Bajo presión
Minutos después de que el Ejército Mexicano abatiera a Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, en Tapalpa, Jalisco, estalló una segunda guerra. Una en la que no intervinieron lanzacohetes ni vehículos blindados, sino con imágenes falsas generadas por inteligencia artificial, vídeos sacados de contexto y audios reenviados en cadenas de WhatsApp que viajaron más rápido que cualquier comunicado oficial.
Súbitamente, El Mencho fue tendencia en redes, se anunció su muerte, que la orden la había dado la presidenta Claudia Sheinbaum, otros que Donald Trump y se acompañó de la imagen del capo; videos que atestiguaban el terror desatado por el CJNG: un avión en llamas en el Aeropuerto Internacional de Guadalajara, Puerto Vallarta totalmente incendiado, violentos bloqueos carreteros se multiplicaron por todos los estados del país, incendios de tiendas de conveniencia, municipios tomados por miembros del cártel… La mayoría de esta información era falsa, creada por Inteligencia Artificial.
El resultado fue una contaminación informativa de proporciones históricas. Un reporte de Milenio reveló la magnitud del estallido digital: 110.5 millones de conversaciones en torno a El Mencho; 89.8 millones sobre el CJNG; 71.2 millones vinculadas a bloqueos. El miedo y el enojo dominaron el 85 por ciento de las interacciones. Un análisis de Cripeso, con base en las 10,345 noticias de la semana, destacó como nota negativa el terror que se vivió en el aeropuerto de Guadalajara tras el abatimiento del fundador de esa empresa criminal.
La desinformación no fue accidental. Según investigadores, se difundieron relatos falsos de violencia espectacular alimentados por lo que fue, en algunos casos, una campaña de propaganda coordinada por el propio cártel, en un intento de hacer que su ola de violencia en represalia pareciera mayor y más aterradora de lo que realmente era. La lógica es brutal: si no puedes ganar en el campo de batalla, gana en la percepción, ante la captura de su líder, había que demostrar que el gobierno no tenía control sobre el país, como herramienta de negociación, así como fabricar terror digital para amplificar el terror real.
El CJNG no actuó solo en este ecosistema de desinformación. Dos actores más sumaron combustible al incendio, cada uno con sus propias motivaciones: la oposición sin proyecto y los influencers ambiciosos. Los primeros encontraron en la generación del caos una oportunidad para construir un relato de ingobernabilidad, sin importar que para hacerlo tuviera que compartir o amplificar contenidos fabricados. En la economía de la atención, la indignación vende más que la precisión.
Miles de cuentas con decenas de miles de seguidores replicaron imágenes no verificadas, videos fuera de contexto y audios de origen desconocido. No los motiva lo ideológico, los mueve la avaricia, en TikTok, YouTube e Instagram, el algoritmo premia el contenido que genera reacción emocional inmediata. El miedo es el contenido más rentable. Que ese miedo fuera fabricado resultó irrelevante para quien buscaba monetizar el momento.
Sí, las manifestaciones violentas existieron, 80 bloqueos en 11 estados, más de 80 Oxxos incendiados, decenas de Bancos del Bienestar y el establecimiento de un Código Rojo en la entidad por parte del gobernador de Jalisco, eso no se puede negar, pero si los partidos recurren a imágenes falsas para golpear al gobierno, si los influencers privilegian el engagement sobre la ética y si los medios replican sin corroborar, el resultado es funcional al crimen organizado. Cada falsedad compartida consolida la narrativa de que el Estado no controla la situación. Así, incluso una captura exitosa puede convertirse en una derrota simbólica si la conversación pública queda dominada por rumores de caos y supuestas insurrecciones sociales.
La crisis del 22 de febrero dejó en evidencia que el periodismo tradicional, con su capacidad de reportear en tierra, contrastar fuentes y acudir al lugar de los hechos, tiene una responsabilidad renovada y urgente en la era de la contaminación informativa. No basta con publicar la nota correcta en el impreso o el portal web o sus redes. El periodismo debe estar donde está la desinformación: en redes sociales, en tiempo real, con la misma velocidad y mucha más rigurosidad que el rumor.
Verificar antes de publicar ya no es una virtud profesional; es el mínimo ético exigible. Reportear en terreno ya no es una ventaja competitiva; es la única manera de distinguirse en un ecosistema donde cualquiera puede fabricar una imagen del aeropuerto en llamas desde su teléfono.
La muerte de El Mencho fue una victoria del Estado mexicano. La batalla informativa que vino después fue, en el mejor de los casos, un empate. Eso debería bastar para que la prensa entienda que en la próxima crisis, que la habrá, no puede llegar tarde. Además, los dueños de los medios deberán reconocer que las reglas con que se hace periodismo no pueden ser dictadas por el algoritmo ni para complacer a las audiencias, porque el mismo domingo, el fact checking dejó de ser oficio exclusivo de redacciones y se convirtió en acto ciudadano. Periodistas independientes, activistas y ciudadanos de a pie ofrecieron un servicio social invaluable: recordaron que la verdad también puede hacerse tendencia, también miles de usuarios se responsabilizan de desmontar en tiempo real las noticias falsas con herramientas que la tecnología ya puso al alcance de todos.
Invariablemente se liga la muerte de los impresos y dónde se informan ahora los más jóvenes a la irrelevancia de los medios tradicionales, la participación de la ciudadanía desmontando los engaños da cuenta de que el traslado a las redes sociales no obliga a renunciar a la función social del periodismo y que, además, cuenta con aliados.
El periodismo no puede ser espectador de la desinformación. Debe liderar con verificación en tiempo real, reportajes de terreno y presencia agresiva en redes, donde el rumor es rey. Ciudadanos, exijan fuentes verificadas antes de compartir; periodistas, hagan de la verdad su mejor algoritmo. Porque en esta guerra híbrida, entre balas y bits, solo la rigurosidad informativa garantiza que una victoria como la de El Mencho no se diluya en caos digital.
Coda. El crimen organizado no sólo incendia camiones: quema la confianza pública. Cuando la prensa titubea, la oposición lucra y los influencers facturan el pánico, el cártel no necesita más balas. Le alcanza con nuestros clics.
@aldan