Puñalada elegante

Bajo presión

La capacidad de acumular poder y la de ejercerlo con eficacia no son la misma cosa. Andrés Manuel López Obrador fue un virtuoso en detectar la molestia ciudadana y transformarla en un malestar colectivo con relato, antagonistas y liturgia propia. Eso ya estaba dicho. Lo que no se quiso decir, porque dentro de la Cuarta Transformación era herejía y desde la oposición sonaba a resentimiento, es que esa forma personalísima de gobernar dejó costos profundos, algunos ya irreversibles. Faltaba la prueba. Y la prueba llegó disfrazada de ajuste de cuentas.

Julio Scherer Ibarra no escribió Ni perdón, ni olvido para dinamitar al expresidente. Lo escribió, junto con Jorge Fernández Menéndez, para explicarse a sí mismo, para saldar una traición que todavía le escuece, quizá para quedar bien con el hombre que lo dejó solo frente a Alejandro Gertz Manero. Pero en el intento, sin proponérselo del todo, entregó algo más valioso que una memoria política: entregó la evidencia.

El libro es muchos libros a la vez: denuncia, confesión, justificación moral, hagiografía intermitente. Un texto que por momentos parece escrito para advertirnos sobre los excesos del poder y, en otros, para convencernos de que esos excesos eran inevitables, casi entrañables. Pero, sobre todo, es una confesión involuntaria sobre cómo se gobernó México durante el sexenio pasado.

Hay un fragmento que concentra esa ambigüedad con precisión quirúrgica. Andrés, dice Scherer Ibarra, no entiende la economía global, no es hombre de números, es sensible, un buen cristiano, un político que privilegia los valores y el trato personal. Hacia afuera, un líder excepcional; hacia adentro, un hombre de relaciones en corto. Dicho con tono admirativo, el pasaje pretende humanizar. Leído con un mínimo de malicia, funciona como diagnóstico: el país fue gobernado desde la intuición moral y no desde la gestión.

El retrato que construye Scherer Ibarra del presidente oscila entre la lisonja y la autopsia. Está el López Obrador que conmueve multitudes, que conoce los pueblitos del país, que resiste giras interminables bajo cualquier clima. Pero también el político desconfiado, que prefiere hablar caminando para evitar micrófonos invisibles, que escucha para luego imponer, que “congela” colaboradores en lugar de despedirlos y que convirtió en norma de gobierno la ecuación más cara que puede pagar una república: 90 por ciento de lealtad, 10 por ciento de capacidad.

Un líder que sospecha de lo técnico, que entiende la economía como un asunto ideológico y no como una disciplina compleja, no puede rodearse de expertos. Los expertos preguntan. Los leales asienten. El resultado fue un gobierno que todavía caminó mientras tuvo interlocutores capaces y que se vació conforme esos perfiles fueron desplazados por la obediencia sin matices.

Para que el testimonio no parezca lo que en el fondo es, una puñalada elegante,  Scherer insiste en los hábitos personales del presidente: su austeridad, su desapego al dinero, su rechazo a las tarjetas de crédito, su amor por los caldos, los frijoles, el tasajo, el beisbol. Un hombre sencillo, casi ascético, que desprecia los lujos y descuida su salud porque la hipertensión, nos dice, es exageración de pequeños burgueses. La acumulación de virtudes funciona como blindaje moral frente a lo que el propio libro está revelando.

A ese retrato se suma la dimensión casi religiosa del personaje. López Obrador aparece como un político con vocación misionera, un catequizador que entiende la política como cruzada moral. Admirador de la Revolución cubana, pacifista declarado, nacionalista y profundamente localista, su mirada se detiene en lo inmediato. Lo global le incomoda. El contexto internacional le resulta ajeno. Eso, lejos de ser una excentricidad, terminó siendo un límite estructural del gobierno.

Hay una corriente subterránea que atraviesa el libro y dice más de Scherer que de su biografiado. La mirada nunca es horizontal. Es la del hijo del fundador de Proceso, formado en el privilegio intelectual y político, observando a un hombre que viene de otro mundo: Tabasco, el México que la élite capitalina recorre en gira pero no habita.

Scherer Ibarra admira a López Obrador. Esa admiración es genuina. Le admira la honestidad, la franqueza, la capacidad de moverse sin cinismo. Se sorprende, con fascinación que no disimula, de que sea capaz de encontrar el mejor tasajo en un localito perdido de Oaxaca. Pero esa admiración viene envenenada: es la admiración que se le tiene a alguien que hace bien cosas que uno nunca tendrá que hacer. El niño bien que presume el barrio ajeno.

Cuando Scherer Ibarra describe las limitaciones del expresidente no lo hace con la frialdad del analista, sino con la indulgencia del clasista ilustrado. Como si el origen explicara, y de algún modo justificara, no haber llegado más lejos. El payo que llegó a Palacio Nacional y nunca terminó de acomodarse en él.

El ratón de ciudad se hizo amigo del ratón del campo. Le admiró el olfato, le perdonó la rudeza, celebró su autenticidad. Y nunca terminó de entender cómo alguien así pudo llegar tan lejos. Eso es lo que el libro no se atreve a decir en voz alta, pero repite en cada página.

El libro no desnuda sólo a López Obrador. Desnuda también a una élite que primero se rindió ante su carisma, luego le perdonó todo en nombre del pueblo y hoy finge sorpresa ante los resultados. Porque al final, más que un problema de origen, el sexenio pasado fue un problema de condescendencia. Y de eso, Scherer Ibarra, quizá sin quererlo, dejó la mejor prueba.

Ni perdón, ni olvido quiso ser un acto de lealtad tardía y terminó siendo una confesión incómoda. Sin proponérselo, Scherer Ibarra dejó constancia de que México no fue gobernado por un genio incomprendido, sino por un líder carismático convencido de que la moral sustituye a la técnica y la lealtad compensa la incompetencia. Es demasiados libros a la vez; habrá que volver a cada uno de ellos, del arco de la adulación a la traición, y a lo que eso significa para el oficialismo.

Coda. La presidenta Claudia Sheinbaum ha dicho que no lo ha leído ni lo leerá. Está en su derecho. Ella tiene su propio retrato de López Obrador y no necesita intermediarios. Pero México sí. No para alimentar el argumento revanchista de una oposición sin proyecto ni para capitalizar políticamente las confesiones que ahí se asoman, sino por algo más elemental: la rendición de cuentas. Para que se aclaren los delitos que el libro confiesa, para que el relato no quede reducido a una simple traición al movimiento, como dice Jesús Ramírez Cuevas. Porque cuando la evidencia existe, ignorarla no es prudencia: es complicidad.

@aldan

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