Un consorcio internacional de investigadores ha creado un stent valvular pediátrico autoexpandible que se adapta al crecimiento del corazón, un avance que podría disminuir significativamente la cantidad de cirugías en niños con cardiopatías congénitas. El dispositivo, evaluado con éxito en lechones y descrito en la revista Science Advances, funciona mediante un sistema inspirado en un resorte de nitinol superelástico. Este material libera energía de manera gradual, permitiendo que el implante aumente su diámetro con el tiempo sin recurrir a balones ni a intervenciones adicionales.
El problema que intenta resolver es estructural en la cardiología pediátrica. Las válvulas cardíacas en recién nacidos miden entre 7 y 10 milímetros y casi duplican su tamaño en los primeros años de vida. Las prótesis actuales no crecen con el paciente, lo que obliga a repetir cirugías a medida que el niño se desarrolla. En algunos casos, los conductos implantados pueden quedarse pequeños en apenas dos años. El nuevo diseño propone un cambio de enfoque: en lugar de dilatar la válvula mediante intervenciones sucesivas, el stent se implanta comprimido y, conforme el vaso crece y disminuye la presión que lo constriñe, se expande de forma espontánea hasta alcanzar su tamaño final. En los ensayos con minicerdos Yucatán, el dispositivo aumentó su diámetro hasta un 53% en un periodo de cuatro a seis semanas, sin fracturas, migraciones ni fallos mecánicos.
Desde el punto de vista estructural, la prueba de concepto es sólida. “El estudio es de buena calidad para lo que pretende demostrar”, señala Rocío García Orta, secretaria general de la Sociedad Española de Cardiología y jefa de sección en el Hospital Virgen de las Nieves de Granada, en declaraciones a la agencia SMC España. “El stent consigue lo que se propone, que es adaptarse al crecimiento en una fase preclínica”. Sin embargo, el propio seguimiento animal revela el principal obstáculo: la biología. Con el paso de las semanas apareció pannus —una proliferación de tejido fibroso— en la zona del implante y la válvula desarrolló una estenosis moderada, con aumento de gradientes de presión. Es decir, aunque la estructura metálica se expandía, el tejido reaccionaba y reducía parcialmente la luz funcional. “En este sentido, no se puede tampoco decir que elimina cirugías”, advierte García Orta. “Tenemos una hipótesis que habrá que probar”. El número de animales estudiados es reducido, el seguimiento ha sido corto y el modelo porcino no garantiza que la respuesta en humanos sea equivalente. Además, todavía no está claro qué tipo de válvula sería la más adecuada para integrarse en este sistema de expansión pasiva.
Hasta ahora, la mayoría de válvulas pediátricas expandibles requieren dilataciones con balón mediante procedimientos intervencionistas. La principal novedad de este dispositivo es que no necesita activación externa: la expansión es continua y autolimitada. Cuando alcanza el diámetro máximo previsto, el stent deja de liberar energía y se comporta como una prótesis convencional. Para que el impacto clínico sea real, los investigadores deberán demostrar que la válvula mantiene su función a medio y largo plazo, que la respuesta inflamatoria puede controlarse y que el sistema es seguro en niños pequeños. También será necesario confirmar los resultados en estudios más prolongados y, eventualmente, en humanos. “La posibilidad de un stent que crece espontáneamente es muy interesante”, resume García Orta. “Pero ahora mismo el impacto clínico real aún no existe”.