Arte y espacio público

Educación, arte, pensamiento y sociedad

Explorar la riqueza de la cultura a través de experiencias auténticas y, asimismo, enriquecedoras, es una forma única de sumergirse en su diversidad. En este contexto, las actividades artísticas con impacto social, juegan un papel importantísimo en la promoción de la inclusión, la participación y, sobre todo, en definición de la consciencia comunitaria. El arte entonces, bajo esta perspectiva, representa la embajadora“sine qua non”para promover los cambios significativos en los entramados sociales.

“El ser humano es gregario por naturaleza”, pero, además, por derecho y, asimismo, por obligación en las diversas suertes de convivencia, satisface su universo de necesidades mediante la comunicación, en donde el arte supera en eficacia a todos los demás umbrales posibles para trasmitir y compartir emociones, sentimientos, anhelos, ideales, ideologías y credos.

Llevar el arte a los espacios púbicos para conectar a las personas con diferentes contextos y realidades a través de talleres comunitarios, intervenciones urbanas y eventos es, indudablemente, en su genuina vocación social– con baseen una pedagogía transversal que impacte en los diferentes modos de vida –, la forma más eficaz y certera de construir identidades que se traduzcan en culturas vivas. Por ello, a través del arte y sus lenguajes, es posible abordar complejidades sociales y atender a sus problemáticas urgentes desde su carácter preventivo o remedial, mediante la participación ciudadana y la producción, fortaleciendo entre otras, el sentido de pertenencia, la solidaridad y la colaboración, sin hacer menoscabo de que, el arte, cumple también funciones importantísimas de recreación, apreciación y divertimento. En ese sentido, las actividades artísticas con impacto y trascendencia social, no solamente embellecen espacios y generan experiencias estéticas, sino que también son elementos vivos de trasformación.

Indudablemente, las artes en contextos públicos, deben cumplir su misión estética, agradable y placentera ante el ojo expectante, pero, además, desde su conceptualización completa, debe comunicar y detonar fibras sensibles en función de un proceso formativo desde las individualidades, hasta la consolidación de la comunidad más allá de los ornamentos decorativos.

En la búsqueda de mayor rentabilidad del espacio público, con el propósito de activar únicamente economías para que la informalidad comercial se convierta en algo “formal” y, por lo tanto, dentro del control del Estado, el “arte” pasa a ser una estrategia decorativa mediante instalaciones o intervenciones, en el marco de celebraciones o conmemoraciones el cual no figura más allá de un aderezo sin sustancia social y formativa. Algo de todos y a su vez, de nadie… en donde el Estadovela, salvaguarda, vigila, legítima, descalifica, censura o aprueba lo que ha de suceder o no en el espacio público, el arte se convierte en una demarcación publicitaria y privatización detonando la gentrificación, en donde el sentido de espacialidad urbana se convierte en una suerte de “cultura sobre vigilada”.

Bajo este enfoque, el arte en el espacio público(andadores, corredores, plazas, jardines…) debe conceptualizarse como un ejercicio social genuino para expandir sus lenguajes y, desde los territorios de la plástica visual, más allá de las galerías y los museos ya,exageradamente sacralizados por las élites cultuales, debe considerar la decoración no como un fin.El arte no es un accesorio y, si su propósito es ir más allá de los muros y recintos cotidianos, debe definir nuevas formas “no oficiales” en términos de sus usos, costumbres y propósitos, los cuales, efectivamente, atiendan al imaginario urbano en un ejercicio constante de disentimiento, reflexión y crítica.El arte no debe limitarse a un ejercicio “por encargo” y, más aún, cuando el encargo parte de “políticas culturales” verticales para intervenir los espacios públicos, a través de convocatorias que se presumen como democráticas y que limitan los resortes creativos del artista para interpretar realidades.

