Periplo canicular
Vuelvo a escribir después de meses. No están para saberlo ni yo para contarlo, pero me acomodo en la silla con la veta de la verdad a medias. La cabeza no siempre me va y rara vez tengo algo realmente relevante que decir. Hoy sí; este tema me sacó unas líneas.
Los llamados therians -personas que se reconocen, a nivel psicológico o espiritual, en un animal no humano, su “theriotipo”- han entrado en la conversación pública como la curiosidad grotesca en turno o un hasta peligro moral. Se les mira con desprecio, con horror y con una forma de economía de sanción inmediata. “Qué locura”, “qué enfermedad”, “qué falta de valores”. El obispo en turno ya se pronunció: «Es una degeneración más de la ideología de género y hay un problema de fondo, el problema antropológico, quien es el “hombre” y para qué fue creado». Más ideología, irrisoria ironía. Aunque nuestra memoria es escasa, esta escena es tan repetitiva que se vuelve aburrida. Dos o tres jóvenes distintos que nos incomodan y toda esta maquinaria moral se pone a trabajar.
Antes de cerrar filas contra nadie conviene recordar dos cosas básicas. La primera es que las identidades atípicas no son, por sí mismas, señales de enfermedad. La exploración identitaria en la adolescencia y la juventud es una etapa conocida por la psicología; es una búsqueda de pertenencia y sentido. Así lo han subrayado especialistas y organizaciones profesionales. Se explica que la exploración de la identidad forma parte del desarrollo y que no debe patologizarse salvo que aparezca daño funcional o conductas de riesgo. Si vamos a opinar, que sea con esa responsabilidad mínima. Distinguir entre diferencia y daño.
La segunda es que la historia muestra que siempre será más cómodo perseguir un símbolo que afrontar las preguntas reales. Cuando un colectivo joven se representa con collares, máscaras o comportamientos incomprendidos, la respuesta fácil es la condena pública. Mucho más difícil es preguntar por qué esos jóvenes buscan refugio en esa identidad. Por qué algunos territorios afectivos se han cerrado. Por qué la escuela, la familia y la política fallan en ofrecer espacios seguros de pertenencia. Apuntar al therian, al emo o al hippie es el gesto más cómodo de quien no quiere mirar el espejo.
Este fenómeno no es un invento local - cabe señalar que no conozco ni he visto un solo therian aquicalidense-. Se habla de él en varios países de nuestra región. En algunos lugares, la visibilidad crece y con ella la mezcla de curiosidad, estigmatización y hasta propuestas legislativas improvisadas. Así, Argentina y Uruguay registran comunidades activas y más de un debate. También aparecen jóvenes que buscan nombrarse y encontrarse, incluso en la nación tricolor y estados como Nuevo León, en donde la gente festeja porque le negaron el transporte público a un joven.
En lugar de linchar a los distintos, ¿por qué no interrogamos a quienes más vociferan? Al obispo que alerta sobre “desviaciones” habría que preguntarle por las iglesias cada vez más vacías -con sus verdaderas razones- y por las redes de apoyo que nunca se levantan cuando un joven necesita oído y amparo. Al comentarista que exhibe y pide acciones punitivas conviene exigirle propuestas concretas que no sean solo prohibición moral. Y a la prensa de escándalo habría que reprocharle su apetito por la nota fácil en vez de una historia compleja, como la desaparición de un camión en San Luis, por poner un ejemplo.
Mi defensa de los therians no es por abrazar lo absurdo. Apunto a oponernos a la lógica de la cacería, a la moral pública que resuelve por castigo y, sobretodo, espectáculo. Que afirmemos que la libertad, aún cuando nos resulte ajena o incómoda, es parte de la vida civilizada que decimos defender. Es también reconocer que la juventud experimenta, se equivoca, se inventa y, a veces, se equivoca con herramientas que a los mayores les parecen infantiles. Pero equivocarse no es delito. Criminalizar la diferencia es siempre la opción del que tiene miedo de su propia fragilidad.
No me pidan, por supuesto, ser un paladín ingenuo. Si hay riesgo, si hay violencia, si hay explotación o delitos: que actúen las leyes. Nadie aquí pretende blindar conductas dañinas. Lo que rechazo es la conversión de la rareza en blanco de odio y la construcción de un relato público que reduce personas a caricaturas. El discurso fácil busca culpables voraces; la política adulta exige matices y soluciones.
Termino con algo más íntimo. Entre sus batallas culturales y decretos de santidad, a menudo se olvida lo humano. Esos jóvenes que se llaman therians no siempre piden un manifiesto; a veces piden comprensión, un espacio donde no ser juzgados por tocar la música que su corazón reconoce. No les nieguen la palabra. No los conviertan en chivos expiatorios para el miedo de siempre.
Si vamos a ejercer la crítica -y no abandono mi condición de critico- que sea para cuestionar primero a quienes mandan discursos sin consecuencias, a quienes confunden moral con linchamiento, a quienes prefieren prohibir en lugar de acompañar. Defender a quienes viven distinto no es ponerlos por encima de la ley; es exigir que la ley y la sociedad no sean herramientas de ostracismo.
Y si a alguien le preocupa la salud mental, que empiece por exigir políticas públicas de salud, de educación afectiva, de acompañamiento y no por pedir persecuciones mediáticas. Porque en la era de las etiquetas fáciles, la mayor valentía es no sumarse al tumulto. La mayor valentía es pararte a escuchar.
