que 63 % de los empleadores identifica la falta de competencias como un obstáculo relevante. Este dato no es menor: implica que el conocimiento técnico es dinámico y que la adaptabilidad se ha convertido en una competencia central.
En ese entorno, diseñar libros de texto con una lógica cerrada, estática o ideologizada es pedagógicamente irresponsable. La prioridad debeser desarrollar pensamiento crítico, creatividad, resolución de problemas complejos y capacidad de aprendizaje continuo. No se trata únicamente de formar especialistas en programación o inteligencia artificial, sino ciudadanos capaces de comprender fenómenos interdisciplinares y tomar decisiones informadas.
En el Foro de Davos, el exdirector ejecutivo de Google, Eric Schmidt, expresó “No hay fuerza que vaya a frenar esto”. Lainteligencia artificial y la automatización no se detendrán por un mero acto de voluntad de los actores globales. Existen incentivos económicos y geopolíticos que hacen inviable una carrera imparable a nivel mundial.
No se trata de realizar una contencion tecnologica se trata de como se gestionara el uso y desarrollo a nivel internacional de esta desbocada carrera por el predominio de la Inteligencia Artificial.
En México no podemos seguir perdiendo el tiempo en debates ideologicos y el deseo de apropiación de la verdad por un grupo de seudoiluminados se requiere una reconsideración estrategica del sistema educativo para responder a los retos de la evolución delconocimiento.
Nuestro sistema educativoreuiere agilidad, no anclarse en certezas inamovibles. Debe enseñar a aprender, a desaprender y a reaprender. Debe formar estudiantes que comprendan que toda afirmación puede —y debe— ser sometida a contraste empírico.
Los libros de texto, por tanto, no deberían ofrecer verdades concluyentes, sino marcos conceptuales abiertos. Deberían incluir pluralidad de fuentes, debates historiográficos, controversias científicas, estudios de caso. Deberían invitar a comparar datos, a evaluar evidencia, a identificar sesgos,a aprender a aprender. Esa es la diferencia entre educar y adoctrinar.
En última instancia, la pregunta no es solo pedagógica, sino ética. ¿Queremos ciudadanos capaces de deliberar en contextos complejos, o individuos formados para reproducir narrativas oficiales? En un mundo donde el 40 % de las habilidades cambiará en menos de una década, la rigidez intelectual es una desventaja competitiva. La creatividad y la crítica son activos estratégicos.
La experiencia histórica demuestra que cuando la educación se convierte en instrumento de dogma, el desarrollo de las naciones lo resiente. La evidencia contemporánea indica que el futuro demandará flexibilidad cognitiva y competencias transversales. Entre ambas lecciones se dibuja una conclusión clara: los libros de texto deben ser plataformas de expansión intelectual, no manuales de adhesión ideológica.
Si la tecnología no se detendrá —como advierte Schmidt— tampoco puede detenerse la capacidad humana de cuestionar, analizar y crear. Ese es el verdadero propósito de la educación. Y ese debería ser el estándar con el que se evalúe cualquier texto de la Secretaria de Educación Publica.