En la Ciudad de México, existe un basto abanico de propuestas artísticas en espacios púbicos.El “street art”, por ejemplo, juega un papel protagónico en los barrios cercados por el grafiti, ensamblajes, instalaciones y stickers, entre otras formas de manifestación “espontánea” y efímera. Los muros, bardas y fachadas son el soporte de las intencionalidades plásticas de la ciudad, destacando la implementación de inmobiliario “obsoleto”, deteriorado o destruido que emergen a través de el grafiti, como elementos de convivencia cotidiana entre los habitantes de la ciudad, en donde los autores manifiestan un esfuerzo sostenido para exponer de manera empírica o con el rigor de la técnica, sus procesos creativos y, más allá de estos, la representación de un ejercicio ineludible de las prácticas, usos y costumbres desus entornos inmediatos, revelandoclaras radiografías sociales.

Bajo esteenfoque, el espacio público para las artes debe derivar en la proyección de acciones, objetos e intervenciones que inciden estrictamente en el lugar urbano y sus rasgos situacionales, ya que la propuesta artística que se instala en el entorno, trasciende de manera decisiva en el hábitat del lugar, planteando un modelo de intervención que enriquece, altera o pasa desapercibido en su naturzaleza.Para ello, es indispensable diseñar y gestionar para que las acciones que deriven de propuestas efímeras o permanentes, sean el resultadode intervenciones en inmuebles del espacio común, sin caer en ejercicios de ornato o embellecimiento bajo la lectura limítrofe de atractivo turístico, en donde las acciones deben corresponder articuladamente entre la acción libre del productor y las políticas cultuales horizontales, con base en convocatorias transparentes que orienten y que lejos de limitar, impulsen y promuevan identidades sustantivas.

El “umbrela sky proyect”, que consistió uso de sombrillas o paraguas suspendidas como “propuesta artística”, tiene su verdadero origen en Portugal en 2012 como parte de un festival, con la intención de trasformar un espacio gris y sórdido, en una suerte de “museo al aire libre”, resguardando principalmente del acalorado sol a los visitantes, dando colorido turístico e incentivando el flujo comercialbajo el pretexto artístico de “protección y alegría”. Sin duda, una propuesta “copiada y pegada” no únicamente en Aguascalientes hace algunos años, sino también replicada antes de, en algunos otros lugares de América Latina.

Es preciso entonces, establecer una clara diferencia entre los procesos para “adornar” el espacio público con afanes proselitistas e intereses económicos e intervenir las calles, barrios, jardines o andadores con un sentido social a través del “arte urbano” en el estricto sentido de la palabra. Recordemos que el arte callejero o en la calle, no es más que una respuesta del colectivo social, al encontrar cerradas las puertas de los grandes recintos sacralizados y censurados, en la búsqueda y exploración de espacios emergentes para comunicar y donde, las “políticas culturales” oficiales y verticales, han intervenido como una forma de control, lejos de una regulación mediadora entre el artista y la ciudad por medio del Estado.

La intención no es denostar las acciones decorativas en el marco de celebraciones y festividades locales, pero si es importantísimo referirnos a ellas por su nombre. Tampoco se pretende descalificar el nivel técnico de sus artífices creativos ya que, algunos de estos protagonistas en otros territorios, se les ha permitido genuinamente crear a pesar de las “políticas” vigentes. Estamos viviendo una realidad donde el artista es sutil o abiertamente controlado, a través de lineamientos que condicionan sus ingresos y esto, sin lugar a duda, representa un acto de resiliencia de frente a las escasas oportunidades laborales, los apoyos maquillados y los financiamientos limitados.

La responsabilidad de las instituciones públicas, no únicamente debe de atender a la producción ejecutiva de espectáculos y la decoración de entornos “placenteros”; debe ante todo, definir políticas culturales en donde todos los que habitan una ciudad son protagonistas, agentes de cambio con roles equilibradamente importantes para el desarrollo cultural y, entender este desarrollo, no debe partir de la unidad de medida cuantitativa en términos de cantidad de eventos, sino de un impacto sustantivo en la formación de consciencias y, asimismo, de la conceptualización de mejores ciudadanos sensibles, reflexivos y críticos capaces de apropiarse de los bienes, productos y servicios culturales, convirtiéndose desde la identidad individual, en multiplicadores de la identidad colectiva.

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