Cuando la atención no obedece

Opinión

TDAH en la escuela pública

Hay un niño que no deja de moverse.

La maestra explica una operación matemática. El grupo guarda silencio. Él balancea la pierna. Mira por la ventana. Toma el lápiz, lo deja. Interrumpe sin querer. Recibe el tercer llamado de atención en menos de diez minutos.

Algunos compañeros se ríen.
Otros lo miran con molestia.
La maestra suspira.

Ese niño no quiere portarse mal.
Su atención simplemente no obedece.

En muchas escuelas públicas del país, esta escena se repite todos los días. Y todavía, con demasiada frecuencia, se interpreta como falta de disciplina, mala crianza o desinterés. Pero en muchos casos estamos frente a algo distinto: Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), una condición del neurodesarrollo que afecta la regulación de la atención, el control de impulsos y la organización de la conducta.

El TDAH no es flojera.
No es capricho.
No es “niño problema”.

Es una manera diferente de procesar estímulos en un entorno que exige concentración sostenida, quietud prolongada y respuesta inmediata.

Y aquí aparece una realidad compleja: la escuela pública.

Los grupos suelen ser numerosos. Los docentes cargan responsabilidades académicas y administrativas. No siempre hay personal especializado en psicopedagogía o inclusión. El sistema fue diseñado para avanzar al mismo ritmo, no para adaptarse a múltiples ritmos.

En ese contexto, el niño con TDAH suele convertirse en el “visible”.
El que interrumpe.
El que no termina.
El que olvida la tarea.
El que desespera.

Pero pocas veces se mira lo que también ocurre:
Niños con gran creatividad.
Con pensamiento rápido.
Con sensibilidad intensa.
Con energía desbordante que, bien acompañada, puede convertirse en fortaleza.

El problema no es la diferencia.
El problema es la incomprensión.

Cuando un niño recibe únicamente llamados de atención, etiquetas o comparaciones, su autoestima comienza a erosionarse. Empieza a creer que “algo está mal en él”. Y esa herida puede durar años.

La pregunta entonces no es cómo hacer que el niño encaje a la fuerza en el aula.
La pregunta es cómo el aula puede aprender a comprenderlo.

No se trata de bajar estándares.
Se trata de ajustar estrategias.

Algunas acciones simples pueden marcar diferencia:

* Establecer instrucciones claras y breves.
* Dividir tareas largas en partes pequeñas.
* Ubicar al alumno en un espacio con menos distractores.
* Reforzar logros, no solo señalar errores.
* Mantener comunicación constante con la familia.

Y, sobre todo, evitar la exposición pública que humilla.

Para los padres, el camino tampoco es sencillo. Muchas familias transitan entre culpa, negación y angustia antes de buscar orientación profesional. Sin embargo, cuando escuela y hogar trabajan en conjunto, el impacto cambia radicalmente.

El TDAH no desaparece por regaños.
Pero puede regularse con acompañamiento adecuado.

Vivimos en una época donde la inclusión ya no es un discurso, es una necesidad ética. La escuela pública recibe la diversidad real del país: niños con distintos contextos, capacidades, historias y condiciones. Comprender el TDAH no es un favor; es una responsabilidad educativa.

Si eres docente, quizá tengas un alumno que lucha más de lo que parece.
Si eres padre o madre, quizá tengas un hijo que intenta más de lo que los demás alcanzan a ver.

La atención que no obedece no es rebeldía.
Es un llamado a comprender mejor.

Y comprender cambia destinos.

Si este texto te resultó útil, compártelo.
Tal vez alguien necesite leerlo hoy.

Dr. José Mauricio López López
Psicólogo Clínico | Doctor en Educación
Especialista en Psicoanálisis del Desarrollo y Neurodivergencia
https://www.facebook.com/PsicMauricioLopez/
Cuando la atención no obedece

TDAH en la escuela pública

Hay un niño que no deja de moverse.

La maestra explica una operación matemática. El grupo guarda silencio. Él balancea la pierna. Mira por la ventana. Toma el lápiz, lo deja. Interrumpe sin querer. Recibe el tercer llamado de atención en menos de diez minutos.

Algunos compañeros se ríen.
Otros lo miran con molestia.
La maestra suspira.

Ese niño no quiere portarse mal.
Su atención simplemente no obedece.

En muchas escuelas públicas del país, esta escena se repite todos los días. Y todavía, con demasiada frecuencia, se interpreta como falta de disciplina, mala crianza o desinterés. Pero en muchos casos estamos frente a algo distinto: Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), una condición del neurodesarrollo que afecta la regulación de la atención, el control de impulsos y la organización de la conducta.

El TDAH no es flojera.
No es capricho.
No es “niño problema”.

Es una manera diferente de procesar estímulos en un entorno que exige concentración sostenida, quietud prolongada y respuesta inmediata.

Y aquí aparece una realidad compleja: la escuela pública.

Los grupos suelen ser numerosos. Los docentes cargan responsabilidades académicas y administrativas. No siempre hay personal especializado en psicopedagogía o inclusión. El sistema fue diseñado para avanzar al mismo ritmo, no para adaptarse a múltiples ritmos.

En ese contexto, el niño con TDAH suele convertirse en el “visible”.
El que interrumpe.
El que no termina.
El que olvida la tarea.
El que desespera.

Pero pocas veces se mira lo que también ocurre:
Niños con gran creatividad.
Con pensamiento rápido.
Con sensibilidad intensa.
Con energía desbordante que, bien acompañada, puede convertirse en fortaleza.

El problema no es la diferencia.
El problema es la incomprensión.

Cuando un niño recibe únicamente llamados de atención, etiquetas o comparaciones, su autoestima comienza a erosionarse. Empieza a creer que “algo está mal en él”. Y esa herida puede durar años.

La pregunta entonces no es cómo hacer que el niño encaje a la fuerza en el aula.
La pregunta es cómo el aula puede aprender a comprenderlo.

No se trata de bajar estándares.
Se trata de ajustar estrategias.

Algunas acciones simples pueden marcar diferencia:

* Establecer instrucciones claras y breves.
* Dividir tareas largas en partes pequeñas.
* Ubicar al alumno en un espacio con menos distractores.
* Reforzar logros, no solo señalar errores.
* Mantener comunicación constante con la familia.

Y, sobre todo, evitar la exposición pública que humilla.

Para los padres, el camino tampoco es sencillo. Muchas familias transitan entre culpa, negación y angustia antes de buscar orientación profesional. Sin embargo, cuando escuela y hogar trabajan en conjunto, el impacto cambia radicalmente.

El TDAH no desaparece por regaños.
Pero puede regularse con acompañamiento adecuado.

Vivimos en una época donde la inclusión ya no es un discurso, es una necesidad ética. La escuela pública recibe la diversidad real del país: niños con distintos contextos, capacidades, historias y condiciones. Comprender el TDAH no es un favor; es una responsabilidad educativa.

Si eres docente, quizá tengas un alumno que lucha más de lo que parece.
Si eres padre o madre, quizá tengas un hijo que intenta más de lo que los demás alcanzan a ver.

La atención que no obedece no es rebeldía.
Es un llamado a comprender mejor.

Y comprender cambia destinos.

Si este texto te resultó útil, compártelo.
Tal vez alguien necesite leerlo hoy.

Dr. José Mauricio López López
Psicólogo Clínico | Doctor en Educación
Especialista en Psicoanálisis del Desarrollo y Neurodivergencia
https://www.facebook.com/PsicMauricioLopez/

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