Congresito… again

Bajo presión

Shit. I'm still only in Saigon. Con esa frase, el capitán Willard (Martin Sheen) abría la puerta al delirio en Apocalypse Now, mientras miraba el ventilador de techo girar en un bucle infinito de sudor y desesperanza. Con el Congresito de Aguascalientes, la sensación de asfixia es idéntica a la de la película de Coppola, en el recinto el aire huele a sumisión y oficialía de partes, a sello de recibido y apuración por quedar bien con la que decide.

Cada tres años despertamos con la ilusión de que la nueva camada de diputados no lo haga peor que la anterior, y siempre nos sorprenden. Ni siquiera se les pide que funcionen como contrapeso, nomás que cumplan con su función, que legislen, ya nadie pide que hagan aquello para lo que están hechos, nomás que tengan un poquito, en serio, poquita dignidad como representantes populares e invariablemente, cuando no esperamos nada de ellos, vuelven a decepcionar.

La más reciente pifia de nuestros legisladores no es un error de cálculo, es el resultado natural de la pereza intelectual. La consigna es "voten todo lo que manden de Palacio" y el análisis se considera una pérdida de tiempo, el ridículo jurídico es el único destino posible. Resulta fascinante observar la disciplina con la que levantan la mano para aprobar leyes que ni siquiera han terminado de leer; es una lealtad tan ciega que ya raya en el daltonismo institucional. En este Saigón hidrocálido, la división de poderes es un mito romántico y la única misión que cumplen con rigor es la de no molestar a la jefa, aunque en el camino se lleven entre las patas la lógica más elemental y la dignidad del cargo.

¿Está bien aumentar el periódo en el cargo de Manuel Alonso García al frente de la Fiscalía General del Estado? No sabemos. Desde fuera podemos hacer muchísimas conjeturas, evaluar cómo funciona el Blindaje Aguascalientes y el largo arco que va hasta descansar en la remoción de una veintena de ministerios públicos y el cambio en la atención a las víctimas. El problema no son los nombres de los funcionarios, es que el Congresito asume su tamaño real a partir de obedecer órdenes a partir de cumplir lo que el Ejecutivo indica.

Los resultados pueden, deberían ser, benéficos. Un mayor plazo al fiscal general, de acuerdo a los resultados obtenidos hasta ahora lo desvincula del Poder Ejecutivo actual y expande un plazo mayor para que el titular actual pueda rendir cuentas sobre la actualización de la institución, sobre los cambios realizados para que la procuración de justicia y la cultura de la denuncia, primordialmente, cuenten con el plazo mínimo para explicar su proceder.

Esa no es la razón por la los diputados ampliaron la estancia de Manuel Alonso García al frente de la Fiscalía, es porque se los ordenaron, así de sencillo, para no perturbar la voluntad de la gobernadora que intenta proteger a quienes le han servido bien. No hubo análisis, investigación o estudio  que justificara el aumento de plazo, simplemente votaron lo ordenado.

Lo mismo ocurre con la reforma a un artículo para permitir que un exfuncionario pueda asumir, de inmediato, la titularidad del Órgano Superior de Fiscalización, en Aguascalientes. El Congresito aprobó eliminar el requisito de no haber ocupado determinados cargos públicos “podría debilitar la percepción de independencia del órgano fiscalizador”, vaya machincuepa. La diputada Alejandra Peña acertó al indicar que se aprobó “destruir la barrera entre el auditado y el auditor” porque con el ajuste a la ley, un secretario, alcalde o diputado puede renunciar un día antes del proceso y ser elegible al siguiente, pavimentando el camino para la impunidad. A ella como a nosotros no le quedó claro cómo se fortalece la independencia habilitando el nombramiento de un funcionario que va a auditar sus propias cuentas.

No es ingenuidad ni descuido: es cálculo. La obediencia legislativa no sólo garantiza que la voluntad del Ejecutivo se cumpla sin sobresaltos, también funciona como moneda de cambio en la antesala del proceso electoral. Levantar la mano hoy es asegurar la venia mañana. Aprobar sin chistar envía el mensaje: “soy confiable, no doy problemas, sé alinearme”. El Congreso deja de ser un espacio de deliberación para convertirse en antesala de candidaturas.

En el caso del Órgano Superior de Fiscalización, la jugada es todavía más transparente. Se flexibiliza la norma con el argumento de fortalecer la institución, pero en realidad se construye una salida elegante para un perfil que comenzaba a perfilarse como competidor incómodo rumbo a la alcaldía capitalina. Se le ofrece un puente de plata: pásale por aquí, asume el cargo técnico, desactiva tu potencial electoral y todos contentos. Se matan dos pájaros de un tiro: se controla la fiscalización y se despeja el tablero político.

Eso es lo que asfixia. No la ampliación del periodo del fiscal ni la modificación de un requisito legal en abstracto, sino la lógica que las sostiene: la ley como instrumento táctico, no como arquitectura institucional; el Congresito como oficina de trámites del Ejecutivo; la independencia como discurso ornamental.

Shit. We’re still in Saigon, el ventilador sigue girando. No hay napalm, pero sí humo. No hay selva, pero sí una espesura burocrática donde la división de poderes es discurso nada más. El Congresito cumple su espectáculo con eficacia marcial: no pensar demasiado, no incomodar a nadie arriba, y preparar el siguiente movimiento en el tablero electoral.

Después nos preguntamos por qué la confianza pública es una ruina. No hay misterio, el Poder Legislativo se conforma con ser sucursal, lo que se degrada no es sólo una votación concreta: es la idea misma de representación, la incapacidad de las diputadas y diputados de cuáles son sus funciones y pensar en el cargo como una serie de encargos para llegar a la grande.

Coda. Si legislar sobre las rodillas ya es mala idea, legislar arrodillado es espectáculo: obediencia, no ley; adorno, no representación.

@aldan

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