El santanero y la jaula de las vanidades

Desde el Segundo Piso

Hace algunos meses saludé al hoy inquilino estelar de La Casa de los Famosos en un acto político-sindical en Zacatecas, esa entidad minera que pasó de producir plata a producir titulares de violencia. En medio del protocolo, discursos interminables y selfies de ocasión, el llamado “santanero” Sergio Mayer, descendió del templete con prisa discreta. Afable, sonriente, bien trajeado, hizo lo que mejor sabe hacer, posar ante las cámaras. Las “doñitas” lo interceptaron; él cumplió con profesionalismo mediático.

Arriba, mientras corrían los discursos como si Cronos fuera compadre de los oradores, se le notaba incómodo. No era su escenario natural. Lo suyo es la luz frontal, no la penumbra legislativa. Y hoy lo confirma, deja (otra vez) la función pública para regresar a la farándula, su hábitat natural y, hay que decirlo, más redituable en términos de exposición, marca personal y narrativa.

No es un caso aislado. La política mexicana ha sido generosa con celebridades. Ahí están Carmen Salinas, Silvia Pinal o Tony Melendez. Cada cual con su estilo, su folclor y su curva de aprendizaje institucional. La pregunta no es si un artista puede legislar, la Constitución no exige doctorado en teoría del Estado, sino si el Congreso se ha convertido en una estación de paso, un set alterno, un trampolín de branding.

La Cámara de Diputados tiene 500 curules. En teoría, representan a la ciudadanía; en la práctica, el peso específico se concentra en las coordinaciones parlamentarias y en la aritmética de mayorías. Desde 2018, la disciplina partidista se ha endurecido, votaciones en bloque, reformas estructurales aprobadas en fast track, deliberación acotada. El diseño constitucional prevé equilibrio de poderes; la realidad política, sobre todo en contextos de mayorías amplias, tiende a la subordinación.

De ahí la incomodidad ciudadana. Según datos del INEGI (ENCIG 2023), la percepción de corrupción en el ámbito legislativo sigue siendo elevada. Y el Latinobarómetro ha documentado consistentemente la baja confianza en los congresos de la región. No es un fenómeno exclusivo de México, pero aquí adquiere matices propios, plurinominales que repiten, chapulineo entre cargos, suplentes que asumen tras licencias estratégicas.

¿Hace falta tanta curul para tan poca deliberación sustantiva? La presidenta ha sugerido que el sistema electoral es costoso. El INE tuvo un presupuesto cercano a los 33 mil millones de pesos para 2024, año de elección federal concurrente. Democracia cara, dicen algunos. Democracia funcional, responden otros. El problema no es el costo per se, sino el rendimiento institucional. Si la representación se diluye en disciplina ciega o en ausencias oportunistas, el ciudadano percibe que paga mucho por poco.

El caso del “santanero” es simbólico porque no oculta su vocación real. Prefiere el encierro televisivo a la curul. Es legítimo, nadie puede obligar a alguien a amar el trámite parlamentario. Pero revela una distorsión, el cargo como episodio, no como compromiso. Y si a eso sumamos legisladores que presumen estar “al servicio” del Ejecutivo antes que de sus electores, el equilibrio republicano se vuelve retórico.

En los estados, la situación no es más alentadora. Congresos locales con perfiles dispares, asesores costosos, algunos con currículum importado y una cultura de pesos y contrapesos todavía incipiente. La profesionalización legislativa sigue siendo una deuda. No se trata de elitismo académico, sino de comprender la técnica legislativa, el control presupuestal y la función de vigilancia.

Quizá la próxima reforma política debería ir más allá de la reducción numérica. Pensar en límites más estrictos al uso estratégico de licencias; revisar la reelección legislativa para que incentive rendición de cuentas real y no reproducción de élites; acotar el chapulineo plurinominal; transparentar el trabajo en comisiones. Si el acceso a la representación fuera más exigente y la evaluación más severa, tal vez el cargo recuperaría quilates.

Al final, no tiene la culpa el que se va a la casa televisiva, sino el sistema que permite que la curul sea intercambiable con el reflector. Entre influencers, comentocracia y legisladores itinerantes, hemos normalizado que la forma importe más que el fondo.

Nos queda la ironía, ese último recurso democrático para no llorar. Porque si algo demuestra esta temporada es que, en México, la política y el espectáculo no compiten, cohabitan. Y a veces, lamentablemente, se confunden.

Autor: Ricardo Heredia Duarte

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