En defensa de los therians, o en contra tuya
• Ikuaclanetzi Cardona González
Vuelvo a escribir después de meses. No están para saberlo ni yo para contarlo, pero me acomodo en la silla con la veta de la verdad a medias. La cabeza no siempre me va y rara vez tengo algo realmente relevante que decir. Hoy sí; este tema me sacó unas líneas.
Los llamados therians -personas que se reconocen, a nivel psicológico o espiritual, en un animal no humano, su “theriotipo”- han entrado en la conversación pública como la curiosidad grotesca en turno o un hasta peligro moral. Se les mira con desprecio, con horror y con una forma de economía de sanción inmediata. “Qué locura”, “qué enfermedad”, “qué falta de valores”. El obispo en turno ya se pronunció: «Es una degeneración más de la ideología de género y hay un problema de fondo, el problema antropológico, quien es el “hombre” y para qué fue creado». Más ideología, irrisoria ironía. Aunque nuestra memoria es escasa, esta escena es tan repetitiva que se vuelve aburrida. Dos o tres jóvenes distintos que nos incomodan y toda esta maquinaria moral se pone a trabajar.
Antes de cerrar filas contra nadie conviene recordar dos cosas básicas. La primera es que las identidades atípicas no son, por sí mismas, señales de enfermedad. La exploración identitaria en la adolescencia y la juventud es una etapa conocida por la psicología; es una búsqueda de pertenencia y sentido. Así lo han subrayado especialistas y organizaciones profesionales. Se explica que la exploración de la identidad forma parte del desarrollo y que no debe patologizarse salvo que aparezca daño funcional o conductas de riesgo. Si vamos a opinar, que sea con esa responsabilidad mínima. Distinguir entre diferencia y daño.
La segunda es que la historia muestra que siempre será más cómodo perseguir un símbolo que afrontar las preguntas reales. Cuando un colectivo joven se representa con collares, máscaras o comportamientos incomprendidos, la respuesta fácil es la condena pública. Mucho más difícil es preguntar por qué esos jóvenes buscan refugio en esa identidad. Por qué algunos territorios afectivos se han cerrado. Por qué la escuela, la familia y la política fallan en ofrecer espacios seguros de pertenencia. Apuntar al therian, al emo o al hippie es el gesto más cómodo de quien no quiere mirar el espejo.
Este fenómeno no es un invento local - cabe señalar que no conozco ni he visto un solo therian aquicalidense-. Se habla de él en varios países de nuestra región. En algunos lugares, la visibilidad crece y con ella la mezcla de curiosidad, estigmatización y hasta propuestas legislativas improvisadas. Así, Argentina y Uruguay registran comunidades activas y más de un debate. También aparecen jóvenes que buscan nombrarse y encontrarse, incluso en la nación tricolor y estados como Nuevo León, en donde la gente festeja porque le negaron el transporte público a un joven.
En lugar de linchar a los distintos, ¿por qué no interrogamos a quienes más vociferan? Al obispo que alerta sobre “desviaciones” habría que preguntarle por las iglesias cada vez más vacías -con sus verdaderas razones- y por las redes de apoyo que nunca se levantan cuando un joven necesita oído y amparo. Al comentarista que exhibe y pide acciones punitivas conviene exigirle propuestas concretas que no sean solo prohibición moral. Y a la prensa de escándalo habría que reprocharle su apetito por la nota fácil en vez de una historia compleja, como la desaparición de un camión en San Luis, por poner un ejemplo.
Mi defensa de los therians no es por abrazar lo absurdo. Apunto a oponernos a la lógica de la cacería, a la moral pública que resuelve por castigo y, sobretodo, espectáculo. Que afirmemos que la libertad, aún cuando nos resulte ajena o incómoda, es parte de la vida civilizada que decimos defender. Es también reconocer que la juventud experimenta, se equivoca, se inventa y, a veces, se equivoca con herramientas que a los mayores les parecen infantiles. Pero equivocarse no es delito. Criminalizar la diferencia es siempre la opción del que tiene miedo de su propia fragilidad.
No me pidan, por supuesto, ser un paladín ingenuo. Si hay riesgo, si hay violencia, si hay explotación o delitos: que actúen las leyes. Nadie aquí pretende blindar conductas dañinas. Lo que rechazo es la conversión de la rareza en blanco de odio y la construcción de un relato público que reduce personas a caricaturas. El discurso fácil busca culpables voraces; la política adulta exige matices y soluciones.
Termino con algo más íntimo. Entre sus batallas culturales y decretos de santidad, a menudo se olvida lo humano. Esos jóvenes que se llaman therians no siempre piden un manifiesto; a veces piden comprensión, un espacio donde no ser juzgados por tocar la música que su corazón reconoce. No les nieguen la palabra. No los conviertan en chivos expiatorios para el miedo de siempre.
Si vamos a ejercer la crítica -y no abandono mi condición de critico- que sea para cuestionar primero a quienes mandan discursos sin consecuencias, a quienes confunden moral con linchamiento, a quienes prefieren prohibir en lugar de acompañar. Defender a quienes viven distinto no es ponerlos por encima de la ley; es exigir que la ley y la sociedad no sean herramientas de ostracismo.
Y si a alguien le preocupa la salud mental, que empiece por exigir políticas públicas de salud, de educación afectiva, de acompañamiento y no por pedir persecuciones mediáticas. Porque en la era de las etiquetas fáciles, la mayor valentía es no sumarse al tumulto. La mayor valentía es pararte a escuchar.